La experiencia total del odio

El escalofrío del género humano se veía por las ventanas de muchas casas de la ciudad de Oswiecim.

25 Ene 2020 Por Irene Benito
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Auschwitz, el escalofrío del género humano, está separado por un alambrado y una calle de los suburbios del poblado más próximo, Oswiecim. Al contrario de la idea de aislamiento y de desolación que transmiten las películas y documentales sobre el totalitarismo nazi, las ventanas de muchas casas de esta ciudad polaca ubicada a 60 kilómetros al oeste de Cracovia dan, justamente, a las industrias de exterminio emplazadas en Auschwitz I y Auschwitz-Birkenau. El horizonte de viviendas prolijas que exhiben aquellos barrios estremece tanto como el museo que funciona en las dos sedes del campo de labores forzadas y aniquilación. No hay que rasgarse la ropa: al fin y al cabo todos habitamos “cerca” de o directamente en sitios donde hubo guerras, opresiones y masacres más o menos identificadas y estudiadas, y seguimos viviendo -casi- como si allí no hubiese sucedido nada.

Tal vez Auschwitz y las décadas transcurridas desde su liberación reflejen en conjunto el mecanismo de defensa que desde que existe registro de la historia permite a la humanidad levantarse, pase lo que pase. Lo mismo podría predicarse de la Argentina a partir de 1983; de Rusia luego del estalinismo; de Alemania a continuación de la Segunda Guerra Mundial; de Estados Unidos tras Pearl Harbor y el 11 de Septiembre de 2001; de España a posteriori del franquismo; de Japón después de Hiroshima y Nagasaki, y así infinitamente hacia atrás y hacia adelante también. Cada día, las sociedades se sobreponen a angustias inenarrables y marchan, el problema es cómo y hacia dónde. A veces la superación del drama colectivo resulta un espejismo infundado y el sendero vuelve a conducir, como en un plan circular funesto, hacia nuevas formas de las barracas tétricas de Auschwitz.    

El horror acontece mientras “la vida continúa”: lo entendió Elias Canetti mientras trataba de descifrar la lógica de la masa que, llevada por vaya a saber qué frustraciones de orden material o espiritual, atenta contra los valores elementales. En los espacios de la memoria del Holocausto se aprende que, al mismo tiempo que unos iban hacia el patíbulo, otros iban a trabajar y a la escuela sin cuestionarse sobre el destino o la fortuna desdichada de los primeros.

Cuenta la versión oficial divulgada en el Museo de Historia Alemana de Berlín que, tras la caída del nazismo, los aliados encontraron pueblos enteros sumidos en la máxima ignorancia: para sus habitantes, el terror era una novedad aunque habían “visto” durante años deportaciones, huidas desesperadas, confiscaciones y condenas sin garantías ni debido proceso, y por el sólo hecho de pertenecer a una minoría religiosa, étnica, política o sexual. Tal había sido el efecto de la combinación del miedo, la negación y el poder cegador de la propaganda del régimen de Hitler: frente a la catástrofe de un vecino y la realidad angustiante del gueto, prevalecía el relato de bienestar que difundían las autoridades. Auschwitz y las demás sucursales de la maquinaria de la muerte funcionaron gracias a las millones de cabezas que, ante la evidencia de una injusticia, pensaron “algo habrá hecho”, “no te metas” y “sálvese quién pueda”.

¿Es verosímil que los ciudadanos comunes desconocieran el genocidio desarrollado como política de Estado así como la vulneración masiva de los derechos? Cuesta trabajo creerlo, pero la historia, con sus diferentes grados y matices, repite la fórmula “del mirar para otro lado” y “del barrer bajo la alfombra”. Aquella misma pregunta cabe respecto de las iniquidades de nuestra dictadura. Aquí y allá hubo y hay quienes creen que “el problema es del otro”. Cada avasallamiento de la libertad y la tolerancia; cada abuso y cada acto de corrupción del poder requieren, para materializarse, de un grado de complicidad de la gente del montón. Todavía ocurre, quizá en otra escala. En Auschwitz habita la crueldad, pero lo más triste de visitar ese monumento y de recordar a sus víctimas no es el pasado sino el presente que “acecha por doquier” porque subsisten las bases de individualismo y de indiferencia hacia el sufrimiento del prójimo que hicieron posible aquella experiencia total del odio.

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