Aterrizaje forzoso

El gobernador retorna de sus vacaciones a una provincia completamente distinta a la de su primera gestión. Este territorio, en el cual él dejaba correr los acontecimientos y sólo les daba su impronta, ya no es un lecho de rosas.

26 Ene 2020 Por Federico Diego van Mameren
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Dentro de una horas el gobernador de la provincia habrá concluido sus vacaciones. Lo espera Tucumán. La provincia que le delegó, otra vez, el poder el 9 de junio pasado no es un lecho de rosas en el que Juan Manzur puede zambullirse como le plazca. Su camino está lleno de espinas. Pero él no puede mirar indiferente el panorama. Hasta ahora Manzur se ha acostumbrado a mirar para otro lado y mientras las cosas están en movimiento él se ocupa darle su impronta personal.

Esta vez el conductor ha puesto el auto patas para arriba. La única movida que le preocupó durante los últimos dos años fue sacarse de encima a José Alperovich y echarle la culpa al gobierno nacional de todas las plagas que se le acercaban. Pero, a juzgar por este enero, de algunas cosas se olvidó. Y esa amnesia se está padeciendo en la provincia.

Cuando Manzur aterrice lo van a recibir planteos judiciales sobre una medida que decretó él, propiamente, y que el vicegobernador, Osvaldo Jaldo, trató de morigerar infructuosamente. En el Palacio de Tribunales se estudian dos expedientes contra el Gobierno provincial por haber suspendido el último pago de la “cláusula gatillo”. Esos dos provienen de un mismo gremio: la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). Uno ha sido promovido por la Secretaría General del sindicato y la otra por una línea opositora. Las dos están ahora a consideración de la Cámara en lo Contencioso Administrativo.

ATE, por cierto, no es la única organización con “internas”. Más aún, la mayoritaría Agremiación Tucumana de Educadores Provinciales (ATEP) celebrará elecciones en junio. La madeja de la “cláusula gatillo” que embrolla las paritarias de 2019, y las negociaciones salariales para este año, dominarán esa campaña electoral. Esta situación pone en alerta a todos los tucumanos porque lo que se avecina no será ya la mera celebración de unos comicios sindicales, sino el riesgo de que se afecte el inicio y el dictado de las clases.

Desmoronados y estrujados

Manzur hasta ahora no ha gobernado en cancha barrosa, pero este año le será imposible creer que sus partidos se juegan en el Camp Nou, más aún después de las tormentas. El ajuste a los funcionarios públicos sin duda fue un alivio para la tensión y la bronca que desató antes de irse de vacaciones. Sin embargo, no alcanza a apaciguar el enojo contra la clase dirigente. Ya no está Macri para que le echen la culpa de todo y, lo que es más grave, Alberto Fernández no lo trata como el hijo mimado que Manzur creyó ser, ni tampoco cuida a la provincia como se anunció a “magna voce”.

Hay una pregunta que nadie hace, pero que empezó a oírse en las tertulias de bares y en las discusiones de las vacaciones. ¿Quién tiene la culpa de las carencias de los tucumanos? En la Casa de Gobierno dicen que no hay plata. Los caminos siguen avergonzando a quienes reciben visitantes de otros lares. Las provincias vecinas encuentran de qué presumir y en este Tucson desvalorizado no alcanza con ponerle el dedo acusador a José Alperovich, a Julio Miranda, a Antonio Bussi o al mismo Manzur. Son muchos años durante los cuales, aparentemente, lo público se ha descuidado.

Esta semana, el serpenteante Canal Sur (amenaza con la muerte apenas cae una gota) y el camino a Tafí del Valle (se desmorona como un castillo de arena) son dos ejemplos de varias generaciones de dirigencias descuidadas. Seguramente habrá otros adjetivos, pero ese mínimamente alcanza.

