Nicolás Shumway: “los argentinos son brillantes improvisadores”

El autor de “La invención de la Argentina” y un apasionado por Jorge Luis Borges, vino al país en 1975 a investigar la década del 30, donde ve el comienzo de la grieta.

12 Jul 2020 Por Irene Benito
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La pasión por Jorge Luis Borges y el país de nacimiento de aquel determinó la vida de Nicolas Shumway (Arizona [Estados Unidos], 1945). Este académico prestigioso ha intentando como pocos comprender la Argentina, su génesis y la idiosincrasia de su pueblo. Shumway no ha abandonado aquella tarea pese a las muertes del escritor que lo cautivó; de Aníbal Sánchez Reulet, el profesor refugiado en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) que lo condujo al primero, y de otras figuras que le permitieron sumergirse en su objeto de estudio, como el jurista Carlos Nino. Desde Houston (Texas) donde hace una cuarentena rigurosa mientras escudriña “las tinieblas” de la covid-19, el intelectual anticipa con un español impecable que “esta vez no tiene tanto para decir”, pero eso no es verdad: los lectores podrán comprobarlo por sí mismos. Es que la distancia permite a Shumway ver lo que la cercanía desdibuja y difumina. “Los argentinos son brillantes improvisadores”, apunta, por ejemplo, al relacionar la desconfianza de la inversión extranjera con el endeudamiento y el default.

- Las pasiones argentinas son muy de los argentinos. ¿Acaso no es llamativo que usted haya caído en eso hasta el punto de titular así a uno de sus libros?

- Voy a citar a Borges, mi maestro, quien dijo en algún momento que uno no escoge sus temas, sino que uno resulta escogido por ellos. Y eso es lo que me pasó. Con Sánchez Reulet, que había tenido que abandonar la Argentina durante la primera presidencia de (Juan Domingo) Perón, escribí una tesis sobre Borges. Para hacerlo, convencí a la Organización de los Estados Americanos que me diera una beca. Entonces, pasé como cinco meses en Buenos Aires: en ese momento tendría como 28 años, tal vez. Y fue una experiencia para toda la vida: la cultura, los amigos, la historia… Llegué en 1975 y era un momento muy conflictivo porque Isabel Martínez de Perón estaba en la Casa Rosada y gobernaba asesorada por José López Rega. Había peleas entre un grupo de derecha, que era la Triple A, y el grupo de izquierda de los Montoneros. Y los dos decían que eran descendientes ideológicos de Perón. Mi beca tenía un estipendio en dólares y, dos semanas después de mi aterrizaje, ocurrió el famoso Rodrigazo, que, de pronto, me convirtió en una especie de rey. El Gobierno había congelado los precios y yo, asesorado por amigos argentinos, iba al mercado paralelo a conseguir mis pesos. Asistía a la ópera y al teatro; me compraba ropa y comía muy bien, y viví de cerca esa inestabilidad económica que es tan típica de la historia argentina. Ahora, lamentablemente, a la película de las devaluaciones la hemos visto muchas veces antes e incluso parece que la Argentina está allí en este momento.

- La palabra crisis es recurrente en nosotros, como si nunca hubiésemos podido recuperarnos de aquel primer Golpe de 1930. ¿Usted lo percibe así?

- Hay grandes diferencias. Yo volví a los Estados Unidos como cuatro meses antes del Golpe de 1976. Pero ahora no veo que exista la posibilidad de reeditar interrupciones democráticas como las que hicieron (José) Uriburu y (Jorge Rafael) Videla. Se acabó ese entusiasmo tanto en el sector militar como en la ciudadanía. Sé que hay mucha desilusión y crítica en cuanto a los gobiernos, pero la posibilidad de la ruptura constitucional por intervención de los militares ya no, aunque es muy difícil profetizar sobre el futuro.

- Hace poco, el jurista Roberto Gargarella advirtió que, si bien hemos dejado atrás la trayectoria de dictaduras, existe un desgaste de las reglas del juego democrático, como pequeños impactos que se dan desde adentro del sistema.

