María Sáenz Quesada: “la lucha política está haciendo estragos en el valor de la palabra”
La historiadora dice que la dirigencia argentina está obligada a hablar con la verdad porque existe un riesgo permanente de desborde social. “El miedo colectivo nos devuelve la humildad”, analiza Sáenz Quesada.
La historia tiene una dimensión personal y otra general: María Sáenz Quesada (1940, Ciudad Autónoma de Buenos Aires) “habita” en ambas. Esta forma de abordar el pasado permite a la ensayista pensar la huella de la pandemia en términos globales y en la escala humana, y subrayar que hay vidas que no se recuperarán, ya sea por las pérdidas, las separaciones y los proyectos desarmados. En otra banda histórica, Sáenz Quesada analiza la marcha de la Nación y con cierto pesar advierte la propensión a empeorar el escenario difícil. “La lucha política está haciendo estragos en el valor de la palabra”, dice en la conversación que atiende por el teléfono fijo.
La ensayista Sáenz Quesada cuenta que su “pequeña libertad posible” en este momento consiste en salir a caminar por (la avenida del) Libertador. Imagina el tiempo de la pospandemia como la alquimia entre la continuidad y el cambio que atraviesa a todos los procesos. “En la fotografía de las piletas de Wuhan (China), donde estalló la pandemia, una ve que están todos mezclados con música electrónica, y siente que hay fuerzas que vienen de costumbres y hábitos muy arraigados que van a seguir”, expresa esta amiga y colega de los historiadores fallecidos Carlos Páez de la Torre (h) y de Félix Luna. Y agrega: “otras cosas van a modificarse a través de una experiencia muy dramática. Pienso en los que quedaron atrapados en los cruceros. Tenemos incluso el absurdo de provincias que establecen aduanas interiores que van contra la Constitución y de gente que no puede ingresar a sus propiedades. Todo eso va a impactar mucho. Al mismo tiempo vemos actividades que creíamos imposibles y que el Zoom las posibilitó. Había también un optimismo exagerado en la ciencia y en su capacidad para solucionarlo todo. Y el miedo colectivo nos devuelve la humildad: no tenemos ninguna certeza”.
-¿Qué opina usted de eso?
-No está mal: la vida humana carece de seguridades respecto de muchos temas cruciales. Esa falta de certeza es algo que nos va a acompañar y que pasa en limpio lo que ha representado el progreso; el avance sobre la ecología, y la ruptura del respeto por la naturaleza. Eso también forma parte de este nuevo mundo que nos aguarda.
-Tenemos muchas veces la sensación de que no va a pasar nada. ¿La covid-19 sería la gran desmentida de esa percepción?
-Esto es una expresión violenta de ello. No podemos dejar de tomar en cuenta todos los cambios que están ocurriendo en nuestras sociedades. Y las enormes desigualdades que hay los ponen en evidencia. No tenemos que buscar ejemplos afuera. En nuestro país, la diferencia de educación entre los niños y los jóvenes de acuerdo a dónde acuden a estudiar es tremenda. Basta con comparar a alguien de un distrito del gran Buenos Aires del tercer cordón con un chico de San Isidro o de Olivos. Hay un abismo allí. Lo hablábamos en la Academia Nacional de Educación: esta pandemia pone en evidencia lo que ya sabemos, pero que preferimos no pensarlo mucho.
-Este año se cumple un aniversario redondo de la República de Tucumán, quizás el primer germen de la anarquía que se disparó después. Vemos hoy, como usted mencionaba, el cierre de fronteras y desorden, y da la sensación de un regreso a esa época. ¿Es correcto verlo así?
-Uno siempre busca alguna reflexión sobre el pasado. Cuando se cumplieron 200 años de la muerte de (Manuel) Belgrano y recordaba el fallecimiento del prócer en medio de la más feroz anarquía, yo pensaba en 1820 y 2020, años de crisis muy diferentes. Porque el tema de nuestros sistemas feudales es algo que viene del pasado y que se resiste a desaparecer. Pero evidentemente no es el mismo tipo de crisis: en 1820 ya había ocurrido el fin del imperio napoleónico. En cambio ahora sí vemos que cada país toma actitudes de intenso nacionalismo, como los casos de Brasil, Estados Unidos o China. O encontramos actitudes como la de la Unión Europea de más solidaridad entre las naciones pobres y ricas, donde tratan de atenuar el problema. Pero es una crisis universal profunda. A nosotros nos encuentra en un momento crítico, con un Gobierno poco confiable en cuanto a su palabra. Y yo pienso en la importancia de que las personas sean creíbles: que los funcionarios, las autoridades sanitarias, los dirigentes sociales y los líderes religiosos hablen con la mayor sinceridad posible. Lo que veo con horror en estas semanas es que la lucha política está haciendo estragos en el valor de la palabra.
