Policía polirrubro en la tierra de la inseguridad

15 Ago 2020 Por Roberto Delgado
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La pandemia de coronavirus es como el monstruo aspiradora de la película “El submarino amarillo” de los Beatles: se traga todo, con lo cual todas las actividades quedan subsumidas en este problema global. “Por encima de cualquier discurso de ocasión, esta es la realidad”, dijo el Presidente ayer, al explicar la situación por la diseminación de casos de covid 19 en el país. Pero no es esa la percepción de los tucumanos, de acuerdo con el pequeño sondeo de la consultora Meraki, que hace dos días reveló que la principal preocupación es la inseguridad (61%) seguida muy de lejos por el coronavirus (8,42 %) y el desempleo (7,59%). Lo cual –de ser representativa esta encuesta- explicaría la poca atención que se le da al reclamo oficial de que el aumento de los contagios se dio a causa de las reuniones sociales, pese a que en el mismo sondeo la mayoría de la gente –un 79,07% está de acuerdo con que se extienda el aislamiento social.


La segunda peor de todas

La percepción sobre la inseguridad se mantiene constante desde que esta consultora hizo su aparición en febrero pasado. Una encuesta de junio daba como principal preocupación la inseguridad (53%), seguida de lejos por el desempleo (13,36%) y la salud (6,69%). Esta percepción es mayor en los jóvenes, que son los que están más expuestos en la vida comunitaria y refleja la situación crítica de la provincia en la materia. Con cifras récord de homicidios (estamos cerca del centenar de asesinatos), las alarmas están disparadas desde hace mucho tiempo, sólo por detrás de Rosario de Santa Fe.

Ya el año pasado los datos del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) daban cuenta de que la provincia, que terminó 2019 con 141 homicidios, era la segunda peor de todas, y que las cifras de violencia estaban en inquietante alza, desde las simples amenazas (el delito más denunciado en Tucumán) hasta los asesinatos. Para 2020 las expectativas no son alentadoras. La violencia de género está creciendo de manera desbocada (Tucumán encabeza, proporcionalmente, las cifras de femicidios en el país) y los crímenes intravecinales e intrafamiliares también se han extendido. El caso de “La Bombilla”, barrio estigmatizado por la violencia, es representativo: ya lleva una cifra récord de siete homicidios este año, siendo que ese es el vecindario con más cantidad de policías: en el edificio del ex Cardiovascular están la Subjefatura y la sede del 911.


Problemas que vuelven

En esta circunstancia, poco llamativo es que haya habido menos homicidios en ocasión de robo (que son los que consideran la Policía y buena parte de la opinión pública como primer indicio estadístico para hablar de inseguridad) porque está visto que apenas se flexibiliza la cuarentena vuelven a aparecer los problemas que atormentaban a la sociedad, como los accidentes, los robos y los asaltos.

Lamentablemente, por ahora no hay cifras federales del SNIC, que en los últimos cuatro años había estado difundiendo datos estadísticos entre mayo y junio, con los cuales se podía tener un reflejo de la situación del país. Por ahora, en Tucumán sólo tenemos los datos de los hechos que se publican en LA GACETA, aunque bien se sabe que desde hace pocos años se están registrando con buen criterio los informes de homicidios dolosos en la provincia.

En 2020, aparentemente por la pandemia, a nivel nacional no se difundieron registros, aunque en algunas publicaciones aparecen datos “soplados” por alguna fuente a favor o en contra de los gobiernos nacional provinciales. Es decir que ya están los datos pero no se los da a conocer. Esto podría reflejar una indecisión para actuar con respecto a la recolección de datos (actitud típica con cada nuevo gobierno, que descree del trabajo de la administración anterior) pero también podría deberse a poca claridad con respecto a la política de seguridad que hay que seguir.


Dudas por todas partes

Santa Fe, con un sistema judicial más moderno –hacia el que en teoría nos acercaríamos en el futuro- y con un ministro de Seguridad que aparentemente conoce a fondo la realidad criminal y el funcionamiento policial- no logra bajar las escandalosas cifras rojas. Córdoba, que con el doble de habitantes que Tucumán tiene la mitad de homicidios, acaba de remover a su cúpula policial por el asesinato del adolescente Valentino Blas Correas (el 6 de agosto) por parte de efectivos en un puesto de control de tránsito. Tucumán, con un homicidio terrible a manos de policías (caso de Luis Espinoza) y otro igualmente inquietante (el de Walter Ceferino Nadal) ha mantenido a sus jefes y su política de seguridad sin cambiar nada, excepto la remoción de los agentes directamente involucrados.

Hasta acá las cifras. Junto a esto va la actuación policial, que este año se ha visto demandada como una oficina de servicios polirrubro. Cada vez se ocupa de más cosas: desde allanar un local de apuestas de naipes y tabas en la Villa Obrera de Tafí Viejo a crear un grupo de enduro para búsquedas en la montaña, pasando por el control de circulación de personas en los parques y plazas. Son funciones expandidas que se añaden a las habituales de dar habiltaciones, permisos, certificados de domicilio, de antecedentes personales, de custodia de funcionarios y de negocios (por servicio adicional) y de control y traslado constante de detenidos y de personas aprehendidas por contravenciones. Tareas estas que, en gran parte, podrían ser llevadas a cabo por otras áreas del Estado (municipalidades, Defensa Civil) o agencias de seguridad privada bien reguladas. Tareas a menudo burocráticas cuyo objeto no está claro (como la expedición del certificado de antecedentes) y cuya utilidad no ha sido medida.


Burocracia y faltantes

Habría que saber cuánto incide la burocracia en la falta de prevención policial, pero algo da que pensar el hecho de que los planes anunciados este año en lo que hace a política de seguridad –programa de cuadrantes y ley antimotochorros- no se terminan de implementar, pese a los informes negativos o a la encuesta de la novel consultora Meraki.

Como sea, el monstruo aspiradora de la pandemia se va tragando todo y dejando la impresión de que sólo importa lo que se haga en función de la covid-19. Es que poco puede aseverarse con respecto a cómo estaremos cuando termine la emergencia de salud. En la vieja película de los Beatles, el hambriento monstruo se devoraba a sí mismo, con lo cual volvía todo a la normalidad. En cuestiones de seguridad esa normalidad era inquietante antes de la pandemia. Lo que viene está solamente sugerido por las cifras provisorias. Habrá que prepararse.

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