La epidemia de 1887: el remedio de la solidaridad - LA GACETA Tucumán

La epidemia de 1887: el remedio de la solidaridad

La comunidad italiana residente en Tucumán fue una de las que más activas se mostró en las tareas de atención de los enfermos.

02 Abr 2020 Por Sebastián Rosso

La falta de cuidado en la higiene fue un factor determinante en la diseminación del cólera. En medio de la epidemia, el médico practicante García constató una cantidad creciente de casos que afectaba a las poblaciones azucareras de la banda oriental del río Salí y del sur de la provincia. Al recorrer los márgenes de agua, río arriba, se encontró con que se había formado un basural con gran cantidad de desperdicios de los lazaretos de la ciudad. Un verdadero foco infeccioso que contaminaba las aguas. Se tomaron rápidas medidas para desalojar la basura y se logró que no volvieran a arrojarse detritos en ese lugar, pero “el mal ya estaba hecho y el cólera hizo muchas víctimas aguas abajo”. Los propietarios de los ingenios Lastenia y San Vicente, Etchecopar y Medina, comenzaron a obligar a los peones a tomar agua previamente hervida en las calderas. Con el paso de los días, esta medida hizo bajar el número de infectados en la zona.

ESCENA EN UN INGENIO AZUCARERO. Corrían gran peligro las poblaciones de obreros por su hacinamiento y precarias condiciones de vida.

El “sálvese quien pueda” no ganó. Al menos, no en todos los casos. La solidaridad y el trabajo en colaboración también se hicieron presentes. “Rasgos heroicos, actos de sublime abnegación y de verdadera caridad cristiana hemos presenciado en Tucumán durante los tristes días por los que atravesamos”, comentaba El Orden del 5 enero. “Hay personas, y no pocas, que se han multiplicado para hacer el bien”, ocupando “el primer puesto del peligro, ya dando remedios, ya auxiliando con los consuelos de la religión en sus últimos momentos”.

Obreros del Ingenio Luján, hacia fines de siglo XIX. Entre la población de los ingenios azucareros del este y sur de la provincia cundió la muerte.

Gran parte de sus nombres quedaron en el olvido, pero otros pasaron a la historia. Fue el caso de los llamados “Voluntarios italianos”. Un grupo de integrantes de la muy numerosa comunidad peninsular que se destacó por su entrega. Cuando arreciaba la enfermedad, el comerciante Camilo Sona organizó un grupo para ayudar a curar enfermos y enterrar muertos. Otra italiana, la hermana María Matilde, de las hermanas del Huerto, murió en pleno trabajo solidario “cuando se ofreció generosamente a socorrer a los apestados”.

Caso emblemático fue el de los miembros de la Cruz Roja: Ponssa, Carreras, Pizarro y Cuello, quienes recorrían la ciudad buscando enfermos abandonados y tratando de encontrarles un lugar donde ser atendidos. José Ponssa luego escribiría unas memorias fundamentales para recordar el horror de aquellos días. En este grupo, los voluntarios Eugenio Gómez del Junco y Benjamín López, estudiante de medicina, encontraron la muerte.

Autorización de la Cruz Roja a José Ponssa para que reciba los donativos destinados a los afectados por la enfermedad.

Otra, aunque no menos dramática, era la situación de los menores. “Entre las desgracias que nos deja con carácter más duradero, figura acaso en primera línea esa cantidad de huérfanos que quedan ahí en no pequeño número (…) desde luego hay que vestir y alimentar a todos esos pobrecillos abandonados” (El Orden, 5 enero). El estado y el número de niños abandonados era desesperante. Fue el momento en que Elmina Paz de Gallo, viuda del prominente federal Napoleón Gallo, se abocó a recoger y alimentar a los niños huérfanos, que iba dejando la epidemia. Con el mismo espíritu, el 31 de diciembre del 86 se constituyó la “Sociedad Protectora de Huérfanos y Desvalidos”.

Elmina Paz de Gallo, la viuda de un prestigioso político federal, se dedicó los días de la peste a recoger huérfanos de la calle y a brindarles cobijo y bienestar.

Lejos, en Buenos Aires, el Gobierno Nacional formó la Comisión Nacional de Auxilios contra el Cólera. Se mandó dinero y se enviaron profesionales médicos. Con los días llegaron también medicamentos y se ordenó abrir por la fuerza pública el depósito de la “Botica del Pueblo”, de Luis Costa, quien había huido de la plaga, dejando cerrado el establecimiento. El Gobierno organizó “comisiones clasificadoras” encargadas de comprar o conseguir carne para entregarla a la población sumida en el hambre y la enfermedad.

Los telegramas publicados en El Orden del 18 de enero nos dan una idea del panorama que se vivía en toda la provincia, aún cuando ya había pasado lo más espantoso de la epidemia. Todos están dirigidos a la gobernación de Tucumán: “Monteros, enero 16 -Un caso de cólera y numerosos gastroenteritis de carácter grave. Reitero mi súplica por conseguir carne y arroz para los pobres; Simoca, enero 17 –Acabo de llegar a ésta con el practicante Casarino. Hay numerosos casos denunciados de cólera. Desde anteanoche ocurrieron seis defunciones sin asistencia médica; Monteagudo, enero 17 –Sigue siempre la epidemia, hoy cinco casos nuevos, los mas de ellos graves. Pido Dr Santillán. Solicite seis catres de lona; Bella Vista, enero 17 –El cadáver a que se refiere fue sacado inmediatamente de llegar a mi noticia y enterrado a dos metros de profundidad y lejos de la estación; La Cocha, enero 17 –En dos días anteriores ningún caso ni defunciones. En los momentos, un atacado de cólera en Naranjo Esquina. Mando llamarlo”.

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