Tucumán, a un paso de una catástrofe ambiental

12 Oct 2019 Por Federico Türpe
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Nueve de cada diez mensajes que ingresan al WhatsApp de LA GACETA son denuncias o quejas relacionadas con derrames cloacales o con el deficiente o nulo servicio de agua potable.

Medio en broma -si acaso hay lugar para chistes sobre esta tragedia que soportamos los tucumanos desde hace muchos años-, en la redacción propusieron cambiarle el nombre a este canal de comunicación con los lectores y llamarlo “WhatSAT”, lo que en tucumano sonaría algo así como “Guasat”.

Si tenemos en cuenta que el diario recibe un promedio de cien mensajes por día al número 381-5870289, quiere decir que unos 90 corresponden a reclamos vinculados con afloraciones de líquidos y sólidos de los albañales, con derroches de agua limpia o con -tristísima paradoja- la escasez de este suministro.

Estamos ante la pasmosa cifra de 2.700 quejas por mes, lo que hace un promedio de casi 33.000 denuncias al año.

Si alguien aún tenía dudas sobre la gravedad del problema, estos números vienen a confirmar la contundencia de esta verdadera catástrofe ambiental.

Suponiendo, además, que las personas que envían su reclamo a LA GACETA son una escasa minoría entre los que padecen este drama, como ocurre en todos los casos, donde los que llegan a formalizar una denuncia siempre son un porcentaje bastante menor al total de los incidentes.

Ni el centro se salva

Ayer, la empresa estatal Sociedad Aguas del Tucumán se vio obligada a cortar la neurálgica San Juan al 400 porque la red cloacal explotó en cinco lugares diferentes.

Es una calle comercial y muy transitada por lo que las autoridades no tuvieron más remedio que atacar ese desastre sanitario. Aunque tardaron más de una semana en reaccionar.

No ocurre lo mismo fuera de las cuatro avenidas del macrocentro, donde decenas y decenas de calles de toda el área metropolitana están atravesadas por ríos nauseabundos de aguas servidas.

Vecinos que desde hace años conviven con un “géiser” hediondo en su vereda, cuyos efluvios contaminan todos los ambientes de la casa, las 24 horas del día.

En la zona céntrica el problema no siempre es tan evidente gracias a que los camiones atmosféricos de la SAT van y vienen sin tregua, libando los caldos putrefactos a través de las tapas de registro, antes de que broten a la superficie.

Pese a esto, como ocurrió ahora en la San Juan, cada tanto explotan los “géiseres” por todo el microcentro de la Ciudad Histórica.

Los colectivos, los autos, las motos, las bicicletas y las pisadas de la gente y de los animales se encargan luego de esparcir los gérmenes por cada rincón, no sólo de la urbe, sino hasta el interior de las casas, empresas, hospitales, consultorios, plazas y por cuanto lugar circulen personas.

Resulta repugnante presenciar en algunas esquinas cómo los vehículos que pasan a gran velocidad salpican litros de aguas servidas a 20 metros a la redonda.

La psicóloga Graciela Tonello, especialista en psicología ambiental, advirtió hace un tiempo a través de una carta de lectores la necesidad de declarar a Tucumán en emergencia ambiental, no sólo por el enorme riesgo para la salud que significa estar expuesto en forma permanente a líquidos y sólidos contaminados, sino también por el gran daño psicológico y el estrés que les causa esta situación a las personas.

La gran estafa

El gobierno provincial es el máximo responsable de esta calamidad, al igual que los municipios que autorizan la construcción indiscriminada de edificios y barrios sin que previamente estén garantizadas las obras de infraestructura necesarias.

Es muy llamativa la pasividad de los tucumanos ante semejante estafa (agua y cloacas es un servicio que se paga bastante caro) y frente a un riesgo sanitario de tal envergadura.

Más que riesgo, seguro es un hecho que mucha gente se está enfermando por esta intensa exposición a los gérmenes, sobre todo niños y ancianos que son los más vulnerables.

No se puede confirmar el impacto que está teniendo este desastre sobre la salud de los tucumanos, ya que son tantas las enfermedades que se pueden contraer por el contacto con las cloacas, que sería imposible determinar su origen.

En un sistema republicano de verdad, donde funcionan los tres poderes de forma independiente -y eficaz-, no como la pantomina que rige los destinos de esta provincia, el ex gobernador José Alperovich y su socio y actual gobernador Juan Manzur, ya estarían atravesando un proceso de juicio político en la Legislatura como principales responsables de esta catástrofe ambiental.

Cuanto menos, los habrían tenido que llamar a dar explicaciones sobre por qué permitieron que este problema llegue a tal extremo y por qué no hicieron ni están haciendo absolutamente nada para resolverlo.

En un sistema republicano en serio ya habría, no una sino varias investigaciones judiciales en curso contra las máximas autoridades de la provincia durante los últimos 16 años.

Imaginemos por un instante, no a París, ni a Londres, ni a Nueva York, pensemos simplemente qué pasaría en Buenos Aires si el microcentro estuviera surcado por ríos cloacales durante más de una década.

Y también Palermo, Recoleta, Puerto Madero, Flores, Almagro, Caballito, Retiro… Impensable. Los porteños, que cortan una calle porque un foco no funciona, ya habrían incendiado la sede de gobierno.

El peor de los hábitos

Los tucumanos nos hemos acostumbrado al peor de los hábitos: la mentira. Promesas, promesas y más promesas que nunca se cumplen y ya a nadie parece importarle, o a casi nadie. Hemos naturalizado la mentira, el atajo, la chicana, la farsa.

Los poderes del Estado hacen de cuenta que son independientes y productivos y los ciudadanos hacemos de cuenta que no nos damos cuenta.

Hacemos de cuenta que trabajamos, hacemos de cuenta que estudiamos, hacemos de cuenta que respetamos las normas, hacemos de cuenta que estamos cuidando el futuro.

La ineficacia y la improductividad del Estado tucumano en todos los frentes es pavorosa: rutas, accesos a la ciudad, basura, tránsito, inseguridad, justicia, transporte público, contaminación del aire y de los ríos, deforestación, agua y cloacas…

Hasta incrementamos la pobreza cinco puntos por encima de lo que aumentó a nivel nacional. En un país que está muy mal, nosotros estamos peor. No alcanza con culpar de todo al gobierno nacional. La inutilidad tiene sede en la Casa Histórica, es bien nuestra.

La SAT, que ayer cortó la San Juan por una situación acuciante en pleno centro, que merecería un trabajo sin pausas hasta que se solucione, al rato suspendió las tareas. Fin de semana largo y quizás llueva. Volvemos el martes, dijeron.

Así funciona el Estado tucumano, en una especie de perpetuo fin de semana largo.

La catástrofe ambiental será cada año más grave. La población aumenta y también los barrios y los edificios. Estamos condenados a convivir con la putrefacción durante muchos años más.

El legado de Alperovich y de Manzur trascenderá a varias generaciones de tucumanos.

Quizás terminemos perdiendo el olfato y desarrollando inmunidades contra todos los gérmenes. Sería, hasta acá, la solución más cercana y factible.

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