Pan para todos

Por Presbítero Marcelo Barrionuevo.

02 Ago 2020

Tres ideas nos sugieren las lecturas de este domingo:

Solicitud de Cristo por los hombres

“Nos ha dado, el Señor, Pan del Cielo que encierra en sí toda delicia” (Is 55,1-3).

El Evangelio de la Misa relata cómo el Señor se alejó en una barca (Mt 14,13-21), Él solo, hacia un lugar desierto. Pero muchos se enteraron y le siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio a esta multitud que le busca y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Los sana sin que se lo pidan, porque para muchos llegar hasta allí, llevando incluso enfermos impedidos, ya era suficiente petición y expresión de una fe grande.

Jesús se detuvo largamente enseñando a esta multitud que le sigue, porque andaban como ovejas sin pastor, de tal manera que se hizo muy tarde. Los discípulos, no sin cierta inquietud, se sienten movidos a intervenir, porque la hora es avanzada y el lugar desierto: despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos, le dicen.

Y Jesús les sorprende con su respuesta: No tienen necesidad de ir, dadles vosotros de comer. Cristo nos enseña que no podemos desentendernos de la gente y de sus necesidades espirituales y materiales. En medio de tanto individualismo esta actitud del Maestro nos interpela.

Disponibilidad con los demás

Después de mandar que se acomoden en la hierba, Jesús, tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a sus discípulos, y los discípulos a la gente.

El Señor cuida de los suyos, de quienes le siguen, también en las necesidades materiales cuando es necesario, pero busca nuestra colaboración, que es siempre pobre y pequeña. Aquí se nos exhorta a colaborar con el trabajo y no achicarse frente a las dificultades. A veces los problemas parecen insolubles, hasta desesperantes, pero es ahí donde debemos confiar en Dios y poner lo poco o mucho para sacar adelante la Misión.

Disponibilidad, entrega, poner el “cuerpo” hasta ver cómo se produce el Milagro. La pandemia mundial ha generado muchas acciones de pequeñas o gran envergadura que han llevado a estar disponible para los otros, en especial para los que más sufren. ¡Cuántos jóvenes han logrado muchas acciones enormes de generosidad!

La Eucaristía

El milagro, además de ser una muestra de la misericordia de Dios con los necesitados, es figura de la Sagrada Eucaristía, de la cual hablará el Señor poco después, en la sinagoga de Cafarnaún. El milagro de aquella tarde junto al lago manifestó el poder y el amor de Jesús a los hombres. Poder y amor que hará posible también que encontremos el Cuerpo de Cristo bajo las especies sacramentales, para alimentar, a todo lo largo de la historia, a las multitudes de los fieles que acuden a Él hambrientas y necesitadas de consuelo.

Jesús realmente presente en la Sagrada Eucaristía, da a este sacramento una eficacia sobrenatural infinita. Jesús no nos da algo de lo suyo, se nos da Él mismo, uniéndonos a Él, identificándonos con Él. Él nos espera, a cada uno. No aguarda a que le pidamos: nos cura de nuestras flaquezas, nos protege contra los peligros, contra las vacilaciones que pretenden separarnos de Él, y aviva nuestro andar.

Cada Comunión es una fuente de gracias, una nueva luz y un nuevo impulso que, a veces sin notarlo, nos da fortaleza para la vida diaria, para afrontarla con garbo humano y sobrenatural, y para que nuestros quehaceres nos lleven a Él.

La vuelta a las Misas presenciales debe recuperar en nosotros el deseo del alimento espiritual. No perdamos la costumbre de las celebraciones donde escuchamos su Palabra y recibimos su cuerpo y sangre sacramental.

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