Verdades públicas y verdades privadas

20 Feb 2020 Por Indalecio Francisco Sanchez
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Los argentinos son una manga de ladrones, del primero a último. Jorge Batlle, ex presidente de Uruguay, lanzó la frase sin notar que una cámara de TV estaba encendida. Fue a mediados de 2002 y provocó una controversia de dimensiones tales que se configuró en conflicto diplomático. Batlle tiró la piedra, pero no escondió la mano, a contramano de lo que sucede con protagonistas de este tipo de gaffes, que con el escudo del “son cosas propias de la política” evitan explicar al público por qué solamente en privado revelan lo que en realidad piensan.

Battle viajó a Buenos Aires, se reunió con el entonces presidente Eduardo Duhalde y se disculpó, entre lágrimas: “no me cuesta pedirle disculpas a usted y al pueblo argentino”.

En el juego de verdades para los discursos y otras para la “mesa chica” está el recuerdo de la frase que se le atribuye a Carlos Menem: si hubiera dicho lo que iba a hacer no me votaba nadie. El propio Mauricio Macri dijo casi lo mismo ante empresarios, en julio de 2016: soy realmente muy optimista. Si yo les decía a ustedes hace un año lo que iba a hacer y todo esto que está sucediendo, seguramente iban a votar mayoritariamente por encerrarme en el manicomio. Y ahora soy el Presidente.

Sus partidarios casi desfallecen ante ese sincericidio, porque los códigos de “la política” enseñan que, cual monarquía, al pueblo se le debe pan y circo. No la revelación impúdica de las tramas del poder que configuran la democracia. Eso no se hace...

Ello, justamente, hizo el gobernador, Juan Manzur. Pero fue “sin querer queriendo”, como Batlle. Un micrófono quedó abierto y se escuchó que le casi ordenó a la ministra de Seguridad de la Nación, Sabina Frederic: tenés que poner a alguien que escuche y luego hacemos lo que nosotros queremos. Todo en el marco de la reunión del Consejo de Seguridad Interior, que se expuso ante los medios como federal, participativo e inclusivo con los representantes de la oposición. Una cosa en privado, otra en público.

Manzur rompió ese “código de la política” y por ello lo cuestionaron. No por dejar en evidencia que en realidad no se persigue ningún consenso, sino convencer a todos que se busca hacerlo. Tampoco por lo poco democrático de su expresión. Sí porque no fue precavido y dejó en evidencia que existe una elite dominante que maneja el Estado a su antojo.

El gobernador no pidió disculpas ni lloró en cámaras como el uruguayo. Simplemente dijo que lo sacaron de contexto. Sus palabras abrieron varios interrogantes, además de correr el velo para gran parte de la sociedad sobre cómo se hace y maneja la política (para el “ambiente” el infortunio del micrófono abierto es algo nimio).

Por un lado, llama a la reflexión sobre quién o cómo es realmente el mandatario. ¿Es el diplomático y sonriente gestor que dialoga con todo el mundo y se muestra respetuoso de partidarios y ajenos? ¿O es el de la frase privada? Hay charlas íntimas que nunca se harán públicas, en la política y en la vida misma, y está bien que así sea. Pero no que los hombres públicos digan que efectuarán una política de Estado, pero realicen -o al menos anhelen realizar- otra. Aunque se naturalice con que son “cosas de la política”.

Por otra parte, las palabras que Manzur hubiese querido que sean privadas dan cuenta de otra cosa: el mandatario tucumano es poderoso. No cualquier gobernador ni muchos menos funcionario de poca influencia se habría atrevido a sugerir con tremenda naturalidad y firmeza algo como lo que él le susurró a la ministra. Cada vez queda más claro que, pese a algunos tapones kirchneristas, Manzur juega en las ligas mayores del peronismo nacional gobernante.

También en la Legislatura

Nadie que esté dentro del mundillo político comarcano lo desconoce, pero fuera de esa realidad paralela, en la de los mortales comunes, la duda o la indiferencia se siembra. En la Legislatura todos palpan con certeza la tensión entre el vicegobernador y el jefe del Poder Ejecutivo. Es una Guerra Fría y silenciosa por el poder futuro. En público dicen que no pasa nada, que está todo bien. Pero en privado parlamentarios y funcionarios padecen las turbulencias del “Huracán” Jaldo, que recela a los fieles al gobernador y -en palabras de ellos mismos- “los hace penar”.

El tranqueño es desconfiado y avizora a un Manzur dispuesto a reeleccionarse nuevamente o decidir quién será su sucesor a su antojo. No tiene dudas de ello, como tampoco de que es su turno de sentarse en el sillón de Lucas Córdoba.

Ambos sienten el incómodo cosquilleo de esa tensión en sus cuellos, pero lo disimulan con uno que otro encuentro público o cerrado con la dirigencia, como para tranquilizar las aguas. Eso quizás lleva a uno y a otro a que cometan errores. Según los manzuristas, Jaldo se precipitó en “enojarse” porque habría podido negociar en buenos términos la sucesión con el gobernador. Los que se identifican jaldistas, en cambio, están seguros que si no se actuaba ahora, después sería tarde para plantar bandera. De una u otra forma, la disputa existe. Pero sólo se dice en privado y con micrófonos cerrados.

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