“Aprendió a coser un botón”.
“Ahora sabe mandar un mail, y se dio cuenta de que la tecnología sirve para algo más que para jugar”.
“Se hace el desayuno solo y, si tiene hambre, sabe cocinarse”.
“Participa en las tareas de la casa: lava los platos, ordena su dormitorio y pone el lavarropas”.
¿Han probado hacer un listado de las cosas que sus hijos aprendieron a hacer en estos casi tres meses que llevamos encerrados desde que comenzó el aislamiento social y preventivo? Carolina Ovadilla (35 años, mamá de tres chicos, de 11, nueve y cuatro años) se llevó una grata sorpresa. Le costó darse cuenta, ver el lado bueno de la cuarentena. Pero hoy lo celebra. No fue para nada un tiempo perdido. Los niños ganaron mucho, sostiene. Y, con ellos, las familias. Ahora, el desafío será sostener esos hábitos positivos.
El balance de Carolina es muy amplio: “mis hijos entendieron, por fin, la importancia de aprender para ellos, y no para rendir una prueba solamente. Entre todos aprendimos mucho sobre aplicaciones digitales, el rol y la importancia de la maestra, lo positivo de ser ordenados y de tener rutinas puntuales, pero también lo fabuloso de hacerte creativo y flexible en cualquier situación”.
Tiempo de sobra
Este siglo XXI nos caracteriza por la frase “no tengo tiempo”. En la era de la hiperactividad, un virus ínfimo y al mismo tiempo muy poderoso como el covid-19 vino a arrasar con nuestra normalidad. De repente había demasiado tiempo disponible. Ya no teníamos que salir corriendo de un lado a otro para cumplir con la cargadísima agenda de los chicos: del colegio al club, a la clase de idiomas, a la academia de baile, al docente particular.
Ganaron autonomía
“En un contexto de agendas cargadas de actividades extraescolares, mis hijos han recuperado tiempo para jugar, pintar, leer, dormir y ver una película… o aburrirse. Tal vez no hayan aprendido mucho sobre lengua y matemáticas, pero sí hemos aprendido todos a valorar más el tiempo en familia y también extrañamos los paseos al aire libre; nos dimos cuenta de lo importantes que son”, reflexiona Florencia Casas, de 41 años, mamá de dos niños de siete y de 10 años. Está feliz de haber dejado de ser “chofer” de sus hijos en estas semanas. “Estuvo bueno ponerle un freno a nuestra vida acelerada”, evalúa.
Otra de las revelaciones de este confinamiento es que muchos hijos se han vuelto capaces de resolver sus propias necesidades (hacerse una merienda o un almuerzo, ordenar su habitación) y de ayudar en las tareas domésticas (barrer, lavar los platos). “Estuvimos sin empleada y yo haciendo home office… No les quedó más opción que aprender a cocinarse”, cuenta Casas. “Los míos ahora ponen la mesa por turnos. Aprendieron a sacar la ropa del lavarropas, pasarla por el secarropa y colgarla. Tienden su cama, ordenan y barren la casa”, cuenta, orgullosa, Helena Fortino, mamá de dos varones y una nena.
“Todo lo que aprendieron en este período de aislamiento es positivo porque lograron una cierta autonomía y esto les permite adquirir la seguridad y confianza de poder desempeñarse en sus propias necesidades”, resalta la psicóloga Cecilia López.
¿Cómo hacer para no pierdan esta autonomía que lograron? “Hay que seguir pidiéndoles que hagan cosas y valorar lo que realizan, más allá de si está bien o mal. Con los adolescentes también; no hay que suponer que porque son más grandes ya saben lo que deben hacer”, sugiere.
Nuevas capacidades
La pandemia está dejando marcas de todo tipo de emociones e incertidumbres. Paradójicamente, esta situación está sirviendo para descubrir capacidades de nuestros hijos y de toda la familia que vale la pena conservar, afirma la psicóloga infantil Cecilia López. Así las enumera la especialista:
1. La capacidad de aburrirse y así poder despertar la creatividad: inventar juegos o sacar los viejos entretenimientos que teníamos guardados.
2. La capacidad de disfrute de las pequeñas cosas. Aprender que no necesariamente necesitamos todo lo material, tener que salir de compras para divertirnos, por ejemplo. Podemos pasarla bien viendo una película o cocinando algo todos juntos, y de paso así muchos chicos conocieron cómo se prepara un alimento.
3. Que muchos adultos nos quedáramos en casa nos obligó a tener que hacer cosas con los chicos y eso nos hizo conectarnos de nuevo con nuestro niño interior, reírnos y disfrutar.
4. Para el niño fue muy importante, además, el mayor sentimiento de pertenencia a su familia. Eso ayudó a elevar su autoestima.
5. Desarrollamos también la capacidad de valorar más el presente sin pensar en el mañana. Obviamente preocupados por todo lo que sucede, pero dándole mucha importancia al aquí y al ahora, a cómo poner lo mejor de uno en este día para estar bien.
6. La capacidad de extrañar, de amar y valorar más a las personas que queremos y que no pudieron estar cerca, como los abuelos, tíos y primos. Registrar el valor de un abrazo y del contacto.









