Dejó la pobreza en Haití y ahora estudia Medicina en Tucumán

Loveken Cilyen, que llegó a la Argentina desde el país más pobre de América, busca salir adelante.

24 May 2020 Por Hernán Miranda
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CONTENTO. Loveken asegura que casi no sufre discriminación aquí: “son muy pocas las personas que me han tratado mal por mi color de piel”. la gaceta / foto de Inés Quinteros Orio

En las calles de Puerto Príncipe se mezclan los edificios coloniales, el calor pegajoso, el bullicio de los mercados caribeños, los precarios y coloridos asentamientos de las laderas abruptas, el dulce olor de las frutas tropicales, los sucios y doloridos pies descalzos de los niños haitianos. Corre el año 94 y en esa ciudad nacen la más indigente de las democracias americanas y un bebé al que su madre, Marie Jonise Brunache, bautiza con el nombre de Loveken Twiene Cilyen. Como casi todos sus compatriotas, el pequeño Loveken tiene la piel negra y el pelo rizado de los descendientes de esclavos africanos; pero a diferencia de la mayoría de los haitianos, él aprenderá a leer y escribir, completará la escuela y asistirá a la universidad.

Más de dos décadas después de aquel 1994, Loveken, ahora inmigrante en la Argentina, atestigua que su país todavía no ofrece muchas más posibilidades de las que había en la época de las dictaduras y los golpes de Estado. “La vida en Haití es muy difícil -chapurrea en español, tantea en un diccionario mental donde se traspapelan el francés y el criollo haitiano-: casi no hay trabajo, la gente se las arregla para no morirse de hambre. Mi mamá era cocinera y con lo poco que ganaba pudo pagarnos la escuela a mi hermanita y a mí, pero se murió de cáncer a los 43 años, cuando yo tenía 16 y me faltaban dos años para completar los estudios”.

A su papá casi no lo conoce: era mujeriego, tuvo otros hijos, nunca le dio atención. Así que Loveken y su hermana menor, Barbara, se quedaron solos cuando Marie Jonise falleció. Aunque él tuvo entonces algo de suerte: como era buen alumno, la directora del colegio se apiadó y se hizo cargo de su matrícula. Ocurre que recibir una mínima educación es un enorme privilegio en Haití: allí uno de cada dos adultos es analfabeto, el 76% de la población vive con menos de dos dólares diarios y la mayoría de las escuelas aplica aranceles prohibitivos para casi todas las familias, según Human Rights Watch.

De Haití a la Argentina

Cuando terminó el colegio, Loveken trabajó durante un tiempo de dependiente de farmacia en Puerto Príncipe, pero su sueño era ir a la universidad. “Años después de la muerte de mi mamá, reflexioné sobre su enfermedad y empecé a ver las cosas de otro modo. Me puse a pensar que lo mejor que podía hacer en la vida era ser doctor y ayudar a la gente que se enferma como ella se enfermó. Así que al final averigüé dónde podía estudiar gratis, junté la plata para el pasaje y llegué a Argentina”, relata Loveken. Ahora sus labios carnosos y sus dientes muy blancos conforman una sonrisa ancha y franca.

A Mateo Martínez, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán, lo alegra recibir a alumnos con historias como esta. “Ver o vivir el sometimiento y la exclusión son sin duda experiencias que pueden hacer nacer la vocación de médico -explica-. La palabra ‘vocación’ viene del latín ‘vocare’, que significa ‘sentirse llamado a’. Yo creo que los buenos médicos deben sentirse llamados a ayudar a los demás, porque la medicina es a la vez arte y ciencia. La facultad puede formar en la ciencia, pero el arte lo da la experiencia de vida”.

Para Loveken no fue un problema empezar Medicina a los 24 años, edad en que muchos estudiantes ya están por recibirse. El examen de ingreso le pareció complicado, pero no tanto, y observa que mucho más difícil que esa prueba resulta la experiencia de estudiar al tiempo que trabaja para mantenerse aquí y enviarle dinero a su hermana, que todavía está en Haití. Desde que llegó a Tucumán, él vive de lo que gana como repartidor de una aplicación de delivery. Antes había estado en Salta, donde lo acogieron los religiosos de la Fundación En-Hacore, una comunidad evangélica. “El hermano Loveken vendía licuados en una feria, pero no le alcanzaba para el alquiler -recuerda Pablo González, de En-Hacore-. Así que lo invitamos a nuestra casa y se quedó varios meses como cocinero. Es un chico muy respetuoso”.

Además de repartidor y estudiante de Medicina, Loveken es músico. Y, de hecho, de lo que más le gusta hablar es de su canal de YouTube, adonde sube canciones de música electrónica. Cuenta que se dejó su piano en Salta. Ese instrumento y su hermana son todo lo que necesita, y todo lo que le falta, para sentirse completo en Tucumán.

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