Juan Bautista Alberdi

Juan Bautista Alberdi nació con la Patria ya libre, el 29 de agosto de 1810, apenas tres meses después del grito de Mayo, en una casona de estilo colonial español situada frente a la actual Plaza Independencia de San Miguel de Tucumán. Una sencilla placa nos recuerda a los tucumanos el sitio de su casa natal, hoy sede de un reconocido negocio gastronómico.
Su destino estuvo signado por la tragedia familiar. Su madre, Josefa Aráoz y Valderrama, murió meses después de su nacimiento. Su padre, Salvador Alberdi, comerciante español de origen vasco, reconocido amigo personal de Manuel Belgrano, falleció cuando el niño Alberdi tenía escasos once años de edad. La orfandad y el dolor condicionaron entonces su vida personal y afectiva.
A los 14 años viajó becado por el gobierno para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales de la ciudad de Buenos Aires. Sus buenos amigos de juventud, Miguel Cané, Marco Avellaneda, Juan María Gutiérrez y Esteban Echeverría, lo incentivaron para ingresar en la Universidad, donde disfrutó las enseñanzas del Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield.
En marzo de 1834, Alberdi regresa por única y última vez a su Tucumán natal, para visitar la familia y efectuar gestiones por la sucesión de su padre. Fruto de aquel viaje es el primero de sus libros, “Memoria descriptiva sobre el Tucumán”, una breve y nostálgica crónica de su provincia natal.
En 1837, compartiendo ideales con otros jóvenes intelectuales del Salón Literario de Marcos Sastre, publicó “Fragmento preliminar al estudio del derecho”, una obra jurídica juvenil de gran fuste que denota su esfuerzo por comprender y describir la realidad nacional.
La década posterior, signada por las guerras civiles y el gobierno autoritario y sangriento de Rosas, fue un tiempo de viajes y escondites, con un primer exilio en Montevideo y otro posterior en Chile. Arribó en un velero inglés al puerto chileno de Valparaíso en abril de 1844. Fue una buena elección de residencia. Esta próspera y bulliciosa ciudad portuaria sobre el Océano Pacífico era un punto estratégico en las comunicaciones con Europa y América del Norte.
Contaba con teatro de ópera, orquesta filarmónica, varios clubes y un próspero puerto de ultramar, en suma, un ambiente económico y cultural acogedor para esos duros años de exilio. Allí desarrolló durante más de 10 años un intenso ejercicio de las profesiones de abogado y periodista, gozando de merecida fama y fortuna.
Al tomar conocimiento de que Urquiza había derrotado la tiranía rosista en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, escribió en dos meses de afiebrado trabajo nocturno su obra más conocida, “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, cuya primera edición se publicó en mayo de 1852. Esta obra es la fuente ideológica y política más importante de nuestra Constitución Nacional de 1853. El libro contenía un anteproyecto de constitución y una prolija explicación teórico-práctica del funcionamiento de los tres poderes públicos del futuro Estado nacional.
Escribió allí que “…esta constitución es la expresión de una revolución de libertad y la república no tiene ni tendrá más camino para escapar de la pobreza y del atraso que la libertad concebida del modo más amplio posible…”. Ideas actuales y vigentes en los tiempos aciagos que transita actualmente nuestra patria.
Entusiasmado por las buenas noticias políticas que le llegaban desde su patria, en ese mismo año 1853 publicó “Elementos de derecho público provincial”, obra esencial para comprender sus ideas federales y el concepto de región geográfica y económica de la incipiente nación argentina.
En 1854 edita “Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853”, libro que constituye el complemento ideológico de las Bases, y en el cual Alberdi pudo explayarse con mayor detenimiento sobre su proyecto civilizador.
Allí expresaba su pensamiento sobre los fines de un gobierno auténticamente republicano: “…El gobierno no ha sido creado para hacer ganancias, sino para hacer justicia; no ha sido creado para hacerse rico, sino para ser el guardián y centinela de los derechos del hombre… ”.
A partir de 1855 permaneció fuera del país, habitando en Europa como encargado de gestiones de representación política. La guerra del Paraguay impactó profundamente en su ánimo, impulsándolo a escribir “El crimen de la guerra”, un encendido manifiesto pacifista que contiene también valiosos y actuales aportes al derecho internacional público y las relaciones entre los países.
Hombre de numerosos e intensos romances, permaneció soltero hasta sus últimos días, falleciendo en soledad y pobreza el 19 de junio de 1884, en una casa de salud pública de Nueilly Sur Seine, en los suburbios de París.
Sus obras más importantes demuestran la enorme actualidad y vigencia de su pensamiento y constituyen un legado inmortal, una obra inconclusa pero posible, una utopía convocante para reconstruir la anhelada estabilidad institucional de la República.







