El voluntariado de un grupo de jóvenes le da pelea al abandono en las márgenes del Salí

23 Feb 2020 Por Franco Vera
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DESCONSOLADA. “La señora del limón” no sabe qué edad tiene ni tampoco tiene documento. Llora porque el temporal la dejó sin vivienda y debió internar a su hija embarazada. Ahora, no sabe si ella volverá / FOTO DE FRANCO VERA DESCONSOLADA. “La señora del limón” no sabe qué edad tiene ni tampoco tiene documento. Llora porque el temporal la dejó sin vivienda y debió internar

Son 70 cuadras. Hacia el este. Esa es la distancia que separa la Estatua de la Libertad, creada por Lola Mora y emplazada frente a la Casa de Gobierno, de los troncos y las sombras donde descansaron San Martín, Guemes, Belgrano y las tropas del Ejercito del Norte. Ahí, donde descendientes de comunidades originarias de Los Nunes, provenientes de los Lules y los Tocones, más un grupo de criollos, ayudaban a pasar tropas, materiales y armamento, ayudados por sogas, lazos y mulas nadadoras, por el cauce del histórico Río Grande, actualmente llamado Salí.

Son datos históricos contados en voz alta por los vecinos de las viejas vías del ferrocarril, que llegó como un susto de rieles en 1891 y se volvió sinónimo de prosperidad.

A PICAR. Las y los jóvenes de “La 90 Moncho Cuevas” no les dan tregua a cebollas ni pimientos.

Hoy, esas venas  de hierros están rodeadas por corrales con animales desnutridos, alguna que otra ladrillera y un porcentaje importante de la personas en estado de indigencia y de abandono.

El húmedo e intenso febrero marca 30 grados centígrados en las aplicaciones  de los celulares cuando Claudia, una niña de 7 años, se refresca en su pileta improvisada. Está hecho con lo que alguna vez fue un grisáceo tanque de agua, de 500 litros, cortado a la mitad. Tiene conectada una manguera reciclada del basural que es el patio delantero de su paupérrima morada. Ella, junto con sus cuatro hermanos y su madre, son parte de los 70.000 habitantes de Alderetes, sumando las localidades de El Corte y Los Gutiérrez, del departamento de Cruz Alta.

“ASÍ SE DICE EN ALDERETES”. Las “almóndigas” que acompañarán el arroz primavera.

La ciudad lleva ese nombre en consonancia con los hermanos José María y Miguel Alderetes, que fundaron la primera fonda, allá por 1820. Una posta obligada para los viajeros que, a lomo de burros, mulas y caballos, transitaban los duros caminos comerciales, paraban para comer de las ollas de barro un guiso con carne, y aprovechaban para alimentar a sus animales y cargar provisiones.

Hasta Papá Noel anduvo...

José, de 55 años, vive en la vera del ex río histórico, en una casa construida con palo, caña, plástico, chapa y cartón. Hace unos meses, le dio asilo a “El Parce” un joven colombiano, la pareja de él y sus dos bravos hijos. Él saluda con un beso y un “gracias” a las y los jóvenes voluntarios. “Ya llegaron mis amigos de La 90 Moncho Cuevas”, exclama, en referencia a un grupo diverso en edades: entre 12 y 30 años. Cargan en cajones de madera las viandas con comida que entregan una vez por semana desde el jueves 24 de octubre del 2019, recuerda una de las integrantes. “Ya con esta son 16 rondas seguidas de almuerzos. Para la Navidad hasta Papá Noel nos acompañó”, recuerda ella. Esa vez fue su compañero “Perriqui” quien “transpiró dentro del disfraz del barbudo con los colores santos, llevando juguetes y zapatillas”, precisa.

LA INDIGENCIA. Una voluntaria se ocupa de que los chicos puedan comer.

Los alimentos repartidos son  cocinados comunitariamente en la plaza Islas Malvinas, del barrio San Jorge, justo al frente de la casa donde vivía “El Moncho” Franco Maximiliano Cuevas, quien antes de su partida sembró el espíritu de la autogestión, al que ellos llaman “la Lucha Social del corazón”.

Esa plaza, que hace unos meses parecía abandonada, hoy es punto de encuentro de vecinos que acercan sus donaciones desde temprano. Entre rondas de mates, alguna lágrima rueda al recordar al gran amigo del barrio que caminaba y era querido por donde transitaba. Lágrimas de tristeza que se contrabandean entre las que provocan las encimas de los siete kilos de cebolla cortada para el arroz primavera con “almóndigas”.

“Así se dice acá en Alderetes”, establece Janine a los gritos. Ella y Matias son los primeros en encender el fuego para el disco, que empieza a pedir calor. Más calor.

EL “PATIO”. El basura a cielo abierto es parte de la cotidianidad de quienes viven al lado del río Salí.

Suman al equipo una olla de 20 litros, un improvisado anafe con garrafa dentro de un brasero que “manguearon” a algún vecino con tiempo para escucharlos y corazón para colaborarles.

Es común que por la plaza donde se practica boxeo, basquet y fútbol infantil (a la vez que se recibe una comida en el merendero) se vea transitar a jugadores, técnicos, músicos, murgueros y alguna que otra personalidad del ambiente cultural de San Miguel de Tucumán. Y están también los vecinos como Claudio, que se acerca en una moto con una bolsa con viandas descartables, de color negro, en las que repartirán la comida.

EL REPARTO. Un vecino recibe la única comida sólida de la semana.

Terminada la faena en la cocina comunitaria, los voluntarios salen en grupos a los barrios San Cayetano, Alderetes, La Vía y el asentamiento al lado del río Salí.

Frente a la ladrillera, los 10 integrantes de la familia de Mateo, de dos años, esperan juntos por la que será su única comida sólida. Vendrá acompañada por un abrazo y un mimo. Luego, en ronda familiar, compartirán las tres viandas que les tocaron (de las 150 que reparten los chicos y las chicas de “La 90 Moncho Cuevas”) con los vecinos que siempre triplican la cantidad de porciones.

CONTENTOS. La pobreza está llena de niños.

“Acá les dejamos tres viandas cargadas, bastante pan... Hoy hay bastante”, confirma Nicolás luego de sacar la mano de la bolsa con seis kilos de pan en rodajas.

“Ropita pa’las criaturas”

Cruzan la ruta y van a la casa de la “señora del limón”, conocida así por sus vecinos ya que no saben su nombre ni su edad. Ella ni siquiera recuerda su fecha de nacimiento y sus documentos no existen. Para alimentar a su hija y a sus nietas vende limón, que logra recolectar en alguna finca cercana, con el guiño de algún capataz.

CONTENTOS. La pobreza está llena de niños.

El último temporal volteó su vivienda de plástico, por lo que tuvo que internar a su hija embarazada en el hospital y hoy duda que pueda regresar. El desconsuelo le brota igual que las enfermedades a los niños y las niñas del asentamiento. La “señora del limón” se despide rogando por medicamentos, zapatillas y “ropita pa’la criaturas”.

La tarea llega a su fin cuando a la vera de la ruta provincial 304 el sol empieza  enrojecer el cielo,las y los integrantes de “La 90 Moncho Cuevas”, fervientes “hinchas del Ciruja”, se abrazan en una ronda apretada y sueltan una arenga cargada de entusiasmos, tristeza y una que otra puteda.

Un jueves más y una ronda más. Del barrio, para el barrio.

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