Claudio Rama: “la pandemia generó una educación de emergencia desequilibrada”

El especialista uruguayo en enseñanza y aprendizaje a distancia advierte un incremento de la deserción escolar de los jóvenes.

14 Jun 2020 Por Irene Benito
1

“UNIVERSITÓLOGO”. Así definen a Claudio Rama, un estudioso de los sistemas educativos de Latinoamérica. gentileza Aaron Sosa

Leer los ensayos y las ideas que Claudio Rama (Montevideo [Uruguay], 1954) divulgó a lo largo y ancho de su apostolado por la educación digital en Latinoamérica es como entrar en un túnel del tiempo y toparse -más bien chocarse- con la oportunidad perdida. Si su palabra hubiese sido más escuchada, el coronavirus no habría supuesto una disrupción para el ciclo lectivo o sus efectos negativos habrían sido más acotados. Si en vez de invertir en edificios y mobiliario, las instituciones hubiesen comprado programas, y entrenado a docentes y a alumnos, la cuarentena habría resultado menos traumática para muchos hogares de la región. Desde su ciudad natal, este economista multidoctorado y políglota dice que el cierre de las escuelas y universidades ha desnudado las limitaciones existentes para la digitalización y el teletrabajo en general. “La pandemia generó una educación de emergencia desequilibrada, que no puede ser confundida con la educación a distancia”, evalúa en una entrevista por Skype.

La cuestión ahora es cómo aprovechar el evento de la covid-19 para fortalecer los “anticuerpos” de la modernización y vencer las resistencias contra las clases virtuales. Rama, que asesora a entidades muy consustanciadas con la educación a distancia, como la Universidad Católica de Salta, apunta que hay una tendencia peligrosa a acentuar la adquisición del conocimiento teórico y a postergar el práctico, y defiende el potencial de la virtualidad para producir vivencias y competencias, y para formar estudiantes que tendrán que interactuar con máquinas, algoritmos y robots en sus futuros empleos. Hoy, sin embargo, el panorama es sombrío para las nuevas generaciones de latinoamericanos. “Vemos una caída de las matrículas, y un incremento de la deserción escolar y del desempleo juvenil, que podría alcanzar al 30% de esa población”, advierte.

- De repente, las aulas virtuales han aparecido en todo el itinerario educativo: ¿cómo observa usted ese fenómeno que ha estudiado tanto?

- La pandemia generó el cierre de las instituciones y un vuelco hacia las mediaciones tecnológicas. Esto ha acontecido en la primera fase de lo que yo llamo la educación de emergencia, y ha demostrado las enormes limitaciones que tienen los hogares en términos de conectividad y de equipamiento; los enormes déficits de capacitación de los docentes, y la enorme dificultad de cambiar de esquemas de un día para el otro, lo que ha superado la capacidad de trabajo de todos los involucrados. Era prácticamente imposible llevar adelante esto en tan corto tiempo, con tanta velocidad y en todos los niveles educativos. Esa situación aumentó el abandono de la educación entre los jóvenes; acrecentó las debilidades institucionales, y dio como resultado la producción de aprendizajes muy desiguales o insatisfactorios.

- ¿Cuál es la coyuntura de las universidades?

-No puede hablarse de educación a distancia en los ámbitos básicos y medios, sí un poco más en el caso de la educación superior, cuya prestación ya ascendía al 15% en la región antes de la pandemia. Algunas universidades, como la Católica de Salta y la Siglo XXI en la Argentina, ya tenían modelos especializados con recursos, capacitaciones y pedagogía específicos, de modo que fue menos impactante. El resto de las instituciones disponían de algunos desarrollos y hubo regulaciones que les permitió expandirlos. Pero no hay una educación a distancia, sino una de emergencia desigual y desequilibrada, que tiene más potencia en la universidad. Vemos que algunos países, como Uruguay y Colombia, están regresando a la educación presencial mientras acometen una reingeniería descomunal para pasar a la educación a distancia, primero en las asignaturas teóricas o teorizantes. Todo lo que tiene que ver con las competencias o la práctica todavía está rezagado, y aquí surge otra debilidad: la prevalencia de las teorías sobre las competencias. Pero, en definitiva, lo que se ve en la región es la caída de las matrículas y el abandono de los sistemas educativos en un contexto de creciente desempleo juvenil como nunca habíamos visto en América Latina: esa situación podría alcanzar al 30% de esa población.

- ¿Se habrá aprendido la lección o entrevé una nueva inercia hacia el aula convencional cuando afloje la crisis sanitaria?

- El avance de la educación virtual es algo continuo y permanente en el mundo. En América Latina existe un nivel inferior de desarrollo: eso se manifiesta en las posibilidades menores de hacer teletrabajo; en el producto bruto de los sectores de los medios de comunicación y de las telecomunicaciones, y en las matrículas de los programas de educación a distancia, además de reflejarse en el acceso a los derechos al ancho de banda, a la conectividad, etcétera. Los niveles son inferiores en general, pero hay diferencias: Brasil, Colombia y México están más adelantados, y en casi todas partes está aumentando la digitalización de la mano de la flexibilización normativa. Sin ninguna duda no llegaremos al 100% de educación virtual en ninguno de los niveles, pero veremos progresos en el sector público y el ingreso hacia un esquema educativo híbrido diseñado a propósito de la pandemia, con aulas con menos estudiantes y más distanciamiento, y laboratorios sin saturación. En algunos casos será muy difícil establecer esta selectividad, como en las universidades públicas argentinas. Pero la educación virtual no es esto que tenemos: es un error creer que sí, cuando, insisto, lo que hay es una educación de emergencia con componentes digitales, que carece de la complejidad y sofisticación que precisa aquel ámbito.