-Hay una crisis, pero la empeoramos.
-Sí, el concepto es que vamos camino a empeorarla mediante la devaluación de la palabra. Las sociedades están muy asustadas y deseando liberarse, y este ir y venir de pronósticos, promesas, vacunas y medicinas salvadoras puede crear un desconcierto y una anomia muy grave.
-¿Por qué decidió dedicar su último libro a 1943?
-Voy buscando en el siglo XX (ya abandoné el XIX) etapas o momentos críticos que yo pueda abordar con mis recursos. Yo escribo en forma individual: soy un poco francotiradora en el campo de la historia. Busco mis propios documentos, mis propios testimonios. De ahí que estuve tan agradecida a Carlos Páez (de la Torre -h-), que era siempre una ayuda fantástica. Y 1943 me pareció un año clave que yo podía abordar porque hay muchos material escrito, pero faltaba una mirada actual. Entonces me propuse unificar todo eso con muy pocos testimonios. Salvo Mirtha Legrand, que no quiso hablar, y algún otro, la gente de aquella época ya no está. Conseguí archivos, sobre todo de conservadores de provincias, porque me interesaba esa aspiración del Gobierno conservador de (Ramón) Castillo de no cambiar nada. Respecto de 1945 está el famoso ensayo de Félix Luna, que ya tiene 50 años. Entonces, me pareció que el 43 podía aportar. Además, hay muchos elementos interesantes de familiares y personales. Mi familia tuvo presencia en esos años previos y durante el Golpe mismo desde las filas de la derecha nacionalista y de la Acción Católica. De alguna manera culturalmente soy un producto de esa época de la cual me fui desprendiendo de forma natural. Eso me permitía analizarla sin ese cuestionamiento que muchas personas que vienen de otras corrientes tiene frente al año 43
-¿Cuál era el sentir en la mesa familiar frente al 43?
-Mi padre y algunos de mis tíos eran germanófilos. En otra parte de la familia eran aliadófilos. Así que eran muy frecuentes las acusaciones en la mesa de mi abuelos. Al estudiar y al leer diarios de la época encuentro testimonios muy directos de la actuación de unos y otros. Además, había un compromiso de las mujeres de mi familia: una de mis tías era dirigente de la Acción Católica y la revista para niños se hacía prácticamente en mi casa. De manera que todo eso estaba muy presente cuando yo era chica y me hace comprender esa época de una manera que no es exactamente la de Loris Zanatta, aunque por supuesto consulté su libro
-El peronismo tiende a eludir el 43. Usted dice que ese es el fin de la Argentina liberal y que aparece el movimiento que todavía estamos viendo. ¿Cómo se las arregló ese fenómeno para desarrollarse en un país donde el Preámbulo de la Constitución justamente imagina la Argentina integrada al mundo y global?
-El peronismo elude el Golpe del 43 como su origen porque es políticamente incorrecto. Pero no fue así al principio. Todas las ideas desde el nacionalismo católico, el catolicismo social y el corporativismo fascista están en el origen del peronismo. En ese momento ello resulta muy claro y no había en el primer peronismo rechazo para nada de un Golpe que de inmediato fue tomado por los sectores más nacionalistas, y, algo más tarde, por los sectores populistas del Ejército. ¿Y cómo se arreglaron con la Constitución? Y bueno… la Constitución se reformó en el 49, y le dieron un sesgo más nacional y popular, pero no era tanta la ruptura. Fíjese que Perón se había formado en el Ejército en la época en que esta institución estaba totalmente integrada a la Constitución y al culto de los héroes tradicionales. Perón inició su carrera militar como un partidario del general Agustín P. Justo. Ahora ningún sector del peronismo lo reconoce. Pero Perón estuvo a la sombra del justismo.
-Siempre señala las habilidades del peronismo para proyectarse en el poder de la mano de la figura del líder fuerte. En noviembre usted dijo que todavía no advertía en el Frente de Todos quién ocupaba ese rol. ¿Pudo despejar esa duda?
-De alguna manera sin dudas lo ocupa la vicepresidenta (Cristina Fernández de Kirchner). Pero no creo que sea la figura reconocida por todo el peronismo. Por eso pienso que debería haber una interna y eso todavía está pendiente. No por el lado de Alberto Fernández, que parece muy sometido a la figura de la vicepresidenta, sino por el lado de otros conflictos que recién se están entreviendo. Pero es una situación bastante extraña, ¿no es cierto? La vicepresidenta con más poder de votos y de fuego, y el Presidente con su rol muy achicado. Eso en la Argentina es muy peligroso, pero veremos cómo sigue la historia.
