La señorita X dijo “voy” porque era su denuncia

15 Ene 2020 Por Federico Diego van Mameren
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Cara y ceca del mismo lugar. En grande, la pequeña habitación que albergó a la víctima durante la audiencia. En pequeño, se ve el mismo lugar desde la perspectiva de la sala con los vidrios espejados que exigen estas circunstancias.

El sol parte la tierra en este Tucumán pesado y pegajoso. En la oficina que da más al norte del quinto piso del nuevo edificio de la Justicia Penal tucumana el camarista Enrique Pedicone empuña su felpón rojo y amarillo como si velara las armas que utilizará al día siguiente. No tiene ni pizarrón ni rotafolios. Usa la ventana. En el vidrio se leen artículos y nombres de los actores de una de las causas más trascendentes de este siglo. Un poderoso ex gobernador como José Alperovich está acusado de violación. El sol lo ayuda al magistrado a fijar los datos en el vidrio. De repente, suena el teléfono. La conversación dura segundos. Los suficientes como para alterar más los nervios: “ella viene”, le avisan al magistrado.

“¡Cómo no voy a ir, estoy en la provincia y en mi denuncia!”. A pocos kilómetros de Tribunales ella decide ir a la audiencia pública que ayer concitó la atención política, judicial y cholula de la provincia y del país. Ella es la denunciante. También es la señorita X o sus tres iniciales (los dos nombres y su apellido) como la denominará durante toda la audiencia el fiscal Carlos Sale.

Ella quiere ir y va. “Estaré preservada, pero estaré”, sentencia en su casa y pide que avisen a la Cámara para que tomen los recaudos pertinentes. Está entre enojada y sorprendida porque la televisión hizo trascender detalles íntimos de su denuncia. Tan íntimos que no debieran haberse hecho trascender en el horario de protección al menor de la TV.

La protección de su intimidad, de su nombre, de su imagen la fortalece. Por eso antes de salir de su casa repasa que todo esté en orden para que no la vean, pero para que ella pueda verlo todo. No hay grandes preparativos a la hora de vestirse. Un pantalón y una remera alcanzan.

Son las 9.54 y su auto ya ha entrado a Tribunales por una puerta del costado del edificio. Se baja junto a su abogado Ricardo Santoro y su vocera Milagro Mariona. No suben por ninguno de los ascensores que dan al hall central del vidriado edificio. Para ella se abren las puertas del elevador reservado para uso exclusivo de los magistrados. Camina por los pasillos vacíos pero calientes y transparentes del quinto piso. Nadie la ve aunque está a la vista y como si fuera transparente entra a una pequeña habitación de un metro y medio por 2 metros. Hasta allí fue la custodia de la policía Federal que se queda dando la cara a pasillo. Hasta allí la acompañó también Graciana Marigliano, la persona designada por la Cámara para cuidar que todo se cumpla.

A la señorita X (su identidad desaparece ante la gravedad de la denuncia) la esperan una silla y la pantalla de una computadora que tiene abierta tres ventanas. Por allí “espiará” cada uno de los sucesos. Las cámaras del techo de la sala central serán sus ojos durante una hora y 10 minutos.

Está tranquila, está conforme, no tiene grandes gestos ni expresiones que llamen la atención. Desanda el camino realizado. Cuando todos salen al pasillo, ella ya no está; la oficina se ha vaciado. Todos la buscan pero se ha esfumado. No falta el que pregunta por la ausencia del acusado. Ella ha evidenciado su falta. Antes de partir deja un recado: “me mandan la resolución del juez”. Pasadas las 16, entran a su Whatsapp las dos páginas que sintetizan lo que ella vivió ayer.

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