- Estoy de acuerdo. Aquí empezó con Ronald Reagan y con Margaret Thatcher, y ese movimiento que se llama neoliberal, aunque confieso que el término no me gusta porque todo el mundo lo está usando hasta tal punto que nadie sabe exactamente lo que es. Pero veo que ha habido una erosión y un debilitamiento del Estado, que no tiene las condiciones para actuar de antes. Lo estoy advirtiendo mucho en los Estados Unidos, donde estamos viviendo una gran polarización política, con fanáticos que apoyan a Donald Trump a pesar de lo que haga y de lo que diga, y otros fanáticos que lo odian a muerte. Desafortunadamente eso no es cuestión sólo de actitudes, sino que también explica la parálisis que hay en el Gobierno nacional y la renuencia a tomar decisiones. A eso lo hemos visto muy claramente con la cuestión de la pandemia: el Gobierno de Trump ha sido errático a tal grado que una gran parte de la responsabilidad ha caído sobre los gobernadores y hasta intendentes. Todo eso expone que no tenemos un Estado capaz de enfrentar una crisis como la que nos aqueja. También la pandemia está revelando muchas de las fallas del sistema. Me llama la atención, por ejemplo, que han dejado que los trabajadores esenciales sigan trabajando, como los del sector de la agricultura y la alimentación, donde hay salarios muy bajos. Ahora mire usted la paradoja: son esenciales y se les paga mal. Aquí hay una gran contradicción. Un Estado más fuerte podría resolver esta situación y hacer algo para disminuir la desigualdad.

- En su libro “La invención de la Argentina” aparecen las “ficciones orientadoras” que en definitiva armaron el país. Dos décadas después de su publicación, ¿cuál considera más dominante?

- Para mí es interesante la historia sobre cómo fue escrito el libro. Mi intención era investigar sobre la década del 30 porque me parecía que en ese momento se veía claramente el comienzo de la grieta de la que se habla mucho: una parte de la sociedad se vuelve muy nacionalista, y otra parte es más europeizante o liberal, si podemos usar esa palabra, pero también había mucho conflicto. Recuerdo que un hombre bastante mayor que conocí en mi primer viaje de 1975 me habló de las amistades que se destruyeron en esa época como consecuencia de las divisiones. Empecé a estudiar aquella década fascinante y escribí algunos artículos, pero me di cuenta de que algunos problemas fundamentales eran los debates sobre la historia. En los años 30 hay un gran surgimiento del revisionismo histórico. Gente como Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta y Manuel Gálvez empezó a cuestionar el proyecto liberal. Desgraciadamente muchas veces ese nacionalismo estaba informado por el fascismo europeo y cierto antisemitismo. Pero empecé a ver que las notas al pie para explicar los antecedentes de las discusiones sobre la historia crecían más que el texto mismo que pretendía escribir. Por fin terminé publicando un libro sobre el siglo XIX con la creencia de que muchos de sus debates forman diferentes ideas sobre el proyecto nacional, ideas que hasta cierto punto continúan en el presente. La prueba es la reedición reciente de varios trabajos de los pensadores nacionalistas… me refiero, por ejemplo, a personas como (Arturo) Jauretche y (Raúl) Scalabrini Ortiz. Las ideas que yo había encontrado en el siglo XIX aparecen en los años 30; de nuevo en los 70 en intelectuales como Juan José Hernández Arregui y otra vez en la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, cuando se oficializa una especie de instituto de revisionismo histórico. Los actores van cambiando, pero los temas siguen siendo, si no los mismos, por lo menos parecidos.

- ¿Esta falta de reconciliación acerca del pasado irrumpe cada tanto y nos sacude?

- Exactamente. A veces cambia el vocabulario, pero el debate es igual. Uno de los problemas de ambos lados de esa famosa grieta es que no pueden reconocer que los seres humanos somos contradictorios. Domingo Faustino Sarmiento, por ejemplo, ha sido muy atacado por el nacionalismo de izquierda y de derecha, pero hay que reconocer que también hizo cosas. Uno de sus logros, que por desgracia ha disminuido, es esa educación abierta, gratuita, pública e igualitaria. Con razón se ha dicho que las personas que critican a Sarmiento aprendieron a hacerlo en escuelas fundadas por él. Esa educación fue un triunfo y la Argentina lo disfrutó durante muchos años, con los niveles de alfabetización más altos de América Latina. Hay que reconocer que Sarmiento participaba de todas las ideas racistas de su tiempo, pero al mismo tiempo hizo cosas muy positivas. Y reconocer lo bueno y lo malo es lo que debemos hacer. Las visiones extremistas sencillamente descartan y condenan a las personas que sitúan en las antípodas. Por otra parte hay que advertir que el conflicto entre Buenos Aires y las provincias es muy real, y continúa hasta cierto punto.

- La dirigencia Mendocina empezó a hablar de una secesión…

- El mismo espíritu existe en algunos lugares de Buenos Aires, donde la gente cree que estaría mejor sin el resto del país. En los Estados Unidos el federalismo más o menos funciona porque nunca hubo una ciudad o región dominante, aunque sí hay distintos enfoques de poder político y económico, pero ningún lugar ha tenido la capacidad de ejercer una hegemonía sobre el resto del país. En cambio, en la Argentina desde el principio uno de sus grandes problemas es ese Buenos Aires tan poderoso, tan rico y tan desvinculado del resto del país.

