Argentino de rugby: la moneda que valió una final, pero que nadie vio caer

En 1966 Tucumán llegó por primera vez a la definición del torneo, de una forma particular.

19 Jun 2020 Por Federico Espósito
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LA PREVIA. Los seleccionados de Rosario y Tucumán, formados para entonar el Himno nacional antes de jugar la semifinal en la cancha del Departamento de Educación Física.

En agosto de 1966, la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética tenía al mundo partido en dos en múltiples frentes, desde la carrera por la conquista del espacio hasta la rivalidad ajedrecística entre Bobby Fischer y Boris Spassky. En Argentina, el Racing de Juan José Pizzuti (”el equipo de José”) encadenaba 34 partidos oficiales sin derrotas, invicto que llegaría a 39 juegos y que sólo sería superado por el Boca de Carlos Bianchi, más de tres décadas después. En Tucumán, Canal 10 llevaba apenas un mes en el aire, y el general Fernando Aliaga García asumía la gobernación como interventor federal de facto de la Revolución Argentina. En el ámbito deportivo, Tucumán Lawn Tennis recibía la 51ª edición del Campeonato del Norte de Tenis, y el Departamento de Educación Física alojaba la semifinal del Argentino de Rugby entre el seleccionado de Tucumán (que todavía no vestía de naranja, sino de marrón) y el de Rosario.

El encuentro había generado una gran expectativa, por tratarse de la visita del campeón vigente: el año anterior, el combinado del litoral había ganado su primer título argentino al vencer a Buenos Aires, sin imaginar siquiera que sería también el único. Aunque jugó numerosas finales (de hecho, la alcanzó cinco veces en los siguientes seis años), jamás pudo volver a ponerse la corona hasta la desaparición del torneo, en 2017. Pero eso se sabría con el tiempo: aquel domingo 14 de agosto del 66, Rosario era el favorito. En el palco estaban como testigos Gastón Lacaze, ministro de Gobierno de la provincia; Juan C. Wells, presidente de la Unión Argentina de Rugby; Vicente Hernández Palacios, presidente de la Unión de Rugby de Tucumán, junto a otros dirigentes de la entidad y clubes afiliados.

Tucumán formó con un equipo dispuesto para la batalla: César Ponce; Guillermo Casanova, Horacio Barbero, Norberto Antoni y Arnaldo Alonso; William Rumboll y Juan Frías Silva; Juan Carlos Ghiringhelli, Jorge Ghiringhelli y Julio Paz (capitán); Juan Lomáscolo y Salvador Bellomío; Mario Gasparré, Ramón Roldán y Santiago Poujade.

Rosario, en cambio, proponía un juego de galera y bastón, y ya desde el inicio del partido se adueñó de la pelota gracias a un impecable trabajo de sus forwards en la obtención. Sin embargo, el pack no encontró su complemento en los tres cuartos, que lateralizaron demasiado el juego, sin la profundidad necesaria para romper el cerrojo defensivo tucumano. Esa fue la virtud del seleccionado local: el sacrificio para mantener contenido a un rival técnicamente superior y en inferioridad númerica desde los 15 minutos del primer tiempo por la expulsión de Gasparré.

CRÓNICA. El triunfo tucumano encabezó la página deportiva de LA GACETA al día siguiente. El seleccionado había eliminado al campeón, y así alcanzó su primera final en un Argentino.

Los 80 minutos se consumieron en una tensa disputa que no reflejó cambios en la chapa. De acuerdo al reglamento, debían jugarse dos tiempos extra de 10 minutos. Sin embargo, tampoco fueron suficientes: ambos equipos estaban ya exhaustos y ninguno estaba dispuesto a arriesgar de más. Con el 0-0 en el score y la luz del día apagándose, el referí Jorge Comotto llamó a los capitanes y les comunicó que el ganador se iba a definir arrojando una moneda al aire, caso único en la historia del torneo. La crónica de aquel día relata que, cedida la iniciativa por el capitán rosarino Eduardo España, Julio Paz eligió “cara”. Comotto aventó la moneda y cuando esta cayó, declaró ganador a Tucumán. Jugadores e hinchas se fundieron en un gran festejo por haber eliminado al campeón y alcanzado por primera vez la final de un Argentino, en la que luego sería derrotado por Buenos Aires.

Al menos, eso es lo que cuenta la historia oficial. La no oficial se reprodujo en posteriores charlas de cantina. Cuenta la leyenda que, entre la cantidad de gente que había a la vuelta, la escasa luz natural y la tierra de la cancha, nadie vio realmente de qué lado cayó la moneda. El propio Comotto, dicen algunos, confesó alguna vez que tampoco la vio, pero que ante la cantidad de tucumanos que había a su alrededor, decidió dar por ganador a Tucumán. Algunos sostienen incluso que, en una maniobra picaresca, los jugadores tucumanos comenzaron a festejar antes de que alguien pudiera verificar de qué lado había caído la moneda.

“Estuve en la cancha ese día, había ido con mi papá”, cuenta Miguel Reginato. “Fue un partido de hacha y tiza. Yo estaba al borde de la cancha y no llegué a ver el sorteo, pero el comentario generalizado de esa época es que cuando la moneda llegó al piso, todos comenzaron a saltar y como estaba muy polvorienta la cancha, ni se vio de qué lado cayó. Es más, creo que ni apareció después la moneda”, recuerda.

¿Habrá sido cara o cruz? La respuesta aguarda en el cofre de misterios sin resolver del rugby tucumano.

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