ALGUNOS DE LOS ÁNGELES. Una parte del equipo de quirófano que, liderado por Álvaro Campero (izquierda), logró extirpar el tumor de Lisandro.
“Se estaba acabando noviembre. Faltaban unos días para que cumpliera los cinco años cuando Lisandro se descompuso -cuenta Vanesa Alderete-. Vomitaba mucho y comenzó a salirle espuma por la boca, así que lo llevamos al policlínico de la Banda del Río Salí...”. Es el comienzo de un relato que alternó llanto con algunas risas, pero en el que no dejó de agradecer a sus “ángeles”. Así llama a quienes hicieron posible extirpar de la cabeza de su hijo mayor, Lisandro Ortiz Alderete, un enorme tumor.
“En el policlínico nos dijeron que estaba convulsionando y nos derivaron al Hospital de Niños. Le hicieron un electroencefalograma, pero dio normal y todo pasó por unos meses. Hasta que empezaron los vómitos de nuevo, pero también la epidemia de dengue y la cuarentena por coronavirus, y me daba temor sacarlo de la casa. Su pediatra lo siguió controlando por celular, pero en abril se puso peor, y se sumaron terribles dolores de panza y de cabeza -sigue relatando la madre-. En los primeros días de mayo no podía controlar los deditos, se le cruzaban. Y la cabeza se le inclinaba hacia la derecha”.
Se le cruzó que quizás fuera el encierro, pero... “Mejor, consulto, me dije. Su pediatra ordenó unos análisis, y dijo que debía revisarlo -agrega-, y ya empecé a pensar en algo neurológico”. Tenía razón. “Era el 13 de mayo, mi cumpleaños. A las dos plagas se sumaba el paro de colectivos... Tenía que llevar a Lisandro al Hospital de Niños para ver a una neurocirujana infantil, Marta Coroleu”, cuenta y la voz se le quiebra.
El diagnóstico
“La primera vez que lo vi, estaba cerca de descompensarse; ahí mismo hicimos la tomografía, que confirmó mis sospechas”, cuenta Coroleu y recuerda el momento en que tuvo que explicar lo que pasaba. “La mamá tenía que saberlo, y Lisandro también. Los pacientes tienen derecho a la verdad”, destaca.
Vanesa cuenta que se desarmó, y que la doctora la ayudó a recomponerse. “Luego le explicó a mi hijo que tenía en la cabeza unos globitos que había que sacar y que íbamos a buscar el mejor doctor”, añade.
“Era urgente, pero necesitábamos los expertos, así que me comuniqué con Álvaro Campero (jefe del servicio de Neurología del hospital Padilla y especialista en cirugía neurotumoral) -retoma Coroleu-. Necesitábamos tres patas: equipo quirúrgico de primerísima línea, infraestructura y aparatología de alta complejidad y pediatras con formación intensivista”.
“El lunes 18 -sigue Vanesa- teníamos los resultados de los estudios. Estaba destruida. A la mañana llamó la doctora Coroleu, para decirnos que el doctor Campero quería vernos ya. Fue un ángel venido del cielo. Tomaba el caso”. “Fue muy claro y honesto; explicó los riesgos, pero nos alentó y nos contuvo, como lo hicieron todos -detalla-. Nos dijo que se necesitaba buena infraestructura y tecnología. Como mi marido tiene obra social, fue en el sanatorio 9 de Julio”.
Alta complejidad
“Era muy grande; como un tumor de adulto en la cabeza de un chiquito. Y estaba en la base del cráneo, zona muy compleja”, explica Campero. Pasa que, en ese lugar de la cabeza, una extensión de la duramadre (una de las meninges, membranas que recubren el cerebro) divide el espacio craneal en dos. “Se llama tentorio y forma dos cavidades. El tumor había invadido las dos -agrega Campero-. Además, es una zona muy irrigada”.
“En la cavidad de arriba está el cerebro, y en la de abajo, el tumor presionaba el cerebelo, los nervios craneales y el tronco encefálico, que controla el corazón y la respiración”, agrega Coroleu. “Salió muy bien, pero podría no haber sido así. Los riesgos eran muchos”, añade. Pero estaba decidido. Lo iban a hacer.
“Se lo había prometido a la madre -afirma Campero, ya relajado, con el diario del lunes escrito-, así que tenía que juntar los mejores jugadores y teníamos cinco días para organizarlo todo; estábamos al límite”.
El primer “jugador” en escena fue el neurocirujano Julio Fernández, quien se encargó de un procedimiento para evitar hemorragias. “El tumor era importante y estaba muy vascularizado, y el sangrado quirúrgico en un paciente pediátrico hay que controlarlo muy bien”, resalta. Sucede que el volumen de sangre circulante en un niño ronda el litro, cuando en adultos es de entre cinco y seis litros. “Para bajar los riesgos, embolizamos las arterias que irrigaban el tumor. Más claro: la misma técnica que usamos para destapar las arterias, pero al revés: las obturamos -explica Fernández-. Y así, dentro del tumor habría menos sangre”.
De a pedacitos
Hubo que ir despacio. Y despacio significa tres cirugías de más de ocho horas cada una. “Usamos un aspirador ultrasónico, que se iba ‘comiendo’ el tumor, pedacito a pedacito, sin que sangrara casi, pero no se podía hacer todo de una vez”, cuenta Campero.
En la primera, y a pesar de la medicación, encontraron mucho edema, cuenta Coroleu. “Esa vez sacamos un poco, de la zona supratentorial, y le dimos una ‘ventana’ temporal para que bajara el edema”, describe.
La huella del miedo en la memoria de Vanesa reconstruye el cronograma: “la primera fue el 23 de mayo, y la segunda, el 25 -cuenta-. Entre las dos, terapia intensiva. Y después de la segunda, otra vez... Allí había más ángeles: las doctoras, las enfermeras...”. “Era divertido: casi todas se llamaban Paula”, dice aliviada, y recupera el ánimo.
Pero quedarse en terapia, con riesgo de infecciones, era peligroso, así que el 10 de junio lo mandaron a la casa . “El 16 volvimos; todos los recibieron como a un héroe. El 17 lo operaron otra vez. El martes pasado le sacaron los puntos y le hicieron otra TAC... ¡no se ve nada!”, resalta Vanesa feliz.
Tienen que esperar los resultados de la anatomía patológica pero ver a Lisandro comer sin miedo al dolor de panza, jugar, dibujar sus girasoles de siempre, hacer los dinosaurios de plastilina y, por sobre todo, reír, ya lo consideran un regalo del cielo.








