Todo es historia: el "Mocho" Palou, aquel gladiador de corazón gigante

Por su carisma y generosidad, el de Natación fue uno de los tipos más queridos de nuestro rugby.

18 May 2020 Por Federico Espósito
1

RECUERDOS. A lo largo de su carrera, Gabriel Palou cosechó grandes éxitos y amistades.

No existe un índice específico para medir el valor de una persona. Sin embargo, es posible hacerse una idea bastante aproximada a través de un buen parámetro residual: el vacío que deja cuando ya no está. Y el que quedó tras la partida de Gabriel Palou, hace ya 18 años, fue y sigue siendo enorme. La noche del sábado 9 de marzo de 2002 puede inscribirse entre las más tristes no sólo para Natación sino para el rugby de Tucumán, sin distinción de camisetas. No fue una dura derrota de la Naranja (de hecho, había mediado una aplastante victoria sobre Córdoba), sino la pérdida terrenal de un gran amigo para muchos, y un emblema para todos.

Pero eso fue sólo el final de un capítulo, no de la historia. Porque el verdadero final, la verdadera muerte, es el olvido. Y así como están los que se marchitan en vida porque ya nadie los recuerda, están los que siguen viviendo mucho después de su desaparición física. Es el caso del “Mocho”. Más allá del lugar de honor que le corresponde en la galería histórica de la URT por sus virtudes y sus conquistas como jugador y entrenador, Palou forma parte de un grupo todavía más importante: el de los tipos más queridos de la historia del rugby tucumano. Y eso, el cariño y el respeto de propios y extraños, vale más que una pared llena de trofeos y medallas.

Que también la tiene, por cierto: con Natación, club al que llegó en 1968, fue abriéndose camino y demostrando sus grandes cualidades como jugador (primero como medio scrum, años después como tercera línea), lo que le valió ser elegido como “Jugador Revelación” por la URT en 1974, cuando tenía 17 años. Un año más tarde, tendría su debut con la Naranja, camiseta que llegaría a vestir durante 13 años y con la que celebraría dos títulos argentinos (1985 y 1987, los primeros de Tucumán). Su gran acto final fue el empate 18-18 contra Francia en cancha de Atlético, de la que se retiró llevado en andas con el brazo en alto, vitoreado como el gladiador que era. La despedida fue sólo un “hasta pronto”, ya que volvería como entrenador para seguir ganando: junto con Nicolás Rizzo y Juan Carlos López, guió al seleccionado a otras dos coronas argentinas (92 y 93). Al mando de su club, Natación, lograría cortar una larga sequía con el bicampeonato anual 1995/1996, y la conquista del torneo de Clubes Campeones en 1997. Y a todo eso cabe agregarle el CAP, la máxima distinción que otorga la URT.

Esto sólo a modo de resumen; se sabe que lo más importante que se gana en el rugby son amigos. Y en eso, el “Mocho” fue un ganador en todas las canchas.

Generosidad y visión

La figura de Palou guarda varias similitudes con la de Héctor Cabrera, otro de los emblemas del rugby tucumano: desde la tercera línea, fue un líder nato en su club y en el seleccionado. De esos que contagian al resto. Sin embargo, también al igual que el “Gallo”, se fue demasiado pronto. Apenas 44 años tenía cuando su vida se interrumpió a causa de una afección coronaria. Sí, justo el corazón, lo más grande que tenía Palou.

“Yo no sé si a los hijos les habrá quedado alguna camiseta de él, porque en el camino a su casa las regalaba. Hasta esas con las que había jugado partidos internacionales o ganado campeonatos. Si a veces llegaba en boxer a su casa, porque regalaba todo. Camisas, camperas, jogging, lo que sea. Tenía un corazón enorme. Se cansó de dar manos a amigos y a amigos o familiares de amigos. Ese era su sello”, lo define Julio Coria, que lo cargara sobre sus hombros en aquella despedida ante Francia.

La de Lucas Ferro fue otra de las muchas y grandes amistades que trabó en otros clubes. “Lo conocí cuando fuimos llamados al seleccionado. Primero fuimos compañeros y después fue mi entrenador. Era una persona que sobresalía porque no sólo era un gran jugador: era un líder, muy carismático y generoso. Siempre atento con los compañeros, siempre positivo, intentando dar una mano. Y así lo fue hasta sus últimos días. Por eso lo querían todos. Tipos como él, el ‘Gallo’ o el ‘Pescao’ (Marcelo Ricci) reforzaban lo que era un seleccionado muy fuerte de cabeza”, describe el de Lawn Tennis.

Casado con Patricia Fernández Posse, y padre de Juan Bautista, Gabriel y Josefina, Palou se desempeñó fuera de la cancha como ingeniero químico. “Era un genio en todo: en su trabajo, formando grupos, resolviendo problemas. No sé si hay palabras para dimensionarlo. Yo empecé a jugar al rugby de grande, y estar con él era como tomar clases aceleradas. Formaba parte de una generación que tenía una visión diferente. Eran visionarios, en el sentido que se adelantaban a lo que iba a venir”, explica Coria. “Por ejemplo, en su momento, el ‘Mocho’ ya buscaba una salida de pelota más rápida, y a nosotros nos costaba muchísimo adecuarnos a ese tipo de juego, que el rugby que se juega hoy. Por eso digo que tenía una amplitud de cabeza tremenda. Para mí fue un privilegio haber compartido una era con él”, destaca el histórico pilar de Natación y de los Naranjas.

Jugar al rugby es el mejor homenaje posible para el “Mocho”, y por eso anualmente Natación celebra el torneo que lleva su nombre. Sin embargo, es el recuerdo de sus historias lo que lo mantiene tan vivo, a casi 20 años de su partida.

Esta nota fue anteriormente contenido exclusivo, sólo accesible para suscriptores.

 

Comentarios