
“Dos veranos”
Fragmento
La montaña. Unos pocos metros más y podrá tocarla. La montaña granítica y despojada. Al pie ve algunos árboles más espesos que los que encontró hasta entonces.
Oye un sonido musical de agua. La montaña le está haciendo una estupenda broma con agua y sombra. Pero no es una broma; todo está realmente. Tantas veces ha corrido el día antes tras la reverberación del sol que fingía agua sobre el camino quemado, y ahora, que no la necesita, una maravillosa acequia corre a sus pies.
Una falsedad enquistada
Por Hernán Sosa, doctor en Letras.
Visión engañosa esta, la de un paisaje que miente. La escena que el fragmento aprisiona se parece a los cantos de falsa alegría, con que siempre nos estafa el coro en las tragedias griegas: allí todos nos mienten, durante un momento, hasta que la derrota llega finalmente. El que debe morir morirá, el que deba ser atrapado -como Sixto en “Dos veranos”- será aprisionado. Los paisajes son siempre falaces en Elvira Orphée, como de a ratos también lo son el lenguaje y los modos con que les atribuye el decir y el hacer a los sectores populares; todo se comporta como la interpretación musical de alguien que conoce de lejos la melodía e intenta captarla, a medias, con su instrumento.
El paisaje es una aporía donde se tensiona la conflictiva relación que Orphée tuvo con su terruño. En una porción de sus obras -con mayor evidencia en “Dos veranos” y “Aire tan dulce”-, el Tucumán representado, aunque a veces el recelo haga que ni se lo mencione, es siempre un lugar que entraña obscenidades. Precisamente, es el juego con el desocultamiento que estas novelas practican lo que las mantiene vigentes, algo tienen todavía para decir sobre nuestro presente. Como quien repite un ritual doméstico de limpieza, en Orphée se desmonta la solapada estrategia con que todo se ordena (las prácticas políticas feudales, las fricciones étnicas, las rutinas de la elite provinciana, las relaciones esclerosadas entre señores y criados que atraviesan generaciones), bajo la regularidad imperiosa de una quietud que, como bien lo ejemplifica el destino inapelable de un recogido en “Dos veranos”, amenaza con volverse perenne.
Es además un paisaje que, siempre, nos entra por la nariz. Tucumán y su gente huelen mucho en la narrativa de Orphée. Todo está rancio, pegajoso, embotado, corrompido por la humedad, quemado por el sol, es un reducto asfixiante que no puede ocultar el vaho de su propia descomposición. Y aun cuando a veces simula una epifanía luminosa y se asemeja a una postal dadora de libertad, como en la escena que comentamos, el paisaje esconde su íntima falsedad, es un escenario montado, una broma aparente que la desconfianza del personaje prófugo alcanza a advertir.
Volver sobre la tierra natal, no alcanza entonces el sesgo del paraíso perdido de la niñez, tampoco un sentido nostálgico (el del viaje al pasado que nos provoca dolor), es más bien el gesto de una bronca contenida ante algo que repele y fascina. Y es que Orphée lleva a Tucumán como una enfermedad, un huésped que la habita y avasalla con molestia. La mirada desencantada y corrosiva que puebla su narrativa parece huir, desbocada y nauseosa, de esa incomodidad.