- Entre tantas continuidades, ¿dónde quedó el mito de grandeza de la Argentina y del granero del mundo?

- Voy a contestar su pregunta con una experiencia personal. Cuando fui por primera vez al Museo de La Plata, me llamó la atención su edificio imponente, que es producto del momento en el que la Argentina creía que tenía un futuro glorioso. La grandeza que pronosticaba el edificio no ha sido alcanzada. En los años 20 era el cuarto país del mundo en ingreso per cápita y ahora no sé dónde está. Esa idea de la Argentina como potencia vanguardista no existe: perdió la importancia relativa. Como dijo Tomás Eloy Martínez, el encuentro con la grandeza jamás ocurrió.

- ¿Ese porvenir se frustró por la fe en los líderes fuertes y todopoderosos que debían venir a corregir los desequilibrios y los rumbos?

- El intelectual mexicano Enrique Krauze ha escrito un libro muy interesante que se llama “Redentores” y trata sobre que en muchos países latinoamericanos existe la idea de que una persona va a llegar para salvar al pueblo. En la Argentina ha habido ese tipo de figuras grandes, con mucha personalidad y presencia: Perón, por ejemplo. El problema es que ninguna persona va a salvar al país: es una fantasía. La fuerza de una comunidad depende de la fuerza de las instituciones. En Estados Unidos yo veo con mucha preocupación que ese movimiento populista de derecha de Trump y compañía ha deteriorado mucho la institucionalidad. Nuestras instituciones son fuertes, pero están amenazadas.

- Es la era de los patanes, como dijo su compatriota Jon Lee Anderson.

- No está mal. Entre los líderes del mundo, la que más me ha impresionado en los últimos años es Ángela Merkel. (Barack) Obama era un presidente brillante, pero estaba limitado porque tenía el Congreso en contra y a su oposición no le importaba el país, sino arrancar el poder del Partido Demócrata. El Partido Republicano no es el de mi juventud: se inclinó por el populismo y hasta me atrevo a decir que cree en mitos del pasado que nunca existieron. Trump está nombrando jueces de derecha y de ultraderecha, y eso a larga va a tener un efecto muy negativo. Estamos en una situación donde muchos pueden sabotear, pero muy pocos pueden hacer.

- ¿Qué le sugiere el hecho de que estemos ante nuestro noveno default técnico?

- La gran decepción del Gobierno de Mauricio Macri es que abrió el país a la inversión extranjera, lo que yo llamo la “mercadolatría” como confianza en que el mercado todo lo puede hacer, y a la postre las inversiones no llegaron, y tuvo que financiar el país con un gran endeudamiento, que es lo que heredó Alberto Fernández. Hay que decir que Macri también heredó una recesión y un déficit fiscal, pero su política de mercado abierto no funcionó porque las inversiones no aparecieron y a lo mejor no lo hicieron porque la Argentina tiene esa historia de default. Entonces, atrae a los especuladores que compran títulos con intereses altísimos en una especie de juego de casino. Invertir en la Argentina siempre es arriesgado porque el país a la larga no paga sus deudas.

- Es una trampa de la que es difícil salir porque, como usted manifestó, carecemos de paciencia y estamos inmersos en el cortoplacismo.

- Tengo un billete de un millón de pesos guardados. ¿Cuántas veces han tenido que sacar algunos ceros y empezar de nuevo? Con una moneda tan inestable no se puede hacer planes. Si hago una inversión ahora, debo tener alguna confianza en lo que ese capital valdrá de aquí a cinco años. En la Argentina todo es improvisado según el tipo de cambio de ese momento por ello los argentinos son brillantes improvisadores y, por eso, han podido generar formas de seguir adelante aún en coyunturas muy difíciles.

- ¿Dónde ubica a Borges: en la parte racional o irracional de la Argentina?

- Borges para mí tiene un pensamiento que yo llamaría humanísticamente escéptico. Recuerdo que en una de nuestras conversaciones él me dijo que la verdad era la improvisación de este momento. Yo le respondí: “¿cómo? La verdad es lo que todos queremos alcanzar”. Borges me contestó: “Shumway, no, no, sería un desastre encontrar la verdad porque, ¿de qué podríamos hablar después?”. Así fue que aprendí que nunca debemos estar demasiado seguros de lo que sabemos.

Un ferviente “argentinólogo”

Nicolas Shumway se doctoró en lenguas romances en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) en 1976. Allí comenzó su acercamiento a la Argentina, país al que conoció por Jorge Luis Borges, y al que dedicó dos libros con enorme repercusión: “La invención de la Argentina” (1991) e “Historia personal de una pasión argentina” (2011). Enseñó durante 14 años en la Universidad de Yale. Luego se incorporó al staff académico de las universidades de Texas en Austin y de Rice, donde se desempeña en el presente.

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