El futuro ya no es lo que era

Por Walter Gallardo, periodista. Especial desde Madrid.

06 Junio 2020

De pronto, un rayo de lucidez nos hace entender que hay ocasiones en que el individuo, inesperadamente, acaba perdido en el más sinuoso de los laberintos: el desierto. A eso se parece el punto al que nos ha trasladado un virus, el territorio desde donde sólo el esfuerzo y la solidaridad del conjunto podrá rescatarnos. La primera persona del plural cobra en estos días nuevo sentido.

El historiador británico Tony Judt, fundamentando la naturaleza del llamado “Estado de Bienestar” (Welfare State), decía que una persona puede por sí sola construir un sendero en su jardín, pero no una autopista hasta la ciudad más próxima. Tampoco puede construir una línea ferroviaria o una red de oficinas de correos. Alguien debe hacerlo por el bien común y ahí está el Estado. El aporte de una sociedad entera. “Ni siquiera los más altruistas pueden actuar solos”, subrayaba Judt. Traslademos esa idea a la Salud, a la Educación, a la Justicia o a la protección del medio ambiente y comprobaremos que se trata de una verdad simple, aunque no siempre reconocida en primera instancia. Asumiendo ese criterio, ya no suena tan contradictorio que un país liberal como Estados Unidos decida distribuir 36 millones (sí, 36 millones) de subsidios de desempleo o que otorgue incentivos económicos y financieros sin precedentes para mantener el corazón del país latiendo; o que la Unión Europea, en representación de 27 países, disponga de un paquete de medidas que benefician a particulares y a empresas de todos los tamaños y sectores por un total de 540.000 millones de euros.

Hoy en España, desde donde escribo, se está percibiendo una salida a la peste y el panorama es de mayor optimismo. Y vamos aprendiendo sobre la marcha y a la fuerza algunas cosas: el individualismo de hace unas semanas tiene ahora un carácter remoto, según van bajando las aguas del gran diluvio y se cuentan los muertos por miles. No podemos hacer casi nada como una pieza desprendida del engranaje, eso está claro, salvo brindar nuestra contribución personal a un todo. Han cambiado momentáneamente roles y prioridades: como una revelación descubrimos que un empleado de supermercado, un médico o un policía son imprescindibles, aunque casi habíamos olvidado que sin ellos no se puede vivir civilizadamente.

Del mismo modo, la lección también nos dice que la pandemia es ciega. Atacó a famosos futbolistas, a la mujer del presidente del gobierno español, a un vecino de aquí a la vuelta, al príncipe Carlos de Inglaterra o al primer ministro del Reino Unido. Boris Johnson, aún en estado de shock al ser dado de alta y refiriéndose al curso de su suerte, dijo: “podría haber ido de una manera o de otra” (“It could have gone either way”) Él, que encabezó el Brexit, una corriente claramente antiinmigrante, acabó agradeciendo en un mensaje televisado a un enfermero portugués y a una enfermera neozelandesa por seguir en este mundo. Vueltas de la vida, se suele decir.

Pero después de los balances más inmediatos, hechos con la sensibilidad a flor de piel, lo que empieza a inquietar es el futuro. De allí, el título de esta nota que hace honor a la famosa frase pronunciada a finales de los años 30, con marcado pesimismo, por el poeta Paul Valéry: “El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es más lo que era” (“Le problème de notre temps, c’est que le futur n’est plus ce qu’il a été”).

¿Cómo proyectar una idea del porvenir a partir de esta crisis? Muchas cosas cambiarán, se presume, pero por ahora cualquier pronóstico es un ejercicio mental con pocos elementos prácticos.

Las redes sociales, en particular, han difundido en estos días una serie de reflexiones a través de textos, audios y videos imaginando la enseñanza que nos dejará la pandemia. Y en todas ellas casi se llega a la conclusión dudosa de que seremos mejores. Pero hay que apelar a la memoria para constatar que el ser humano tropieza muchas veces con el mismo obstáculo. Para muestra, sólo hace falta recordar las dos grandes guerras del siglo veinte: la primera dejó 16 millones de muertos y casi dos décadas después se iniciaba la segunda con un balance final de 55 millones de bajas y, en medio de esta última, se creaban infiernos humanos en la Tierra como Auschwitz-Birkenau o Mauthausen-Gusen. “Pensad que esto ha sucedido”, decía el escritor Primo Levi, un superviviente de los Lagers, en su libro “Si esto es un hombre”, pero años después las nuevas generaciones desconfiaban de la historia misma y, por lo tanto, de que hubiera ocurrido lo ocurrido. Suena perverso tener que probar la autenticidad de una verdad dolorosa. ¿Tendremos que hacerlo en unos años con esta peste escalofriante y sus consecuencias?

Mientras tanto, vamos identificando a los héroes y villanos propios de los tiempos extremos. Empiezo por los últimos, sólo para dar la buena noticia al final. Allí están algunos políticos tenebrosos buscando réditos en medio de la muerte, algunos pugnando por que su nombre vaya impreso en el cheque de ayuda al desvalido o recomendando tomar desinfectante; los creadores de noticias falsas en las redes, mintiendo a conciencia y maliciosamente, generando expectativas a los más cándidos, o los que a cierta hora aplauden a los sanitarios pero, como ha ocurrido en París o en Madrid, al mismo tiempo piden -sin ver contradicción en esto- que la vecina enfermera abandone el edificio porque temen que traiga el virus con ella.

Afortunadamente, los buenos ejemplos abundan. Desde personas que trabajan como voluntarias para organizaciones como la Cruz Roja hasta quienes transportan mercancías hasta las ciudades para que nadie se quede sin ningún tipo de suministro, pasando por asistentes que siguen cuidando de nuestros mayores en residencias donde este virus ha causado ya estragos.

Pero, entre todos ellos, por una cuestión de sensibilidad personal, elegiría a un héroe impensado: el capitán Tom Moore, un ciudadano británico de 100 años de edad. Un día de abril, este anciano decidió iniciar unas caminatas en unos jardines vecinales, al fondo de su casa, apoyándose en un andador, con el propósito de reunir la modesta suma de 1.000 libras para el NHS, el sistema de salud pública de su país y colaborar de algún modo en esta crisis. En pocos días, ante el asombro del mundo entero y de él mismo en primer lugar, acabó recaudando 30 millones, aplaudido por sus compatriotas, con los últimos tramos de su peculiar carrera transmitida en directo por los canales de televisión. Un pequeño gesto, una gran proeza.

Indudablemente, ha llegado el tiempo de pensar más hondo y mejor según nos aconseja la realidad. Sin embargo, nunca será tarde para medir el tamaño de nuestra especie frente al universo y asimilar nuestra condición de mortales. Desde la experiencia actual, esperemos llegar a ser lo medianamente sensatos como para comprender que el futuro, en esencia, está hecho de un pasado, es decir, de lo que hagamos en este presente.

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