Adiós al padre de la caridad callada y del consejo justo

Miles de recuerdos brotaron junto a las lágrimas de los fieles. En cada uno el padre Oscar había sembrado una semilla de esperanza. Hombre sencillo y sabio.

16 Jul 2020 Por Magena Valentié

“¡Padre, ¿eso está cocinando?” Era arroz hervido. Solo, blanco. Así era él. “Austero, sencillo, humilde, incapaz de andar haciéndose invitar”. María Elena Collante conocía bien al padre Oscar Antonio Juárez, muerto ayer a puñaladas en su modesta casa parroquial de San Martín de Porres. “Él daba todo lo que tenía y se quedaba sin nada. Una vez regaló el colchón de su cama porque alguien lo necesitaba. Cuando era representante legal del colegio San Vicente de Paul de Alderetes - donde lo conocí porque yo era su directora - le perdonaba la cuota a un montón de familias que no podían pagar. Recibía máquinas viejas a cambio de la cuota”, cuenta quien trabajó con el padre más de 25 años, cuando era párroco de la Sagrada Familia, antes de ser trasladado a San Martín de Porres.

El padre Oscar era licenciado en Derecho Canónico, se había recibido en la Universidad Gregoriana de Roma con honores (summa cum laudem). Era profesor del Seminario Mayor de Tucumán. Había nacido el 6/2/53 en una familia sencilla y piadosa. Su padre, Carlos Juárez, era diácono permanente. Los Juárez con sus cinco hijos vívían en Villa Luján, y eran vecinos de los Sánchez, familia de monseñor Carlos, arzobispo de Tucumán. Ese cariño cultivado desde la infancia y madurado en el Seminario Mayor, donde el padre Oscar tuvo como alumno al arzobispo, se convirtieron ayer en puñaladas de dolor. Ayer se lo veía a monseñor Carlos traspasado de sufrimiento y desazón, pero aún así le dedicó todo el día al tema: en la parroquia, envuelto en un mar de fieles y de policías que trabajaban sobre su trágica muerte, y luego dando apoyo a la familia.

El que también estaba ahí, sin comprender qué había pasado con ese hombre que vio alejarse cuando apenas tenía 10 años, hacia el Seminario Menor, era su hermano. José Juárez, uno de los dos hermanos que quedan. “No sé qué decir, yo sólo sé que era mi hermano ...”, fue todo lo que pudo decir, bañado en dolor.

El padre Vicente Vélez lo reconocía como padre espiritual. “Era serio pero muy profundo. Sus homilías eran brillantes. Era tan humilde que cuando iba a dar un concepto muy importante no se lo atribuía a él; solía decir ‘un sabio sacerdote dijo ...’ y era él mismo”, recuerda el padre Vicente.

AMIGOS. El padre Oscar, tercero desde la derecha, entre el padre Fernando Giardina y Andrés Ortega, entre otros.

El obispo de Concepción, Melitón Chávez lo recuerda como un hombre de “caridad callada, lucidez intelectual y consejo oportuno”. “Si no será oportuno...” reflexiona Norma Velárdez, secretaria y administrativa de San Martín de Porres, donde el padre estuvo los últimos 12 años. “Acudí a él porque quería suicidarme”, cuenta en medio de trámites en la comisaría. “Mi esposo me había dicho que me iba a dejar y me lastimaba con sus palabras todo el tiempo. Iba a psicóloga y a psiquiatra pero yo sólo quería morir. Y el padre me salvó. Me dijo dejá todo que yo te voy a presentar al mejor médico, Dios. Y así fue. Su palabra de esperanza me sacó adelante”, agradece.


Grupos de jóvenes

Aunque era muy serio, tenía una llegada especial al corazón de los jóvenes. En San Martín de Porres formó un grupo de chicos con los que solía adentrarse en los barrios más carenciados de la jurisdicción parroquial. Todos los últimos sábados de cada mes repartían alimentos que juntaban de donaciones. “Pero últimamente con la pandemia, aumentaron las necesidades y las familias ya venían a la parroquia a buscarlo al padre para que les dé comida. Él les daba todo lo que tenía. Y nosotros los vecinos teníamos que ayudarlo a él porque se quedaba sin nada”, confiesa Norma.

Pero siempre fue así. También en Alderetes, en la parroquia de Fátima y en otras donde estuvo de párroco. “En la parroquia La Sagrada Familia la gente pobre hacía cola frente a la casa del padre para pedirle desde plata para comprar remedios hasta alimentos”, cuenta Rosita Vera, ex maestra del colegio. “Nosotros aprovechábamos el Día del Párroco para comprarle ropa, pero él no se la ponía, la regalaba”, cuenta.

El padre Oscar cosechó hijos espirituales por todos lados. Como Gustavo Albertus, que se queda con la imagen de su “generosidad y empatía, su predilección por los pobres y su sabiduría”. Era del grupo CEM (Cristo, Elías y Moisés ) que fundó el padre. El mismo grupo de jóvenes que Sergio Carrizo veía partir en los colectivos cuando se iban de retiro y campamento. Sergio tenía 14 años y prácticamente vivía en la calle. Malas juntas. “Una vez el padre me vio y me invitó al grupo. Me puso a la cabeza. Yo no podía creer que me tuviera confianza. Así me sacó él de la calle. Ahora tengo un hogar hermoso, él me casó y bautizó a mis hijos”, dice sin consuelo. Rosita se pregunta qué hubiera pasado si los atacantes hubieran conversado un poco con el padre. Está segura de que “él les hubiera dado todo lo que pedían y los hubiera despedido con un afectuoso chau, muchachos”.


El arzobispo pide soluciones integrales

“Esta dolorosa pérdida se enmarca en el contexto de numerosos hechos de inseguridad que vivimos los tucumanos. Pedimos que la justicia encuentre a los responsables de este hecho tan aberrante. Solicitamos a los funcionarios que redoblen sus esfuerzos en la lucha contra la inseguridad y se convoque a un diálogo amplio a todos los referentes sociales para encontrar soluciones integrales”, expresó el arzobispo Carlos Sánchez.

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