Mercedes Chenaut: “los dolores y las pérdidas nos hacen artistas”

La escritora tucumana sostiene que su literatura es actualmente mucho más comprometida que en otras épocas. La poesía erótica. “Animarse a gritar”.

28 Jun 2020 Por Roberto Espinosa

El regazo de un valle cobija tal vez el aleteo de su imaginación. Un rumor de zonda siembra quizás pensamientos en su mirada. Tigres que se espejan en laberintos. Un bastón ciego ejercita en sus latidos el unánime miedo de sus develos. El erotismo arropa la pasión de una mujer. Deshoja besos en lo oscuro. “Somos de la misma estirpe, Clarice Lispector. Ambas desconfiamos de nosotras mismas; admitimos nuestra condición de apariencias, de dobles, de impostoras. El mundo no nos conoce. Somos mucho menos de lo que mostramos y también más. De noche, cuando dejamos sobre la mesa de luz la mirada seductora, los dientes apretados, el pelo tumultuoso, las manos todopudientes, nos descubrimos pura lágrima, luciérnagas heridas en el centro mismo de nuestra luz”, escribe Mercedes Chenaut (nació en Tucumán, en 1957), animadora constante de la vida literaria de los últimos lustros en la provincia, a través de su escritos y de su taller “Animarse a gritar”.

- ¿Las lecturas fueron modelando tu infancia-adolescencia? ¿Eras de darle manija a la imaginación?

- Sí, se leía en casa pero nadie tanto como yo. Tomaba un libro y me sumergía en él al punto de perder absolutamente la noción de tiempo. Me llamaban a la mesa, y nunca sabía si se trataba de almuerzo, hora del té, comida de la noche... Descendía del libro como quien baja de un barco después de mucho navegar y demora en acomodarse a vivir en tierra firme. Imaginar era mi métier. La vida pequeña de lo que sucedía a mi alrededor me era demasiado escasa. Imaginar calmaba mi ansiedad.

- ¿Poemas o relatos despertaron la escritura? ¿Qué asuntos te atraían?

- La escritura despertó antes de saber leer ni escribir. Compuse para mi abuela madre, a eso de mis tres años, un brevísimo poema y se lo dicté. Ella era una mujer sencilla, de hábitos austeros y aunque tenía muchas joyas, jamás las usaba. Cuando nos enfermábamos con angina o sarampión -sí, se usaba tener sarampión-, nuestra abuela nos daba su precioso baulito de plata con las joyas para que jugáramos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando encontré entre anillos y prendedores, mi poema. Decir eso y que el mandato era evidente: “escribirás joyas...” fue uno y lo mismo. Siempre, sin embargo, preferí el género narrativo (el libro de las Narraciones Interesantes del Tesoro de la Juventud, vieja enciclopedia ya entonces, que me llegó también de mi abuela).

- ¿Qué circunstancias empujaron tu vida en la literatura?

- Creo que los dolores y las pérdidas nos hacen artistas, escritores. Mi hermana y yo tuvimos una infancia difícil. De allí se derrama mi literatura hasta el día de hoy.

- ¿Tus primeros relatos recreaban algunas vivencias personales?

- Los primeros cuentos, los de mis 17 años, no reconocían vivencias personales directas, respondían a necesidades intelectuales. Con el tiempo, lo autobiográfico se adueñó de mi literatura. Hoy, se puede rastrear mi vida en el 90% de mis escritos. Soy una o muchas de las “tremendas”; de las hijas o las propias “Madres terribles...” de otro de mis libros. Habito con soltura las historias que constituyen mis “Respuestas a Facebook y otros textos impúdicos”.


- ¿Cómo fue la génesis del taller literario “Animarse a gritar”, que ya cumplió más de dos décadas? ¿Cuáles eran sus metas? ¿Qué satisfacciones te proporcionó?

- “Animarse a gritar” nació en el vagón biblioteca Estación de la Alegría que creó María Eugenia Virla, en el contexto del centro de información e investigación en literatura Infantil y Juvenil (Ciilij) de la UNT. Lo pensé como un espacio para interactuar con jóvenes que terminaban la secundaria y comenzaban la universidad. Allí dieron sus primeros pasos el dramaturgo Gabriel Patolsky, la escritora ciega Fátima Osores, a quien reencontré hace poco... Cuando María Eugenia murió y su centro se dispersó o algo parecido, busqué nuevos espacios y me dediqué a acompañar en su crecimiento a escritores adultos. Hoy varios son muy leídos como Natalia Zanota, por ejemplo. Y hay tanto talento ahí, que es apabullante. Uno de los vehículos de expresión de su gente es hoy la revista literaria “A turucuto”, que cofundamos con Carlos Civili y Carlos Eduardo Sánchez. El Maestro saltó a la radio con el premiado programa “Borges por radio”, que conduzco junto a Carlos Duguech.

- ¿De qué te habla el mundo de Borges? ¿Te impactó conocerlo personalmente? ¿Qué lugar ocupa en tu corazón?

- Vivo en el mundo de Borges. Soy una devota frente a un dios (algo así digo en un texto que escribí sobre esa noche en la que comí a su lado, en 1978). Lo leo, lo rezo, lo cuento, lo reescribo para iniciados y también frente a desconocedores del maestro. Siento que es mi gozosa misión en la vida y otorga sentido a mis días.

- ¿Las madres terribles potencian o determinan de algún modo la creatividad en los artistas?

- Acordar con la figura materna es imprescindible. Algunas veces pregunté en mi grupo literario quién había tenido un buen vínculo con los progenitores. Pocos respondieron que sí. La literatura parece ser un camino para entender y sanar ese vínculo.

- La poesía erótica es una de tus debilidades, ¿ese género te permite expresar, liberar tu inconsciente, plantarte ante el mundo dominado por los hombres?

- Pocas vetas más convocantes para mí que esa literatura, desde el Cantar de los cantares, Safo de Lesbos... hasta Gioconda Belli. Un Eduardo Galeano que hace loas del cuerpo, sobre todo el femenino, tan vilipendiado, tiene toda mi admiración: “la Iglesia dice: El cuerpo es una culpa. La ciencia dice: El cuerpo es una máquina. La publicidad dice: El cuerpo es un negocio. El cuerpo dice: Yo soy una fiesta”.

- ¿El escritor debe estar comprometido con su tiempo?

- El escritor, aunque se propusiera no hacerlo, da siempre cuenta de su tiempo. Lo que dice y lo que no dice habla de su sistema de creencias, de su ideología. Hoy, mi literatura es mucho más comprometida que en otras épocas, comprometida en el sentido sartreano del término. Eso me trae dolores de cabeza pero me permite ocupar el lugar que vine a ocupar en la sociedad.

- ¿La vida es un largo debate entre la felicidad y la desdicha?

- La vida es lo que hacemos de ella. Somos dueños y señores de lo que nos toca; optamos constantemente qué forma darle.

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