En ese Tucumán aterriza Manzur y a partir de mañana deberá dar la cara. Mirará para otro lado cuando se hable de sus vacaciones, apuntará fuerte a la herencia del macrismo y seguirá destacando su amistad con Alberto aún cuando no haya demostraciones de amor. Nada de esto va a alcanzar. ¿Habrá traído algo especial en las valijas?

El gobernador no va a recibir grandes críticas de sus primos ni de sus enemigos políticos. El descontento es mayor en una sociedad que ve mensajes contradictorios y palpa los padecimientos de políticas que antes que nada han descuidado el bienestar.

Este Tucumán, además, se inserta en una Argentina que si se la estruja chorrea alcohol y violencia. Y ese padecimiento no tiene raíces directas en la pobreza. Es hija de una sociedad sin líderes creíbles y sin ejemplos ni siquiera en las familias. Y, ahí también está Tucumán.

En esta provincia a la que arribará la principal autoridad en la provincia, la violencia y el alcohol demuestran que no son exclusividad de Villa Gessel. Pero ante estos problemas la política sigue de vacaciones. No se trata de viajes ni de merecidos descansos, se trata de estructuras partidarias que frente a panoramas como el actual (hecho de ajustes, de bolsillos vacíos, de alcoholes que denigran y enlutan, y de desórdenes en general) parecieran no tener a nadie que se pronuncia ni que proponga soluciones.

Poder dilapidado

El año pasado parecía ser el año de la consagración de Manzur. Los diplomas que confirmaban sus logros eran el triunfo electoral y el trato diferenciado que le había dado Alberto Fernandez. Pero cayó en desgracia. El esquema de poder político nacional lo dejó nocaut. De la famosa lista de numerosos tucumanos integrando diferentes despachos nacionales sólo sobrevivió Jorge Neme, sostenido por el canciller Felipe Solá.

En octubre pasado era un secreto a voces que la reforma de la Constitución había sido acordada. Que el bussismo aportaría sus votos para ayudar al gobernador a soñar con las reelecciones indefinidas. Manzur lo tenía todo entonces. Hasta la estrategia para diluir el poder territorial de Osvaldo Jaldo. Hoy no existe ni una remota posibilidad de que eso ocurra y, en cambio, sí ha quedado cierto resquemor en el gobernador después de que la torpeza de Jaldo haya propulsado su candidatura a gobernador demasiado temprano.

Manzur y Jaldo se necesitan como Tom y Jerry para seguir con la película, pero, cada vez más se notan las diferencias. Ese también es un trabajo que le espera al mandatario cuando mañana vuelva de las vacaciones.

Macondo, otra vez

Manzur está obligado a mover sus piezas si no quiere terminar con el famoso Síndrome del Pato Rengo (lame duck) que inventaron los norteamericanos para describir los últimos años de gobierno sin reelección y, por lo tanto con el deshilachamiento de su poder.

Si las cosas siguen como están, Manzur va a tener que empezar a buscar un príncipe o una princesa heredera. Deberán ser jugadores que verdaderamente se animen a hacerle frenta a Jaldo, quien como un pulpo va amasijando poder. Carolina Vargas Aignasse y Pablo Yedlin figuran en las listas manzuristas. En algún momento el hombre elegido había sido Mario Leito, pero su perfomance electoral le dejó un ala herida.

Mientras el Canciller devaluado estudia sus movimientos, en los bares cercanos a la Legislatura y a la Casa de Gobierno se multiplican los foros de delegados comunales, cabezas de acoples frustrados y punteros de todas las latitudes tucumanas tratando de decodificar la ecuación del poder.

En esas discusiones no falta el oráculo que ve lo que vendrá y dice: “estamos como en 2017, cuando Jaldo lanzó su ofensaiva contra Alperovich y se dudaba de la actitud que tendría Manzur”.

Alguna vez a Tucumán se lo comparó con Macondo, aquel pueblo imaginado por el genial Gabriel García Marquez. En aquel pueblito la historia era circular…

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