“Nunca me ensucié las manos con la sangre de mi marido”, le contestó Lai a Piccinetti

Los amantes se volvieron a ver ayer en un careo, durante el juicio por el crimen del agricultor de Trancas.

27 Nov 2019 Por Luis Duarte
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CARA A CARA. Luis Rafael Piccinetti y Silvia Raquel Lai protagonizaron un careo de alta tensión para aclarar algunos de los detalles de la declaración que realizó el acusado en la audiencia. foto de luis duarte

Silvia Lai ingresó mirando sólo a los jueces. Cruzó la mitad de la sala vacía y se sentó en el banco de los testigos. Ni por un segundo dirigió la vista a su derecha. Desde ese lado, Luis Rafael Piccinetti la siguió en cada paso que daba. El silencio se adueñó entonces del salón, clima que cambiaría minutos después con los cruces de incriminaciones por el asesinato de Eduardo José Salas, ocurrido en julio de 2007.

Los amantes se vieron nuevamente las caras ayer, en el segundo día del juicio oral por el homicidio del agricultor de Trancas. Durante un careo, se conocieron los detalles de una relación marcada por la tragedia y cada uno se quitó responsabilidad de lo que había pasado esa noche en la vivienda familiar. Lai, de 50 años, había sido citada como testigo en el juicio contra el instructor de gimnasia.

La medida procesal había sido solicitada por el Ministerio Público Fiscal (MPF) debido a las contradicciones registradas, a partir de las declaraciones. El cruce de posiciones se realizó con base en dos descripciones discordantes: la presencia del enjuiciado en la casa de Trncas la noche del crimen, y la forma en que murió el agricultor.

Primer punto

Luis Rafael Piccinetti (L.R.P.): -¿Recuerdas cómo llegue a tu casa esa noche?

Silvia Lai (S.L.): -No, porque nunca has estado en mi casa.

L.R.P.: -¿Conocía tu casa?

S.L.: -Obvio. O sea, por fuera.

L.R.P.: -¿Nunca llegué a tu casa? ¿No conocía tu casa?

S.L.: -No sé a qué te refieres.

L.R.P.: ¿Cómo llegué esa noche a tu casa, entonces, si no la conocía?

S.L.: -La verdad no sé cuándo has llegado. Nunca te he visto (esa noche). Te vi afuera otro día, no en ese momento.

L.R.P.: -Me hiciste entrar por la puerta.

S.L.: -Nunca te hice entrar por ningún lado.

L.R.P.: -¿Para qué me llamaste ese día? ¿Te acuerdas esa noche para qué me llamabas?

S.L.: -Por los 100.000 mensajes que nos enviábamos... Pero si eran los de siempre. ¿Lo único que querés demostrar es que teníamos una relación?

L.R.P.:-Solamente eso, no.

S.L.: -Únicamente querés demostrar que hablábamos, que nos mensajeábamos y que jugabas. Que el primer mensaje que me enviaste me dijiste “arderás como estopa en el infierno”. Bueno, sí, me hiciste vivir un infierno, al igual que a mis hijos. A esta altura no sé si sos o quién es el culpable. Pero sé lo enfermo que estás para querer demostrar, únicamente, que teníamos una relación. He vivido un infierno con mis hijos.

L.R.P.: -Tú me metiste en este infierno. Tú me llevaste esa noche.

S.l.: Te aviso que ya no estoy en ese infierno. Gracias a Dios, he podido seguir adelante. Mis hijos han salido al frente. En cambio, vos te tuviste que esconder. ¿Por qué? No sé. Si tienes algo que ver, enfrentalo. Mis manos no están sucias. Ahora entiendo el último mensaje que me enviaste, que decía: “no sé si me vas a perdonar lo que voy a hacer”. ¿Te acordás de ese mensaje?

L.R.P.: -Sabés que todos eran mensajes de amor.

S.L.: Lo único que quieres demostrar es que teníamos una relación. Y no era de amor, sino de odio. Mirá dónde terminé.

L.R.P.: -No decías eso esa noche. Tus mensajes cargados con exceso de calorías sexuales.

S.L.: -No hablaré de la parte sexual de mi vida. Voy a decir que esa noche no te vi. No sé si has estado. No lo puedo decir porque nunca te vi. No te abrí ninguna puerta, porque esa puerta siempre estaba abierta.

L.R.P.:-¿No recuerdas cuando me hiciste sentar en la cocina?

S.L.:-Nunca has estado en mi cocina.

L.R.P.:-Me serviste un vaso de gaseosa.

S.L.: Nunca te serví nada. Estaba mi marido en la pieza. Cómo te iba a meter en mi casa.

L.R.P.: -Me habías dicho que tu marido no estaba, que se había ido a una riña de gallos a Santiago (del Estero), por ahí.

S.L.: - Estaba la camioneta de mi marido; estaba en la pieza. Cómo te voy a hacer pasar. Estaban también mis hijos. Menos para hacer algo que supuestamente has hecho. ¿Quién tenía sangre en la ropa? ¿Quién tenía las pesas?

L.R.P.: -¿Recuerdas cuando fuiste al baño? ¿Y cuándo empezaste a insultar? Pensé que estabas hablando por teléfono. Ahí, yo te vi que le pegabas a tu marido.

S.L: -Cómo voy a atacar a mi marido. No tenía la suficiente fuerza como para atacar a mi marido. De él tenía miedo. Vos sabías bien eso: él ejercía violencia sobre mí. De esas cosas hablábamos siempre. Si algo hice, lo estoy pagando. Estoy saliendo adelante gracias a mi familia, que siempre estuvo a mi lado. Vos, en cambio, te escondiste.

L.R.P.: -Yo no maté a nadie.

S.L.: -No sé. Te están culpando a vos. A mí ya me condenaron. Más de lo que he pasado, no lo pasaré. La Justicia declarará ahora si vas a pasar por esto.

L.R.P.: -Tu hermano sabía todo lo que ibas a hacer. Estamos armando el ataúd para Luis, dijiste en un mensaje de texto.

S.L.: -Seguí involucrando a gente…

L.R.P.: -Me ubicaste en el lugar preciso para tenderme una cama. Fui un gil, un perejil. Dónde está ese amor que decías que sentías.

S.L.: -Te escondiste como una rata.

L.R.P.: ¿De dónde sacaste la mancuerna? Fuiste al gimnasio esa tarde.

S.L.: -Sos un enfermo. Eran tus mancuernas. Al gimnasio siempre fui con mis hijos.

Segundo punto

L.R.P.: -Fui y te agarré. Te dije: “pará, estás loca, ¿qué estás haciendo? Estás loca”. Y me respondiste: “este hijo de p… toda la vida me pegó”. Golpeabas a tu marido en la cabeza. Dejaste los elementos en la cama y agarraste un toallón y lo cubriste. Yo dije: “me voy, no eres la Silvia que yo conocí, un ángel”. Terminaste siendo un demonio.

S.L.: No estoy loca. Nunca fui esa persona que dices.

L.R.P.: -Me arruinaste, me cagaste.

S.L.: -Tanto te arruiné que disfrutaste todos estos años durante mi encierro. Nunca me ensucié las manos con la sangre de mi marido.

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