El cuento de la autopista que jamás se construye

26 Jun 2020 Por Guillermo Monti
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Del anecdotario de Celestino Gelsi viene a cuento un episodio que, de repente, adquiere actualidad. Se había hecho una escapada a Las Termas de Río Hondo y el Poder Legislativo le reprochó que, siendo gobernador, no hubiera solicitado la autorización para ausentarse de la provincia. “¿Qué permiso? -retrucó Gelsi- Si Las Termas le pertenece a Tucumán...” Las cosas nunca se dicen en broma al 100 por ciento, siempre subyace algún contenido de certeza. A Gelsi no le escapaba el potencial turístico de Las Termas e imaginaba alguna clase de sinergia, lo más directa posible, con lo que Tucumán podía ofrecer. Todo esto sucedió hace 60 años. Y aquí estamos, discutiendo, más bien anhelando, el trazado de una autopista que debería estar construida desde hace décadas.

Conviene mirar el cuadro en su totalidad antes de avanzar un poco más. La red vial tucumana es una vergüenza y el buque insignia de la decadencia es la ruta Tafí del Valle-Amaicha. Ni hablemos del sistema de caminos rurales, uno de los dolores de cabeza más intensos que aquejan a los productores, obligados a mover sus utilidades por huellas capaces de aniquilar cualquier tren delantero. Lo propio sucede con una generosa porción de las rutas provinciales, poceadas y traicioneras. A lo que se suma un fenómeno propio de la tucumanidad: el robo y/o vandalización sistemática de la cartelería, lo que convirtió a nuestras rutas en las menos señalizadas del país. De las deficiencias en los accesos a las zonas urbanas, en especial a la capital, ya se habló tanto que el tema aburre. En este panorama, que la comunicación con Las Termas -y con Santiago del Estero- se mantenga ceñida a una cinta asfáltica antigua y parchada no puede sorprender.

El proyecto de autopista es casi tan viejo como el que involucra al dique Potrero del Clavillo. En ese sentido, el fantasmagórico Plan Belgrano -toda una ofensa para el prócer, a la luz de la historia reciente- no fue el único que se quedó en promesas. Las expresiones de deseo, por no decir las mentiras, vienen desde hace décadas. Al menos, el ministro de Obras Públicas de la Nación no prometió nada. Ya es un paso adelante: entrevistado en “Panorama Tucumano”, Gabriel Katopodis dijo que por la autopista “hay voluntad de avanzar”. ¿Y eso qué significa? Que han conversado con los gobernadores y que hay un proyecto que está siendo evaluado. O sea, nada en concreto. No esperemos autopista Tucumán-Termas en el futuro cercano, salvo que... los santiagueños se decidan a impulsarla.

Desde hace años la inversión en infraestructura destinada a las Termas es formidable. No hace falta describirla, está a un paso y muchísimos tucumanos lo comprueban en cada visita. En la “Madre de ciudades” tampoco aflojan con las obras. Apenas se suavicen las medidas de aislamiento inaugurarán el estadio, que es una joyita. Habrá que ver cómo le sacan el jugo. La cuestión es cómo integrar a Tucumán en ese eje turístico Santiago-Las Termas, que pica mucho más alto de lo que Gelsi pudo haber imaginado.


Un paréntesis

Los detractores de esta movida motorizada desde el poder por la familia Zamora tienen los argumentos en bandeja. Alcanza con comparar lo que se invierte en Santiago capital y en Las Termas con el resto de una provincia desigual por donde se la mire. Ese contraste social es idéntico al salteño: al circuito Cafayate-Cachi-Salta capital, que es circular, se opone la mitad este del territorio, cada vez más pobre y carenciado a medida que crece la espesura del Chaco Salteño.

La dualidad, característica del NOA, provoca toda clase de dudas. Mientras las primermundistas máquinas del MotoGP aceleran en Las Termas, vastas zonas de Santiago adolecen de servicios básicos. La industria sin chimeneas que representa el turismo necesita tiempo para que los beneficios generen un efecto derrame. ¿Cuánto tiempo? Los relojes en nuestro país miden los años siguiendo sus propias y caprichosas reglas. Lo que en otro contexto es estándar aquí luce faraónico, porque cualquier emprendimiento está cruzado por la compleja realidad circundante.

¿Qué construimos? ¿Cloacas o canchas de fútbol? “Las dos cosas”, es la respuesta de manual... siempre que la plata alcance. Lo que no puede postergarse es la calidad de vida de la ciudadanía. Un hospital o una escuela son más importantes que un autódromo, por eso cuando se piensa y se ejecuta al revés -ejemplos sobran- la que pierde es la sociedad. No es un tema menor, al contrario; se inscribe en el deber ser de cualquier gestión de gobierno.


Fin del paréntesis

No se trata de una obra de envergadura como, por caso, la autopista Rosario-Córdoba, que al entroncarse en la totalidad de su recorrido podría denominarse Jesús María-Mar del Plata. Hablamos de un trazado de 90 kilómetros, que en 2013 costaba 1.000 millones de pesos.

Viajemos brevemente a ese momento. Luego, por una cuestión de pudor, correremos el telón. “Es un sueño que tenemos de hace muchos años con José (así se refería a Alperovich) y a este sueño se incorporó el gobernador Gerardo Zamora”, destacaba, eufórico, José López, secretario de Obras Públicas de la Nación que volvía a su tierra anunciando que la autopista se hacía sí o sí. “Venimos trabajando en esto por orden de la presidenta Cristina Fernández”, subrayaba López. “Son sueños que se nos están haciendo realidad”, añadía, emocionado, Alperovich.

López y Alperovich detallaban una obra de dos años de duración, estructurada en tres secciones (la primera, San Cayetano-San Andrés) y que contemplaba la construcción de un nuevo puente sobre el Salí. La segunda etapa, de 41 kilómetros, cubriría desde San Andrés a La Encrucijada, y la última, también de 41 kilómetros, entre esa localidad y Las Termas. Este megaanuncio se efectuó en noviembre. Semanas antes, en octubre, el gobernador había prometido la construcción del Potrero del Clavillo y de un estadio en el parque 9 de Julio.

La licitación de la autopista se realizó en enero de 2014. Los que nunca aparecieron fueron los fondos para llevar adelante la obra, así que era cuestión de aguardar los nuevos anticipos, que llegaron por partida doble desde el arsenal discursivo de Cambiemos: el Plan Belgrano, en boca de José Cano y luego de Ricardo Ascárate, y el Ministerio de Transporte, por medio de Guillermo Dietrich. Si a alguien se le ocurre preguntarse en qué se parecen Alperovich y Cano, ya tiene una respuesta: ambos prometieron una autopista que jamás se construyó.


Epílogo

“Hay voluntad de avanzar”, sostiene el ministro Katopodis, una finta dialéctica que no conduce a ninguna parte, salvo al limbo de la eterna espera. Lo que nos devuelve al ojo avizor de Gelsi, a sus salidas ingeniosas y a su genuino interés por el desarrollo regional. Hace 60 años, Gelsi -que no era ningún santo, político al fin- tenía claro hacía dónde era preciso apuntar. Parece mentira que haya pasado tanto tiempo y sigamos varados, exactamente, en el mismo punto de partida.

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