Entre desafíos de la oposición, la banca de Alperovich

07 Jun 2020 Por Juan Manuel Asis

El peronismo hoy puede darse un lujo político que la oposición aún no: pensar en 2023, en la sucesión y en la continuidad. Con tres años de anticipación y en plena pandemia, dirigentes y militantes del PJ han mostrado sus armas y han desnudado ambiciones, tanto manzuristas como jaldistas. Son contrincantes en estado de tensión y conminados a soportarse. La oposición, en cambio, es un conjunto de individualidades, una expresión desorganizada como polo de poder que no inició todavía el camino de imaginarse para dentro de tres años. Está lejos de ese proceso, tanto que ni empezó a acomodarse para encarar los comicios del año próximo, cuando se renueven las bancas de senadores y de diputados.

Para esa batalla, entre chisporroteos y síntomas de desconfianza, el oficialismo se obliga a realizar gestos de unidad, no sólo para garantizar la gobernabilidad y la tranquilidad de la tropa, sino para evitar que desde el poder central (albertismo, cristinismo, kirchnerismo, o como se llame, o bien todo eso junto) les tiren de las orejas para imponerles candidatos. Ocurriría si no se ponen de acuerdo porque están tramando y pensando más en las provinciales del 23 que en ofrendar una victoria intermedia al Gobierno nacional. Para el Frente de Todos es vital salir bien parado de ese plebiscito, necesita a todos juntos en las provincias, unidos detrás de una estrategia nacional. Manzur y Jaldo, aunque han agrietado su sociedad y se miran de reojo, tendrán que aguantarse y consensuar los nombres de las listas de diputados y senadores, aunque saben que algún apellido les será impuesto por la fuerza y con la bendición nacional.

La oposición tucumana, por su lado, no está fracturada, más bien está fragmentada y dispersa, ocupando espacios de poder como intendencias y bancas legislativas, pero no es una expresión consolidada tras un propósito común, no conformó una mesa política local porque Juntos por el Cambio se construyó para el tiempo electoral del año pasado, y sirvió sólo para eso, no se mantuvo como espacio de poder detrás una estructura de conducción. Se manifiesta en iniciativas personales, no hubo voluntad de grupo. Son sólo apellidos, graficó un referente capitalino de ese núcleo. O sostenida por esos apellidos. Una franja de la sociedad necesita sentirse representada por ese espacio opositor: están los protagonistas, falta construir la obra que los seduzca. En parte, para ello incide negativamente que haya partidos intervenidos en esa agrupación.

Cuando se instale la “nueva normalidad”, con sus dramas sociales y económicos a cuestas, el reto será mayúsculo para la oposición: deberá acomodarse en la crisis y tratar de fortalecerse para dar pelea en 16 meses, en las elecciones de medio término. En ese momento el oficialismo soportará la presión y la vigilancia verticalizada del Gobierno nacional.

Sin embargo, todas las fuerzas que se asociaban en Juntos por el Cambio deberán aguardar que ocurran un par de situaciones para acomodarse en paralelo al justicialismo: primero, que la fuerza que conforman la UCR, el PRO y la Coalición Cívica continúe unida a nivel nacional; segundo, que en el plano local no haya choques de intereses personales y políticos entre la dirigencia que estuvo en el mismo carro electoral en 2019. Obsérvese que Beatriz Ávila, del PJS, no está en Juntos por el Cambio en la Cámara de Diputados, sino en el bloque Unidad Federal. A aquellos aspectos debería agregarse también que a los dirigentes locales no les incomode la posible presión o injerencia nacional en la constitución de las nóminas, como sucediera el año pasado. Heridas quedaron. O sea, que no haya un desbande que concluya en la aparición de varias listas de candidatos, lo que causaría extensas sonrisas, principalmente en el PJ y luego en Fuerza Republicana.

Precisamente, en el Gobierno nacional apuestan a que las tensiones internas del ex Cambiemos favorezcan el estallido final del macrismo. A la luz de esa especulación, para dividir y reinar, debe entenderse la posible eliminación de las PASO, que sólo sirven para decantar y reducir la oferta opositora, ya que en esas elecciones las fuerzas que no reúnen el mínimo del 1,5% de los votos totales no pasan a la segunda vuelta. Sin las primarias abiertas todos los partidos quedarían habilitados para jugar directamente en la final. Ergo: más dispersión política, más boletas y mayor oferta opositora. Si la UCR o el PRO se divorcian le estarían haciendo el juego al oficialismo -que demostró que son capaces de taparse las narices y abrazarse cuando se trata de acceder al poder-, más todavía si desaparecen las PASO.

En ese marco es que resulta significativo lo que hizo Juntos por el Cambio en el Congreso para demostrar que siguen unidos para confrontar al Gobierno. Fue un suceso que colateralmente puede derivar en el posible alejamiento definitivo de José Alperovich de su banca senatorial o bien en su reintegro inmediato, como ya veremos. Ocurrió esta semana en el Senado, donde el bloque oficialista no pudo reunir los dos tercios de los votos para que se tratara la ley de alquileres: consiguió 42 votos cuando necesitaba una mayoría especial, mientras que la oposición reunió 29, 25 de ellos de Juntos por el Cambio. En estado de éxtasis festejaron la derrota que le infligieron al oficialismo por sus implicancias externas e internas. Porque dejaron trascender que en modo unidad están en condiciones de frenar la designación de Daniel Rafecas como procurador general de la Nación que es impulsada por el Gobierno. Rafecas es el juez federal que desestimó la denuncia del fiscal Alberto Nisman contra Cristina Fernández por supuesto encubrimiento de Irán en el atentado a la AMIA.