-Usted destacaba a ese 41% de argentinos que en medio de una crisis económica enviaron un mensaje institucional. ¿Es llamativo en nuestra historia que ese grupo permanezca unido después de haber perdido las elecciones?
-Sí, es bastante asombroso, como también fue asombroso la reacción que tuvo la candidatura de (Mauricio) Macri en los últimos dos meses, donde realmente buscó apoyo en otra corriente de su sector, la más popular de los radicales, que tienen esa forma emocional de hacer política. De ese modo ocurrió que aquel 41% fue muy importante así como es importante que no se dividan los bloques. Pero por el momento se mantienen unidos y es una alternativa para poner límites a los que piensan que por tener una mayoría pueden hacer absolutamente todo.
-La semana pasada fuimos sacudidos por esta lectura de la realidad que hizo Eduardo Duhalde, que es alguien que sabe y conoce de la experiencia catastrófica de 2001. Después él rectificó esas apreciaciones, pero, ¿qué le produjo encontrarse con este diagnóstico?
-Me produjo un shock. A mí siempre Duhalde me llama la atención y me genera intriga. Del mismo modo me llamó la atención su actitud en los días dramáticos de diciembre de 2001. Él reconoce un deterioro y dice que se le están cruzando las imágenes de aquel tiempo donde tuvo una gran responsabilidad en un golpe civil. No sé exactamente a quién estaba amenazando o apoyando Duhalde. Sí, por desgracia, hay una posibilidad permanente de un desborde social, y por eso es tan importante contenerlo y, como decía antes, hablar con la verdad y no incentivar el fuego ni en el oficialismo ni en la oposición. Este cruce de las imágenes trágicas de diciembre de 2001 en quien fuera uno de sus protagonistas puede ser un juego peligroso de palabras o la manifestación de una enfermedad que disfraza la realidad.
-¿Conocer la historia alivia o atormenta?
-A mí me interesa, pero también me atormentan bastante los dramas de los pueblos. Leer el origen de la Primera Guerra Mundial es un tormento. Los reinos o monarquías se lanzan en una lucha encarnizada donde la mitad de ellos van a terminar perdiendo todo su poder. Y al mismo tiempo conocer la historia es tomar conciencia de las oportunidades perdidas. Es una disciplina que atrapa mucho y que a mí me tiene atrapada… tal vez por masoquista.
-¿Quizá sea demasiado pretender que la historia nos enseñe algo, aunque más no fuese a no repetirla?
-La historia como maestra de la vida es una hermosa opción, pero, en general, cuando uno está metido en un proceso político trata de no mirar lo que sucedió antes. Le pasó a la gente del Pro, que estaba muy en el futuro, con las redes sociales. Creo que pocos líderes políticos miran la historia salvo los más sabios, como la señora (Ángela) Merkel, en Alemania, que debe saber bastante de historia porque ella siempre quiere colocar a su país lejos de su peor momento. Lo mismo pasa con los mandatarios franceses, que siempre están hablando del destino de su país. En 1943, lo que yo vi es que un grupo político que había construido una gran Argentina con la organización nacional siguió aferrado a los mismos métodos, y dejó que se le escapara de las manos el poder por no tener la capacidad de reconstruirse a sí mismos y abrir el juego.
-La idealización del presente y del futuro luce inevitable, inclusive en nuestras vidas cotidianas, como si la esperanza fuera algo poderosísimo.
-Es verdad: hay algo que nos impulsa hacia adelante locamente.
-¿Qué es lo primero que hará después de vacunarse y sentirse protegida de este coronavirus?
-Iría fuera de Buenos Aires a alguna playa o a algún lugar muy lindo. Hoy lo que más veo son programas de viajes y de paisajes. De manera que haré una excursión por esos lugares, y me reuniré con amigos en una comida de esas en las que se charla mucho y largo hasta tarde. (Con la colaboración periodística de José Názaro)
Del equipo de Félix Luna
María Sáenz Quesada es una historiadora con una producción bibliográfica excepcional y un perfil muy ligado a la cantera de investigadores de “Todo es historia”, la revista fundada por Félix Luna que aquella dirigió entre 2010 y 2017. En 2004, Sáenz Quesada recibió el premio Konex de Platino en la categoría “Biografía”. Miembro de las academias nacionales de Educación y de Historia, ha publicado obras acerca de figuras como Mariquita Sánchez; Isabel Perón y Roque Sáenz Peña, e investigaciones sobre el papel de las mujeres en el pasado nacional. Su último libro es “1943. El fin de la Argentina liberal. El surgimiento del peronismo” (2019) y trata sobre el Golpe de Estado perpetrado por el Grupo de Oficiales Unidos.








