“Que los escritores están para arreglar los problemas de la humanidad me parece infantil”

Acaba de salir “La parte recordada”, nuevo libro de Rodrigo Fresán. El escritor opina sobre el ser argentino y el papel de la memoria en su oficio.

19 Nov 2019
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ESCRITOR POP. Rodrigo Fresán se ríe de los apelativos que le ponen los críticos y se refleja en Manuel Puig. TELAM

El escritor Rodrigo Fresán siente que su relación con la Argentina ha sido enriquecida por la distancia. Radicado en Barcelona desde 1999, ahora reivindica la alegría de ser argentino y se rebela contra las tradiciones que asocian al país con lo melancólico, lo trágico y lo tanguero. “Sé que ocupo un lugar raro en la literatura argentina -admite-, pero a mí me gusta eso de no ser de ninguna parte, como un extraterrestre. Es algo que he conseguido de una manera tal vez no planificada, pero de hecho los escritores que admiro tienen una posición parecida: Nabokov, por ejemplo, que es una mezcla de ruso, norteamericano y suizo”.

-En “La parte recordada”, tu nueva novela, hay algunas referencias a la idea del escritor como influenciador, una categoría que lo coloca en un lugar más condescendiente con el lector. ¿Cómo vivís esta transición entre el intelectual crítico que señalaba el malestar social y esta veta actual más complaciente?

- Tengo conciencia de que hubo una época, a mediados del siglo pasado, donde los escritores tenían una función social importante: eran figuras a considerar. Ahora ya no cumplen esa función, aunque de todas maneras no me interesa ese rol para el escritor. Personalmente, no me gustaría convertirme en alguien que opina todo el tiempo sobre lo que sucede. Creo más bien que tener una función social es proponerle historias alternativas a la gente para que pueda vivir cosas que de otro modo no viviría. La idea de que los escritores están para arreglar los problemas de la humanidad me parece un poco infantil. Cuando los escritores deciden politizarse, empiezan a escribir peor. El supuesto compromiso social de la literatura no existe porque la literatura como oficio es básicamente burguesa, solipcista y tiene una dosis importante de narcisismo..

-En la novela citás a Borges cuando sostiene: “puesto que tenemos que resignarnos a la fatalidad de ser argentinos, alegrémonos de que nuestro tema sea el universo”. ¿Creés que la distancia ha enriquecido tu literatura?

-Cortázar decía algo que me interesa mucho: “ser argentino es estar lejos”. Creo que el verdadero argentino no es el que está en el país sino el que desarrolla su mirada a larga distancia. A diferencia del reflejo automático que se hace de lo argentino ligado a lo melancólico, lo trágico y lo tanguero, para mí hay una especie de alegría en la idea de ser argentino, que es la alegría que mostraban Cortázar, Piglia y Borges cuando escribían. Toda gente que te das cuenta de que era feliz, a diferencia de lo que ocurría con Sábato. Otro escritor que admiro mucho es Manuel Puig, que escribió un libro en inglés y otro en portugués. Por eso me causa gracia cuando dicen que soy un escritor pop, como si eso fuera una novedad. Puig fue escritor pop muchos años antes que yo: mezcló cine, música y comedia musical. Me gusta eso de que aceptarte como argentino equivalga a poder hacer cualquier cosa en el plano literario.

Después de 10 años, al fin Fresán ha logrado ensamblar lo que hasta ahora era un proyecto de trilogía. A “La parte inventada” y “La parte soñada” ya se ha sumado “La parte recordada” (Penguin Random House, 1.029 páginas), que pone en circulación todos las afinidades artísticas del autor, desde el cineasta Stanley Kubrick hasta los Beatles y Bob Dylan, con escalas reincidentes en el ruso Vladimir Nabovok.

-”La parte recordada” habla del recuerdo del escritor, a quien definís como un profesional de algo donde el resto es amateur. ¿Cuál sería ese plus que tiene el recuerdo para el escritor?

-Todos recordamos igual. La diferencia está en que tal vez los escritores tenemos una percepción más clara, cruel e interesada de lo que puede llegar a hacerse con un recuerdo. La idea de hacer memoria está ya implícita en el proceso de la escritura, porque cuando ponemos por escrito algo que nos pudo haber ocurrido 10 minutos antes, ya es pasado y ya está deformado por cómo lo trascribimos. Recordar es paradójicamente reinventar o soñar.

-¿Cómo se reconfigura el rol de la memoria ahora que la gente ya no se preocupa por memorizar porque, como sostenés en la novela, siempre está a un par de clicks de recordar?

-Vivimos un tiempo paradojal, porque ahora tenemos el don de la memoria absoluta a partir de los dispositivos externos. pero cada vez memorizamos o recordamos menos. Antes nos sabíamos 30 teléfonos o direcciones de memoria: todo ese material que constituye nuestra historia ahora está alojado en los dispositivos tecnológicos y podemos acceder a él sin el riesgo del olvido. No voy a caer en la posición de decir que todo era mucho mejor antes cuando pintábamos bisontes en las cavernas, pero sí creo que el gozar de una memoria imprecisa nos volvía más creativos. Se acabó la duda, incluso la duda tonta. Recuerdo conversaciones con amigos a la madrugada discutiendo sobre, por ejemplo, si en determinada película aparecía Bill Murray. Por entonces no había modo de cerciorarse en lo inmediato, mientras que hoy con Google la duda se acaba en un segundo. Se acabó el problema, pero no creo que la solución sea de lo más creativo. (Télam)

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