Blanes y Testa: testimonios de las pestes

17 May 2020

Por Ricardo de Titto

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

El pintor uruguayo Juan Manuel Blanes (1830 1901), realizó una patética pintura sobre la epidemia. Jorge López Anaya (1936-2010) en Arte en Argentina comenta que: “En diciembre de 1871 expuso en el foyer del antiguo Teatro Colón de Buenos Aires su tela Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, que evoca la tragedia que cobró cerca de 14.000 vidas en Buenos Aires, y sembró el terror en los barrios del sur. La escena, pintada poco tiempo después de los hechos, representa el momento en que los doctores Roque Pérez y Manuel Argerich, presidente y vocal, respectivamente, de la Comisión Popular para la lucha contra la fiebre (ambos muertos víctimas del morbo), ingresan en una habitación de un conventillo. Se ven sus figuras recortadas por un dramático contraluz producido por la puerta abierta. Una mujer joven yace muerta en el suelo en medio de un gran desorden, mientras un párvulo pugna por alimentarse de su pecho. Completan la escena un muchacho descalzo que se rasca un pie con el otro y un hombre yacente en un camastro con un baúl debajo de él. Afuera de la habitación, en la acera, apenas visibles, hay dos extraños personajes con una botella puesta en el suelo, junto a un cajón. Todo en la alcoba es viejo, desgastado, pobre. El episodio parece haber ocurrido en la realidad, el 17 de marzo de 1871, en un conventillo de la calle Balcarce”.

El suceso de la pintura de Blanes fue notable. El médico y escritor Eduardo Wilde, apuntó: ‘Cuando vi el cuadro me pareció mirar un espejo en el cual se reflejaba un grupo de personas y de objetos. En ese momento la idea del ‘relieve’ me invadió, y todo el tiempo que estuve mirando la escena no pude deshacer la ilusión de mi cerebro, por más que me restregaba los ojos. Blanes ha tenido una feliz inspiración al colocar la luz detrás de los personajes de su cuadro. Esta disposición favorece admirablemente el relieve, que es la cualidad predominante en esa composición, verdadera obra maestra desde ese punto de vista’.

La repercusión de la obra excedió todo cálculo: “Durante algunos días, la población desbordada rodeó el cuadro como una marea hirviente y rumorosa”.

El crítico e historiador del arte precisa que “a Juan M. Blanes corresponde la honra de haber sido el precursor de los pintores de historia en las márgenes del Plata” logrando “infundir confianza a nuestros gobiernos, quienes le encomendaron en diversas ocasiones la ejecución de obras importantes”. Así fue como Blanes caracterizado por su fidelidad a la escena, a los personajes, a las vestimentas, a la reconstrucción histórica, a la teatralidad de los gestos se convirtió en el favorito de la intelectualidad argentina de la época: entre sus admiradores se cuentan Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Domingo Faustino Sarmiento, Eduardo Wilde, y Justiniano Carranza.

Cien años después el destacado arquitecto y artista plástico nacido en Italia pero que realizó su carrera en la Argentina Clorindo Testa (1923-2013), retomó el tema de la peste negra en una comentada muestra realizada en Buenos Aires en tiempos de la dictadura militar. A propósito, el mismo López Anaya comenta: “En 1978 (ya había expuesto La peste en la ciudad, 1977) realizó La peste en Ceppaloni, una de sus más importantes obras sobre los grandes flagelos. La instalación es un conjunto de escenas sucesivas y discontinuas en las que relató el drama de la peste bubónica –conocida como la “peste negra”, que entre los siglos XVI y XVII asoló a los pueblos del valle Caudino, entre los que estaba Ceppaloni, en la provincia de Benevento, donde Testa nació. “En su narración utilizó fotocopias, dibujos y pasteles, algunos de grandes dimensiones, para representar los planos de la ciudad, el castillo aragonés construido sobre una fortaleza romana con plantas y cortes, el retrato de Massaniello, líder revolucionario que fue decapitado, y muchas otras escenas y personajes”. Todavía en 1979 Testa expuso unos tendederos de ropa donde los sobrevivientes colgaban sus ropas lavadas, sin lograr borrar el “rastro-rostro” de la peste. El flagelo se había quedado en el pueblo. Más exactamente, estaba en todos los pueblos; según parece decir Testa ahora está en todas partes. No parece casual que Testa, un hombre de fe democrática, hiciera estas muestras en época de dictadura. “Con estas series –acota el crítico- Testa actúa como un historiador gráfico, sin embargo, siempre habla de alguna cosa diferente de la que parece decir. La peste en Ceppaloni es más que el relato de una antigua historia, se trata de un discurso recurrente: el desarrollo tecnológico que más que liberar al hombre lo llevó a peores condiciones de vida, la contaminación del ambiente y otras situaciones traumáticas similares”. Retomando la significativa obra de Blanes, el arquitecto realizó también su La fiebre amarilla en Buenos Aires, 1871 (1992) Testa en el que, de modo evidente, “invirtió el referente a través de una violenta oposición de valores para intervenir con su mirada en la actualidad. Esta es una instalación integrada por camillas de rústicas maderas sobre las que rollos de papel simulan cadáveres envueltos en sábanas. Hacia el final del siglo XX, desaparecida la concepción del progreso mesiánico, la ciudad -parece señalar- aún se debate en un laberinto: ¿avance o retroceso frente a las consecuencias devastadoras que la ciencia y la tecnología tienen sobre la propia naturaleza?”. Blanes y Testa, dos testimonios de época.

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Ricardo de Titto – Historiador.

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