Pareceres: Joe Biden y el efecto Floyd

CANDIDATOS PROCLAMADOS. Biden y Harris, en la convención demócrata. CANDIDATOS PROCLAMADOS. Biden y Harris, en la convención demócrata.
24 Agosto 2020

Carlos Duguech

Columnista invitado

No todas las expectativas que había generado Barack Obama se vieron reflejadas en sus dos presidencias (2009-2017) a las que acompañó el candidato virtual de los demócratas, Biden, el que está dispuesto para desalojar a Trump de la Casa Blanca. Sin embargo, el primer presidente de EEUU afroamericano generó una nueva percepción de lo que para Washington era “el pueblo estadounidense”. Con sólo mencionar lo que dio en llamarse “Obamacare” (“Ley de cuidados de la salud asequible” o “a bajo precio”) basta. Politizado el asunto, los esfuerzos de Trump por derogar el sistema creado por ley (y hasta ante la propia corte de Justicia de EEUU) uno se podría referir al multimillonario devenido presidente como “El gran desmantelador”.

El Acuerdo de París por el cambio climático está firmado por todos los países del planeta. Menos uno: Estados Unidos, que borró “con el codo” de Trump en 2017 la firma de Obama de 2015.

Y el más contundente aún: el modo de decir que tiene el poder de hacer y deshacer, Donald Trump elige echar por tierra un acuerdo de desarme nuclear parcial (Tratado “INF”, de los euromisiles) firmado en Washington por Reagan y Gorbachov en diciembre de 1987. ¡Y lo hace 32 años después, en febrero de 2019!

Ni qué decir que habiéndose convencido al gobierno de la teocracia iraní de someterse a esa platea de observadores (G5+1) de sus actividades nucleares se había logrado un acuerdo significativo en 2015. Respecto de ese acuerdo extraordinario Donald Trump comete tres traiciones: se retira del acuerdo que había suscrito conjuntamente EEUU con Gran Bretaña, Francia, Rusia y China (los G5) más Alemania (el 1 de la fórmula) traicionando a sus colegas de la platea; a Irán y a la OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) cuya máxima autoridad es ahora es el argentino Rafael M. Grossi que debía fiscalizar el cumplimiento efectivo del acuerdo.

Y en lo interno, Trump, a la vista su oportunidad de preparar el terreno para asegurarse cuatro años más en el poder que tanto lo entusiasma alimentado ese entusiasmo por su indisimulada megalomanía, soberbia y marcado narcicismo, tropieza.

Tropieza con la criminal actuación de la policía de Minneapolis que asesinó a rodillazo a Floyd, por negro. Una reacción en cadena en todo el país puso de relieve el inveterado racismo subsistente, post Luther King y pese a Luther King. Sólo firmando ostentosamente una “Orden ejecutiva” con firma desmesurada de Trump que muestra a las cámaras que lo filman, limitando los rodillazos mortales, salvo que ¡“corra peligro la vida del policía”! Ésa fue la única y “virtuosa” reacción del presidente Trump.

El efecto Floyd esta vez se corporiza en la elección de la candidatura a vicepresidente que hace Biden. La citan como “afroamericana” aunque es mejor precisar que es hija de inmigrantes; su padre de Jamaica, esa isla cercana a Cuba y su madre de la legendaria India. Aunque el rostro de la senadora por California, Kamala Harris, denota algunos rasgos propios de origen afroamericano. Biden, no podrá disimularlo, se beneficia del efecto “Floyd” y con la elección de esta compañera de fórmula juega una de sus cartas más importantes. Hay, digámoslo, una línea de “continuidad racial”, amable y humana consideración que le viene de acompañar a Obama por ocho años continuados, que no es poco.

El otro efecto que contribuye como el de Kamala Harris, tan indisimuladamente descalificada por el grosero Trump a la hora de lanzar sus diatribas de ocasión, es el torpe manejo del multimillonario de las previsiones y disposiciones sobre la pandemia en su país. Sobre la marcha intenta soluciones de ahogado en sus propias aguas de un petulante discurso: sólo palabras y propuestas de un desmesurado optimismo de la nada.

En suma, la campaña con las encuestas que ubican a Biden-Harris como la fórmula que presidirá los destinos estadounidenses desde Washington, con algo más de 10% arriba de los guarismos de Trump, tiene mojones firmes en los qué arriostrarse.

Sólo faltaría, como mensaje al mundo y al propio país, que Joe Biden repitiera ahora mismo, las palabras del discurso de Obama en Praga el 5 de abril de 2009, a poco de asumir: “Mi país está comprometido a buscar la paz en un mundo sin armamento nuclear”. Fue el paso para el Nobel de la Paz de ese año. Lo valoró el Comité Noruego que lo adjudica. Y Biden tiene a la mano firmar el Tratado Internacional de prohibición de las armas nucleares, de 2017. Que tampoco Argentina firmó y no se entiende por qué. Salvo que se lo haya sugerido Donald Trump al entonces presidente.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios