Si Mendoza quiere ser independiente, ¿por qué no Tucumán? - LA GACETA Tucumán

Si Mendoza quiere ser independiente, ¿por qué no Tucumán?

03 Jul 2020 Por Guillermo Monti
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“Mendoza tiene todo para vivir como un país independiente”, sostuvo -muy serio- Alfredo Cornejo. Y dijo algo más: “es algo que hay que empezar a pensar seriamente”. Cornejo es un peso pesado de la política, no sólo en la provincia de la que fue gobernador, sino por su condición de presidente de la UCR. Los mendocinos están indignados porque no se concreta el proyecto de la represa Portezuela del Viento. Lo atribuyen a lobbies pampeanos, pero lo que siempre se dibuja detrás de esas percepciones es la mano perversa del poder central. El proyecto independientista, motorizado hace algunos años por una fundación llamada Foro Transforma Mendoza, armó la jugada para que Cornejo marcara el gol. Puertas adentro, la declaración le valió el aplauso de la tribuna. Puertas afuera es un disparate, pero provocó un doble efecto: le dio visibilidad a Cornejo en medios y redes (el santo grial que persigue cualquier político) y reposicionó -y esto es lo más valioso- el debate acerca del declamado y nunca practicado federalismo argentino.

“The politician”, serie de Netflix bastante despareja pero que no deja de entregar algunas perlitas, ofrece en el inicio de la segunda temporada un discurso por el estilo. Georgina Hobart, personaje que interpreta Gwyneth Paltrow, lanza su candidatura en California con una propuesta: separarse de Estados Unidos. La ovacionan. En los hechos, la indepedencia de California es un tema de larga data y la alimenta un respaldo formidable: si fuera un país, contaría con una de las economías más poderosas del mundo. El problema es que la última iniciativa más o menos seria en ese sentido (Yes California) es visiblemente apadrinada por el Kremlin. La impulsa Louis Marinelli, un neoyorquino radicado en Rusia que se declara admirador de Donald Trump.

Distinto es el caso de los movimientos separatistas europeos, en los que juegan factores de otra naturaleza: idioma, raza, religión, historia. Y cada uno con sus características. Catalanes, vascos, escoceses, flamencos, valones, sardos, galeses, norirlandeses, corsos, tiroleses, gallegos, bávaros, bretones... Todos quieren ser independientes. Hasta en Canadá se plebiscitó la separación entre francófonos y angloparlantes.

Nada de esto tiene que ver con la expresión de deseos de Cornejo y de los entusiastas seguidores del hashtag #MendozaExit. Lógico, la cuestión hace ruido en la provincia, por más que el gobernador Rodolfo Suárez y su gabinete declaren que todo esto es inviable y que no hay ningún plan porque, a fin de cuentas, son los que cargan con el peso de la realpolitik y no están para delirios autonomistas, mucho menos en plena pandemia. De todos modos, a Cornejo le respondió el escritor y sociólogo Leandro Hidalgo con algunos pensamientos que vale la pena tener en cuenta. Dice Hidalgo:

“Resulta sorprendente que esta parodia de la separación muestre sin velo al objeto y lo deje desnudo delante de los ojos de todos. Sin dudas en los últimos años la fórmula Cambiemos interpeló exitosamente a un grupo heterogéneo de personas, con un fuerte sesgo individualista, que se siente portadora de valores, que se siente merecedora de algo diferente, que siente una superioridad moral frente a cada coyuntura, que se siente darwinista por el sudor de su frente (...). El actual votante-consumidor, que rechaza la política (o que la detesta), que no está interesado en la conformación de lo comunitario, sí reacciona, sí se queja, sí se escandaliza con patrones forjados siempre por otros (cuándo hay que enojarse y por qué, cuándo dejarlo pasar, de qué hablar, qué no saber, y así), continuamente simbolizando una exclusividad, una demarcación, que fortalece un modelo de autonomía de ‘puertas adentro’. Este es uno de los puntos que se me ocurre posibilitan este chiste, esta ironía, no sé cómo llamarlo: #mendoexit. Nosotros y ellos”.


Bienvenidos al club

En plena asonada carapintada de 1987, cuando se intentó un golpe de Estado contra Raúl Alfonsín -por más que los sublevados dijeran después que no era esa su intención-, el gobernador salteño Roberto Romero amenazó con separarse del resto del país. Es más, envió un proyecto de ley que enfatizaba: “la provincia de Salta declara que reasumirá su soberanía, desconociendo cualquier autoridad que no se ajustara a la Constitución Nacional. Hágase conocer al gobierno federal y a las provincias hermanas”. Cuando Alfonsín deseó felices Pascuas y declaró que la casa estaba en orden (aunque no lo estaba) Romero apretó el freno. También por las mentes correntinas surcaron vientos autonomistas en algún momento de la historia del siglo XX. Y eso que ninguna tuvo, como en nuestro caso, una República de Tucumán, que habrá sido efímera pero dejó huella y valiosas lecciones.

Bernabé Aráoz -en la imagen- no pretendía escindir a Tucumán (que hace 200 años comprendía además a Catamarca y a Santiago del Estero) de las Provincias Unidas, sino marcar la cancha con un federalismo que podía servir de modelo para configurar una unidad nacional respetuosa y armónica con cada región del país. A las intenciones las barrió el huracán de la guerra civil, cuyos vencedores -los unitarios- hicieron exactamente lo contrario: instalaron definitivamente el mostrador de Dios en Buenos Aires. El primer artículo de la Constitución alberdiana de 1853 (“La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal...”) es en sí mismo una deuda pendiente. La inclusión del término “federal”, con el correr de los años, empezó a verse casi como un chascarrillo histórico, aunque mueva más a frustración que a risa.

Volvemos al comienzo. Tal vez lo que realmente quiso Cornejo, más allá de lo desafortunado de la metáfora separatista, fue retomar la discusión acerca de cómo funciona la Argentina. Lo hizo enojado, y el que se enoja pierde. Será que para pensar en el hoy, en el mañana y en el largo plazo se necesita la cabeza fría. Así, más que marcar goles, se ganan campeonatos.

A las provincias les encanta echarle la culpa al poder central por lo mal que se administran. Es mucho más sencillo pedir que aumente la coparticipación de recursos que ser ordenados en las cuentas públicas, total la culpa es de la falta de federalismo. A este argumento clásico del puerto no le falta nada de razón, pero al mismo tiempo sirve para disfrazar la cuestión de fondo. La mirada técnica y economicista de los problemas es bien de coyuntura. Los números son implacables, pero detrás de ellos, o mejor dicho por encima, laten las realidades políticas y sociales conformadas cuando se decidió qué clase de país sería la Argentina. Con esa mochila cargamos desde Caseros y Pavón, lo que no habla muy bien de nosotros.

Si esa construcción nacional se reformulara sobre nuevas bases (siempre, para bien o para mal, regresamos a Alberdi) el eje de los debates pasaría por otra parte. De lo contrario, seguiremos perdiendo el tiempo y en cualquier momento nos encontraremos con algún proyecto separatista tucumano. Viéndole el lado positivo, y teniendo en cuenta que es mucho más sencillo ser reconocidos por la FIFA que por la ONU, Atlético y San Martín jugarían todos los años la Copa Libertadores. Y quién sabe, hasta el seleccionado tucumano podría clasificarse para el Mundial.

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