Gatillo fácil

25 Ene 2020 Por Fernando Stanich
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Juan Manzur encontró en la cláusula gatillo la “bala de plata” para cerrar sin sobresaltos la primera gestión. Que los estatales no hayan perdido frente a la inflación, en medio de un país desbordado por el alza de precios, le permitió mostrar al país la imagen de una provincia ordenada, en calma. Su cómoda reelección en junio del año pasado, mientras en otros distritos se sucedían los paros y las protestas salariales, se sustentó –en buena medida- en el encolumnamiento de los gremios estatales.

Allá por 2018, cuando dispuso esta herramienta, el gobernador tenía mayor preocupación por sacarse de encima a José Alperovich que por las finanzas públicas. En una provincia en la que el peso del Estado en la economía de los hogares es gigantesco, garantizar una actualización de los sueldos “objetiva” y periódica a los más de 110.000 estatales era una manera, contundente, de tomar distancia de su antecesor y de tomar ventaja electoral.

Señales de alerta

Quizá por eso se pasaron por alto las señales de alerta: ese año, la planilla salarial de la Provincia prácticamente se duplicó, y cerró en un 49%. Y 2019 arrancó con una sonrisa de par en par, porque el romance con los trabajadores se fortaleció.

Los dirigentes sindicales más influyentes de los sectores públicos y privados se sumaron activamente a la campaña electoral del oficialismo. Integraron listas, organizaron actos y motorizaron al peronismo. La vieja relación de Manzur con los popes del sindicalismo nacional se reavivó y el tucumano se posicionó en la discusión nacional del PJ: ofició de anfitrión en más de una ocasión de los líderes cegetistas, de empresarios e incluso del actual presidente, Alberto Fernández. Así, el objetivo de Manzur se cumplió: en los comicios borró políticamente a Alperovich, ganó respaldo y oxígeno para iniciar su segundo mandato.

Pero el descalabro financiero del último año de Cambiemos en el poder le quitó el aire con mayor rapidez que la proyectada. La inflación, su “aliada” electoral, con el tiempo se le volvió en contra.

En octubre, los estatales ya tenían en su bolsillo un 40% de aumento, producto de la segunda revisión salarial y de las paritarias de marzo. De a poco, el cóctel de baja en la recaudación por la crisis económica nacional y cláusula gatillo se había devorado el Presupuesto. Al punto que la incidencia del gasto salarial en las arcas pasó del 55% a principios de año a más del 70% a finales de 2019.

Asfixiado, Manzur acudió a la Nación por un auxilio financiero, y desde allí le “sugirieron” que pusiera un límite. En ese apuro se gestó el famoso decreto 1-1/2020, a través del cual dispuso la suspensión de la última cuota de la cláusula gatillo, además de otras medidas de ajuste del gasto público. La supresión estaba prevista, pero no con esa anticipación ni de esa manera tan brusca. Hasta la estrategia para comunicarla modificó el gobernador, dejando en “off side” a más de un ministro de su gabinete.

Enero caliente

Desbordados y sorprendidos, los líderes sindicales se toparon con un enero conflictivo que no imaginaban. Estatales y docentes salieron a las calles. El movimiento de los autoconvocados de la salud recuperó bríos similares al de sus orígenes, allá por 2009.

En el medio, el vicegobernador Osvaldo Jaldo se hizo cargo del Ejecutivo y, en una de sus primeras actividades, reunió a los “gremios amigos”. Básicamente, ganó tiempo para evitar que las calles se le descontrolaran.

Con Manzur de regreso y la discusión paritaria asomando, el asunto ocupará la atención de los despachos oficiales a partir de esta semana. Más allá de las especulaciones, hay una idea clara en la Casa de Gobierno: sostener la cláusula gatillo será imposible. “Es insostenible”, repiten. El gobernador, bajo el brazo, trae de sus vacaciones el extracto de las declaraciones que formuló el propio presidente, en contra de este sistema de revisión salarial. “Las paritarias se van a normalizar. Pero una de las peores cosas que nos pasaron es la indexación de la economía. Indexar la economía nos lleva al peor de los mundos y hay que desindexarla. La cláusula gatillo es una forma de indexación, aunque sea legítimo tratar de que los sueldos no corran detrás de la inflación”, dijo a C5N Alberto Fernández, el 13 de enero. Esa advertencia del jefe de Estado es la mejor carta de presentación que podrán llevar los funcionarios del Gobierno a la mesa de negociación.

Febrero, un hervidero

Ya sin chances de que se mantenga el esquema paritario de los últimos años, en el Gobierno barajan alternativas para superar la coyuntura.

Prácticamente está descartado que la Provincia se sume al pago del bono de $ 4.000 a los estatales, dispuesto por la Nación. Pero una idea que se analiza, aunque aún de manera informal, es que se ofrezca a los sindicatos el pago de una suma fija y no remunerativa equivalente a los puntos adeudados de octubre, noviembre y diciembre.

El impacto, en el Presupuesto, sería sensiblemente inferior a la incorporación de la cláusula gatillo en el básico. Los propios sindicalistas admiten en charlas con funcionarios que esa salida sería más que suficiente para calmar a los trabajadores. Es más, les “suplican” que hagan fuerzas por una salida intermedia.

Con este cuadro de situación, febrero será un mes difícil en Tucumán. Ambas partes quedaron entrampadas. El Gobierno, porque debe presentar la quita de la cláusula gatillo sin que eso signifique una confesión de errores en la administración de los fondos; y porque debe encontrar la manera de justificar ante los trabajadores que, cuando estuvo Mauricio Macri en el poder, tuvieron lo que con Alberto Fernández en la Rosada no podrán tener, porque el peronismo se los quitó. Y los gremialistas, porque deben contener a los estatales, acompañar a una gestión peronista por mandato histórico, y presentarse ante las bases como “ganadores” de la compulsa cuando saben, de antemano, que perderán una medida a la que sus representados se habían acostumbrado -y aferrado- en los últimos dos años.

Con este escenario, está claro, la política salarial representa, desde hace un tiempo en Tucumán, un típico caso de “gatillo fácil”.

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