River definió la serie en el Monumental y en La Bombonera se dedicó a cuidar la ventaja

23 Oct 2019 Por Carlos Werner

Un dólar que no detiene su alza. La inflación que no descansa. Los vaivenes de la polarizada política nacional, con las elecciones presidenciales “coche a la vista”. La inseguridad, los precios, las marchas... Hasta los temores de que los sucesos de Chile tengan réplicas de este lado de los Andes. ¿Algo le puede quitar hoy la sonrisa, la cara de despreocupación, la pose de ganador a un fanático de River?

Sí, claro, el fútbol es un deporte. Y los demás, temas tan sensibles a todos y cada uno de quienes habitamos suelo argentino que, en teoría, no deberían mezclarse. Pero... Si alguien niega que un Superclásico es cuestión nacional, jamás pateó una pelota. Sí que lo es, y es de esas que levantan el ánimo de medio mundo cuando el resultado favorece. Y, en oposición, un dolor incontrastable para el otro medio mundo que pierde.

Viviéndose el fútbol como se vive en la Argentina, el partido de anoche no dejaba lugar a términos medios, una vez consumado el resultado.

Pues, el resultado está puesto. Y hay un finalista. Cabe honor y gratitud a Armani, Montiel, Martínez Quarta, Pinola, Casco; De la Cruz, Pérez, Palacios, Fernández; Suárez, Borré y Cía. Y manto de piedad para Andrada, Buffarini, López, Izquierdoz, Más, Salvio, Marcone, Almendra, Mac Allister, Tevez, Ábila y Cía. Gloria y loor para Gallardo. Quizás hoguera (o algo parecido) para Alfaro. Así son estas cosas. Aunque Boca haya ganado.

¡QUÉ COBRÁS! Gustavo Alfaro se queja de una decisión del árbitro.

Uno, el “Millonario”, se va a Chile (si se juega allí la final) a buscar su quinta Libertadores, el sábado 23 de noviembre. Va por lo que ya hizo suyo en 2018, justamente ante Boca, al que le birló con estilo el sueño de una séptima conquista en Madrid.

Otro, el “Xeneize”, se quedará masticando la bronca de una eliminación siempre abominable, a manos del gran rival. Persiguiendo un consuelo de nada. A hombros un peso que sólo el tiempo le quitará. O una nueva competencia, de cabotaje.

Viviéndose el fútbol como se vive en la Argentina, lo de anoche no dejaba lugar para débiles. Esta vez el fuerte fue el que resistió; en casa ya había hecho lo que debía.

DESAHOGO. En el final del partido, Marcelo Gallardo volvió a festejar.

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