El final de la epidemia de 1887

La Quinta Agronómica funcionó como cementerio: allí yacen miles de tucumanos enterrados

03 Abr 2020 Por Sebastián Rosso

El vibrio Cholereae, “el viajero del Ganges” como lo llamaban en el XIX, dejó huellas profundas en la sociedad tucumana. Trajo lecciones de higiene y dejó historias trágicas, como las que ya contamos. No faltó el humor negro. Un empresario fúnebre, de apropiado apellido Terribile, le propuso a la Asistencia Pública poner a su disposición equipos de enterradores, a 10 pesos por cadáver, siempre que se le asegure una entrega de veinte muertos por día. Si vemos algunos números, la humorada se quedaba corta. El 5 de enero se habían contado 43 decesos en el día. El ápex pudo haber sido un poco antes, el 29 de diciembre, cuando se registraron 140 muertos. Diciembre había sido fatal.

Quienes se habían hecho cargo del traslado de los cuerpos al cementerio fueron los miembros de la Cruz Roja. Llevados en carros, sin acompañamiento alguno, al faltar féretros los cadáveres iban sólo envueltos en sábanas. Se cavaba un pozo de tres metros y se cubría las mortajas con cal. Fueron tantos que se habilitó un nuevo cementerio en la Quinta del Colegio Nacional. Tal el nombre de lo que hoy es la Quinta Agronómica. O sea, yacen miles de muertos bajo esas aulas universitarias.

PARTE SUPERIOR DE LA PORTADA DEL DIARIO EL ORDEN. En la primera plana de la edición del 2 de marzo de 1887, en la columna izquierda, se publicó el informe del doctor Bruland.

Ya, para mediados de febrero, los casos eran pocos. Estaba llegando el fin de la epidemia. La más devastadora. Dejó un total de 3.511 muertos en una población de 170.000 personas. En Buenos Aires se había llegado “apenas” a 820 muertes, entre noviembre y febrero.

Durante los meses siguientes se entregaron reconocimientos a los protagonistas más arrojados. A los voluntarios italianos se les dio una medalla de oro. Eran Enrico Pilliza, Bartolino Sommacal, Domenico Sarno, Riccardo Figarolli, Vericenzo Vijaccia, Raffaele de Decristoforo, Giovanni Crosta, Antonio Debenedetti, Michele Nicolini y Giovani Puccini. Este último murió colérico, en pleno deber. También la Sociedad Protectora de Huérfanos y Desvalidos dio una medalla. Fue entregada el 9 de Julio de 1887. El suceso de Los Sarmiento terminó con la cárcel para los asesinos.

La epidemia dio letra a un par de trabajos científicos y una tesis para doctorarse en Medicina, ese mismo año: Diego García escribió “El cólera. Estudio preparado sobre observaciones recogidas en Tucumán en la última epidemia”. Benjamín Aráoz, dirigiría la serie de informes que se tituló “El cólera en las Provincias del Norte”. Víctor Bruland escribió un informe publicado en El Orden del 3 de marzo. Se titula “Informe del Director de la Asistencia Pública, sobre la epidemia de cólera que ha reinado a fin del año 86 y principios del 87 en Tucumán”.

La situación financiera, también se hizo sentir. “La completa paralización comercial” preocupaba de tal modo que se pedía flexibilidad en el manejo de las deudas. “Estamos amenazados con una crisis general, si los bancos no proceden con la discreción y cordura impuestas por las circunstancias supremas por las que atravesamos”, son frases de “El cólera y los bancos”, publicada en El Orden del 7 de enero.

A lo largo de aquellos negros días, se pudo leer también la preocupación por el estado en que había quedado el segmento más pobre de la sociedad. García escribía en su tesis: “la población (de Tucumán) puede dividirse en dos clases: la primera, clase social que tiene buenas condiciones de vida, y la segunda, que no vive del mismo modo. Ahora bien, son muy contadas las víctimas que se ha hecho el cólera en la primera clase, mientras en la segunda se ha cobrado atrozmente. Esta diferencia depende de que la clase proletaria, en su mayor parte, vive allí en pésimas condiciones higiénicas”.

El año iba a conducir a la provincia, demasiado pronto, a la normalidad. Lo haría con una revolución. En junio, Lídoro Quinteros ocupó el Gobierno entrando a los tiros al Cabildo y a la Catedral. En medio de la revuelta, se atacó al diario que consultamos, El Orden, en nombre de que era oficialista. Una turba “empasteló” la línea tipográfica, con lo que quedaba inutilizado el armado del periódico y se quemaron las bobinas de papel. Como si hiciera falta luego del desastre sanitario de principios de años, el suceso dejó 40 muertos. A los tiros, jugándose mezquinas tajadas de poder, como si nada hubiera ocurrido, de nuevo la historia se acomodaba de una manera impúdica para dar protagonismo a las reyertas de unos pocos.

EL 12 DE JUNIO DE 1887. Luego de la caída del gobierno de Posse, una multitud se congrega en la esquina de San Martín y Laprida para aclamar a Lídoro Quinteros.

Hoy sufrimos los primeros casos de este flagelo anunciado: el coronavirus o, en su forma más científica, covid-19. Vivimos esta situación inédita de saber “en directo” y “en nuestra propia pantalla” cómo se acerca la plaga. No de Rosario a Córdoba, sino de Wuhan a Italia. Nos acostumbramos a hacer cuarentenas globales y a trabajar desde nuestras casas, en una vida donde las calles están vedadas. Y se pide que nos acostumbremos a no tocarnos ¡Cuán diferentes parecen estos relatos del siglo XIX!

HISTORIA ACUÑADA. Medalla entregada por la Sociedad Protectora de Huérfanos y Desvalidos, el 9 de Julio de 1887.

Todo es por un tiempo nomás, nos decimos. Pero con la sensación de que el temor no sólo se va extender durante algunas semanas más, sino que -como dice el escritor Alessandro Baricco- nos encontremos ante el ensayo general de una situación que vamos a ver a repetirse en los próximos 50 años. Por ahora, algo es seguro: ninguna epidemia mató tantas personas como la de 1887.

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