A partir de lácteos tranqueños, creó su marca de yogur griego

De inspiración mediterránea, el emprendimiento de una ingeniera zootecnista sortea las dificultades para crecer.

23 Abr 2020 Por Juan Martín de Chazal
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CREADORA. Mariana Marcilla cuenta que su negocio comenzó como un hobby y que hoy constituye una de sus principales fuentes de ingresos. fotos GENTILEZA MARIANA MARCILLA

Una granja italiana y una tradicional receta helena aportaron la inspiración. La cuenca lechera de Trancas, por su parte, proporcionó la materia prima. De esa variedad de orígenes nació “Kalimera”, un emprendimiento tucumano que se dedica a la producción y comercialización de yogur griego artesanal.

La idea surgió hace más de tres años, cuando Mariana Marcilla y una amiga compartían, con un mate de por medio, sus experiencias de viajes pasados. Al día de hoy, esta ingeniera zootecnista de 31 años dirige su propio negocio, cuyo producto de venta es elaborado casi en su totalidad a partir de insumos de proveniencia local.

“Luego de que me recibí, me fui a trabajar en una granja de Italia que elabora diversos lácteos. Ahí supe que quería dedicar mi profesión a la industria lechera”, rememora la emprendedora al explicar los orígenes del proyecto. Y continúa: “una amiga había viajado a Grecia y quería replicar aquí los yogures de allá. Sin saber qué saldría, formamos esto que terminó resultando bastante bien”.

En la actualidad, Marcilla es la única directora de la pequeña empresa. Aquello que comenzó como un hobby -dice- hoy constituye su principal fuente de ingresos y emplea a un par de personas más. “Trabajo medio día y durante las tardes me dedico de lleno a esto. Es un proceso muy largo pero funciona. Justo me mudé antes de la cuarentena y tengo un lugar específico destinado a la producción de los yogures”, puntualiza.

Los efectos de la cuarentena

También antes de que se decretara el aislamiento obligatorio, la profesional había contratado a una joven de Trancas para que la ayudara con el proceso de elaboración. Ocurre que Marcilla -relata- estableció relaciones comerciales con los productores de la cuenca lechera luego de trabajar en un tambo. Así, los lácteos que dan origen a su yogur griego provienen, en su totalidad, del departamento del norte provincial.

A pesar de que la producción de alimentos siempre estuvo entre las excepciones de la cuarentena, las complicaciones para circular por las rutas hicieron que “Kalimera” deba cerrar sus puertas durante una quincena. “Viajo una vez por semana a Trancas a traer los bidones de leche que luego freezo. Cuando comenzó todo esto (el confinamiento), no tenía casi nada almacenado y tuve que parar la actividad. No sabía cómo hacer para seguir”, señala la ingeniera.

Recién la semana pasada, Marcilla pudo obtener el permiso oficial para circular y proveerse nuevamente de su materia prima. “Ahora se va normalizando la actividad. En Trancas obtuve la leche sin problemas porque los tambos nunca descansan. Pase lo que pase, haya una pandemia o sea Navidad, a las vacas se las ordeña”, indica.

LA “FÁBRICA”. Marcilla produce los yogures en un local específico que destinó en su domicilio.

Luego de los percances, la comercialización de los yogures artesanales continuó y, de hecho, su demanda parece haber aumentado. “Yo ya había incorporado un cadete propio para los envíos. Los hacía dos veces a la semana y ahora es todos los días”, afirma Marcilla, con cierto alivio en su voz. Además, los clientes pueden retirar los pedidos en la “fábrica artesanal”, ubicada en su domicilio del barrio La Ciudadela. “El delivery se convirtió en una herramienta vital para que el negocio pueda subsistir”, analiza.

Por la cuarentena, su anhelo de abrir una yogurtería propia con atención al público deberá esperar un poco más. “Ahora todos debemos acomodarnos. La idea es ampliar las ventas por envío tanto a particulares como a dietéticas”, sostiene.

Las características del producto

Una vez adquiridos los bidones de leche, Marcilla se encarga de todo el proceso productivo, que va desde la pasteurización hasta el envasado de los yogures griegos. “Comencé con las ollas de mi mamá, un anafe industrial y una heladera que compré usada. Hoy tengo varios freezer, un mesón y otros elementos indispensables propios”, compara en retrospectiva.

Para adquirir su distintiva cremosidad, la materia prima que se convertirá en el yogur debe pasar por un proceso de filtrado en donde se deshidrata. “Todo tiene origen tucumano, excepto los fermentos que son importados de Italia y traídos desde Buenos Aires”, especifica la joven.

Como todo yogur, los que produce Marcilla contienen cultivos de bacterias que son beneficiosas para la salud -ayudan a suprimir el crecimiento de microorganismos dañinos y contribuyen a restablecer la microflora intestinal-. En otras palabras, se trata de un alimento que refuerza el sistema inmune.

“Nuestro producto no contiene conservantes, espesantes ni azúcares añadidas. Es una gran fuente de proteínas, varias vitaminas, calcio y fósforo”, enumera la emprendedora al promocionar su producto artesanal en las redes sociales.

El emprendimiento -debe su nombre a la palabra griega que significa “buenos días”- también busca ser amigable con el medio ambiente. “Uso unos frascos de vidrio especiales que conservan el yogur hasta 30 días. Tenemos ‘ecoclientes’ que los devuelven, ya que son reutilizables, y obtienen así un pequeño descuento”, asegura Marcilla.

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