Referentes locales del radicalismo, que mantienen contactos permanentes por videollamadas con Mario Negri y con la dirigencia de la UCR, sostienen que con esta movida dejaron en claro que no van a imponerles nada por la fuerza. Fue una notable jugada para mostrar cohesión y unidad de propósitos, y también para torcerle el brazo a Cristina; un gustito para deleitarse ante tremenda actora política. Sin embargo, indirectamente, la votación blanqueó también quiénes son los congresistas a los que el oficialismo debe convencer cuando llegue el momento de votar a Rafecas.

Y por esas cosas de la política, también entreabrió la puerta para la llegada a la Cámara Alta de Jorge Gassenbauer. Puede ocurrir en caso de que haya complicaciones a la hora de sumar voluntades para garantizar que el magistrado alcance la procuración, especialmente si necesitan que todos los propios estén sentados en sus bancas. El reglamento del Senado indica que la licencia acordada a un senador caduca con la presencia de este en el recinto. O sea, pueden reintegrar a la fuerza a Alperovich si los números se ponen finitos o bien podrían pedirle que se baje de la Cámara. Si se pone difícil para concretar sus intenciones, tal vez la ex presidenta no dude en exigir la renuncia de Alperovich y en colocar al primer suplente de la lista de senadores de 2015. En este caso sería el amigo y brazo derecho del senador: Gassenbauer. Si el ex ministro de Seguridad no acepta, una camporista se abriría paso: María del Tránsito Urueña Russo, la segunda suplente. La dirigente integra la conducción de Podemos, partido que en Tucumán fue parte de la coalición Hacemos Tucumán que impulsó a Alperovich como candidato a gobernador en 2019.

La designación de Rafecas es un capricho de Cristina, que no querrá ni soportará que la oposición entorpezca sus deseos con una maniobra como con la ley de alquileres. Habrá que seguir con atención este proceso institucional porque podría adelantar una definición en torno del futuro político de Alperovich, si es que el Frente de Todos quiere sí o sí lograr tal nombramiento. En política todo se canjea.

Con aquella acción, la dirigencia de Juntos por el Cambio mostró que la unidad es posible y a la vez puso en evidencia que también observa las elecciones que vienen. Cabe analizar si este gesto bastará para impedir una diáspora y convencer a la oposición tucumana que debe llegar unida a los comicios. Son varias las organizaciones que componen el espacio: Partido de la Justicia Social, UCR, PRO, Libres del Sur, Democracia Cristiana y Movimiento Popular y Federal. Cada una con sus referentes ocupando espacios políticos, con intereses y necesidades diversas según el nivel de responsabilidad institucional alcanzado.

Alfaro juega su partido, gestiona en la pandemia como Manzur, y a ambos los une la aflicción por contar con recursos para el pago de los sueldos. El jefe municipal debe mantener una comprensiva relación institucional con el Ejecutivo, abandonando las diferencias políticas durante la crisis sanitaria; el resto tiene las manos libres para arrojarle piedras a Manzur. Pero es la falta de una mesa coordinadora que unifique las acciones entre los miembros de Juntos por el Cambio la que revela que cada uno tiene su propia hoja de ruta a la hora de priorizar sus intereses. Por ejemplo, algo mínimo, desde la UCR y desde el PRO emitieron sendos documentos críticos denunciando la violencia institucional en la provincia. En el Senado se juntaron para mostrar unidad en la acción para arrodillar al cristinismo, mientras que en Tucumán no suscriben ni la misma idea. Los radicales tucumanos se sumaron a una nota de Alfredo Cornejo, presidente de la UCR, cuestionando el asesinato de Luis Espinoza a manos de policías. Entre otros lo firmaron “Lucho” Argañaráz, Ascárate y Elías de Pérez. Desde el PRO también condenaron los graves hechos a raíz de la muerte del obrero rural con las firmas de Claudio Avruj y de Santiago Hardie, este último por la estructura local.

Ambos partidos, UCR y PRO, se hayan intervenidos, sucesos extraordinarios que ocurrieron cuando iban a llevarse a cabos los comicios de renovación de sus cuadros partidarios, justo antes de las elecciones provinciales. Trámites que deberían encararse una vez que muera el coronavirus, como instancia previa al posible armado de una coalición opositora para la elección del año entrante. Escaso tiempo para pensar en internas desgastantes: o salen listas internas de consenso o siguen las intervenciones para facilitar posteriores acuerdos electorales.

La oposición local tiene varios desafíos de cara a lo que se viene: no fracturarse y seguir aliados y encontrar a la persona o al binomio que lidere ese espacio para el 2021. Ese bastón de mando no tiene dueño. O sea, alguien surgido del PJS o de la UCR, o de ambos. Después de como arriben al proceso electoral y de los resultados finales, podrán pensar en 2023.

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