Pareceres: en Madrid hoy es domingo, y mañana también

13 Abril 2020

Walter Gallardo

ESPECIAL, DESDE MADRID

Desde hace tres semanas, en Madrid todos los días son domingos, como en aquel relato de Mario Benedetti. El tiempo tiene una naturaleza perezosa, inclinada hacia la tristeza, y las calles no sólo están vacías sino también desoladas. Las temperaturas son aún las de un invierno benévolo, aunque hay una presunción de primavera en el perfume del aire y en los árboles que van vistiéndose poco a poco.

La cuarentena ha cambiado los hábitos y, por lo tanto, desde un principio se asume que casi nada que incluya salir de las casas está permitido. La rutina a primera hora de la mañana consiste en constatar que nos sentimos bien al poner los pies fuera de la cama, en mirarnos en el espejo con el alivio de no tener ningún síntoma de la peste y, minutos después, en intentar, una vez más, tolerar esta pesadilla que nos somete a una realidad despiadadamente sincera.

A las 11.30 de cada día, un grupo de responsables de distintas áreas del gobierno y de las fuerzas de seguridad aparece con rostros graves frente a las cámaras de televisión y nos cuentan en detalle la tragedia: cantidad de infectados, de enfermos en las Unidades de Cuidados Intensivos, de fallecidos y de personas que han podido vencer al virus. Las cifras son claras, pero incomprensibles. Aturden los sentidos.

Poco después es el momento de trabajar desde el sofá, aunque cuesta encontrar el ritmo de un día en la oficina o en la calle. Tampoco se le parece. Se extraña la sonrisa cómplice de algún compañero diciéndonos que es hora de tomar un café, las bromas cuando pierde el equipo de fútbol de uno o de otro, el rumor de los teclados, la sonrisa de despedida al final de la jornada y el prometedor regreso a casa. En definitiva, se extraña la convivencia, ese rasgo esencial de nuestra especie. Todo aquello que nos hace humanos.

En este confinamiento, las ventanas son una distracción y también una invitación a las preguntas, de esas que golpean con sus respuestas o simplemente no las tienen. Lo natural de hace quince días, empieza ahora a llamar la atención: alguien que apura el paso para entrar en una carnicería o esa vecina que pasea el perro (¿o es al revés?) mientras habla por el celular. Pequeñas coartadas para salir a la calle.

Hay pocos entretenimientos que alivien la pesadumbre y el agobio del encierro: revisitamos libros que habían descansado un largo tiempo en la biblioteca, nos enviamos mensajes de aliento y también de humor entre los conocidos y amigos, añoramos aquella bicicleta fija que hemos regalado y que ahora tanto nos serviría para hacer algo de ejercicio y, como un plan secreto, pensamos en ir al supermercado, aunque sea también un campo minado y quizás demasiado peligroso. También escuchamos música, porque con esta desgracia se ha producido el milagro de que disponemos de voluntad de escuchar. Sin embargo, pronto descubrimos que la música puede ser un arma de doble filo: nos traslada a zonas resbaladizas de nuestra sensibilidad hoy en carne viva. Las tardes están compuestas de horas largas, como en las salas de espera. Un amigo me ha comentado que duerme mucho, más de lo normal. “Quizás porque no tengo ganas de estar despierto”, reflexionó con una sinceridad aplastante. Al fin, cuando llega la noche, se espera a que el reloj dé las 8. Las luces de los departamentos se encienden y se abren las ventanas. Todos se asoman y, como el rugido de una tormenta imprevista, se desencadena un aplauso que estremece la ciudad. Una manera de decir “gracias” a quienes cuidan de nuestra salud, un gesto ahora común en muchos lugares del mundo. Este es el único acto social del día, al que le sigue un silencio pensativo, algo pesimista. Las luces vuelven a menguar y se adivina que la gente ya empieza a recogerse en sus laberintos otra vez.

Según pasan las horas y se repiten los domingos, desespera pensar que esto es ahora la normalidad con posibles prórrogas. El miedo que acompaña a la epidemia nos trae también incertidumbre. Sabemos por las noticias, por ejemplo, que están en peligro más de un millón de puestos de trabajo en toda España y nadie es ajeno a que se vienen años duros. Al “mundo líquido”, inestable, como opuesto al “sólido” y previsible del que hablaba Zygmunt Bauman se anticipa la llegada de un nuevo desorden global. Y el empleo, unos de los bienes más escasos y precarios de estos tiempos, como centro de esa tormenta. Pero hay entre todas las normas de comportamiento que inflige esta crisis una que nos llena de impotencia y tal vez sea duradera: la distancia que el virus nos impone entre seres queridos. Es inconcebible que de la noche a la mañana debamos prohibirnos los abrazos y los besos, incluso una sonrisa a menos de dos metros. De pronto, el afecto sólo se debe expresar con la mirada. Cualquier otra manifestación supondría un riesgo. Celebramos un cumpleaños o enviamos caricias desde lejos o por videollamada a nuestros familiares, sobre todo a los mayores que ahora están más aislados y en peligro. La vida se ha convertido en un acto virtual y el cuerpo empieza a percibir esta dolorosa carencia de calor humano.

A la hora de ir a la cama, todas son preguntas. En el intento de eludirlas, anoche me acerqué a un libro que he leído muchas veces en distintas ediciones, incluso en una de la primera tirada que conseguí por una maravillosa casualidad: “Cien años de soledad”, de García Márquez. Y al abrir una página al azar, me encontré con aquel personaje que inicia la estirpe: José Arcadio Buendía, ya afectado por una crisis de lucidez o de locura (ambas cosas se parecen en los personajes de esta novela) “¿Qué día es hoy?”, le pregunta a Aureliano y éste le contesta que era martes. “Eso mismo pensaba yo”, dijo José Arcadio Buendía. “Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes”. Y ese fue el germen de esta corta semblanza, porque aquí en Madrid, hoy es domingo otra vez y lo seguirá siendo mañana.

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