- Uno de los mitos relativos a la educación a distancia es que carece de la calidad y de las oportunidades que brinda el “cara a cara” y el estar juntos en un mismo ambiente físico. ¿Qué le sugiere este prejuicio?

- Eso era correcto antes de la educación digital. La educación a distancia nació como una alternativa de menor calidad para sectores de ingresos y capital cultural módicos, pero esto ha ido cambiando significativamente con el desarrollo de la digitalización y la virtualidad. Todavía puede discutirse si el disco de pasta es mejor que el disco digital, pero el segundo no se raya. La estadística latinoamericana muestra que no hay diferencias significativas, pero sí hay diferencias entre los estudiantes. Claramente se ve que la educación digital genera mayores competencias y resultados. De modo que tenemos un mito urbano y una realidad estadística que lo desmiente. Y esto tiene que ver con el diseño y con la dinámica del avance tecnológico. Hoy hay numerosas herramientas e inclusive, vamos a tener simuladores cada vez mejores. Es indudable que el que dispone de un simulador financiero aprende más que el que no. Hay un debate ideológico del “yo creo”, pero la ciencia muestra los beneficios de la digitalización en la educación. La presencial es más simple y la virtual, más compleja. La primera sólo depende del programa y del profesor, mientras que la segunda está sometida a variables abundantes supeditadas a las plataformas y a la tecnología.

- ¿Esto también es válido para las carreras de las ciencias de la salud, que requieren una experimentación con cuerpos?

- El mundo va hacia el teletrabajo. Cada vez más el médico necesita de las máquinas para interactuar y diagnosticar, y hasta para hacer cirugías. En las facultades de Medicina más potentes y sólidas ya no existen cadáveres: existen simuladores. Y no tocan pacientes sino aparatos. Y aunque cueste entenderlo, es más preciso un robot que la mano humana para ciertas operaciones. El ejercicio profesional ha cambiado y requiere una formación para eso. Sólo el 1% de los trabajos son “teletrabajables” en América Latina: en Luxemburgo, el 15% de la población económicamente activa teletrabaja. Y el incremento de esos porcentajes depende de la formación digital. Hay enormes cambios, pero no hay que confundirlos con las vivencias. Uno puede tener toda la información sobre París, pero, si no ha ido a París, no conoce París. Esto es lo que se llama la vivencia, y sin duda que el aprendizaje la necesita y por eso se está trabajando mucho en la realidad aumentada. La creación de la vivencia es necesaria, aunque dudo que lleguemos a una matrix donde sea imposible distinguir la realidad de la ficción, aunque, por cierto, esto forma parte de una gran polémica.

- Las pantallas y las máquinas nos facilitan la vida, pero también pareciera que acrecientan la soledad, el ensimismamiento y la insensibilidad...

-Es correcto. Todos estamos en la pandemia necesitados de salir, de ver a nuestra gente y de abrazarnos. El aprendizaje requiere de interacciones sociales y probablemente para algunas edades es más necesario aún. La pregunta es si determinadas competencias pueden adquirirse por medios digitales. Por ejemplo, las vivencias éticas: trabajo colaborativo y en equipo; la solidaridad; el respeto al prójimo y el reconocimiento de las diferencias. Las religiones llevan miles de años tratando de crear estas aptitudes y ninguna lo ha logrado: nadie puede afirmar que entre budistas no habrá asesinatos ni que un mafioso no pueda ser un buen católico. Esta es otra discusión: puedes saber determinadas cosas a partir de la educación, pero eso no quiere decir que te humanizaste. Yo discrepo un poco respecto de las exigencias que se le agregan a la educación, que tiene que enseñar sobre las adicciones; los accidentes de tránsito; el mundo de la sexualidad… son tantas cosas, que obviamente no puede realizarlas. La educación no puede dar todo. Sin duda que la vivencia y la posibilidad de comparar hacen mejores aprendizajes. Pero los datos revelan que entre la educación a distancia y la presencial no hay diferencias significativas en este punto.

- En la Argentina se habla mucho del deterioro del título universitario como un papel habilitante para algo…

-Estamos en un proceso de relativo deterioro de las certificaciones a escala mundial como consecuencia de la masificación de la educación superior. Que haya tantos licenciados resta valor al título de licenciado. Además, ocurre que aumentó el volumen de conocimientos y se necesitan posgrados. Veo un incremento de los estudios, pero, también, debilidades en la medición y los controles de la calidad. En América Latina, las universidades entregan títulos habilitantes y no meras certificaciones académicas: no hay exámenes profesionales como en otros países. Los tres elementos inciden en esa percepción de desvalorización de la educación superior: la masificación, el aumento de los estudios y el déficit de mecanismos de aseguramiento de la calidad de los profesionales.

- ¿Qué aconseja hacer para controlar lo que sucede fuera de las pantallas en un aula virtual y para impedir el fenómeno del alumno-zombi?

- Ese zombi también está en la clase presencial. Es el alumno que juega con el celular y que está en su planeta sin prestar atención. La atención precisa más que dos orejas abiertas: es una predisposición a aprender. Hay muchísimos mecanismos de verificación y de evaluación de la autenticidad. No importa si están sentados en la primera fila y ponen cara de inteligentes, sino que aprendan. Estamos cambiando el paradigma de “culo-silla”, con el perdón de la palabra, por el del aprendizaje real.

Comentarios