La mayoría de los aviones que se accidentaron en Tucumán violaban reglas

En todos los accidentes con víctimas mortales el piloto o el propietario del avión violaban las reglas. 11 personas fallecieron en vuelos privados desde 2004. Dudas sobre el control del tráfico aéreo. Un caso que ilustra la informalidad en la aviación privada. Las normas del sistema aeronáutico y su control.

15 Sep 2019 Por Hernán Miranda
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TRAGEDIA. Los restos de la aeronave Navion en la que se estrellaron y se mataron Guillermo Fares, Alberto di Lella y Gerardo Gramajo en octubre de 2013.

El 30 de julio de este año un ultraliviano de un solo pasajero aterrizó en un cañaveral cerca de Romera Pozo, a 30 kilómetros de la capital. El motor se apagó en pleno vuelo y el piloto, sin tiempo para regresar a la pista del Aeroclub Los Tucanes, desde donde había despegado, decidió aterrizar de emergencia en el campo. Por fortuna o habilidad, salió ileso.

Este fue el último incidente registrado en Tucumán por la Junta de Investigación de Accidentes de Aviación Civil (Jiaac). Un caso más grave ocurrió en octubre de 2013, cuando Alberto di Lella, Guillermo Fares y Gerardo Gramajo fallecieron en un descampado próximo a Villa Chicligasta después de que fallara su aeronave, un reconstruido Navion de la Segunda Guerra Mundial. Si bien Di Lella, Fares y Gramajo eran, según todos los testimonios, aficionados meticulosos, la Jiaac constató que el Navion no llevaba un transmisor localizador de emergencia. Las Regulaciones Argentinas de Aviación Civil (RAAC) y el Código Aeronáutico de la Nación prohíben operar una aeronave civil de matrícula nacional que no tenga instalado ese equipo.

El accidente de Villa Chicligasta fue el séptimo de los nueve que ocurrieron en Tucumán desde 2001 y uno de los cuatro con víctimas mortales. En siete de esos nueve accidentes el piloto o el propietario del avión incumplían la normativa. También se cobraron vidas los accidentes de Sierra Medina (las de Rubén Groisman, Juan Carlos Collinet y Antonio Céspedes, en 2004), Burruyacu (la de Roberto Eduardo Ale, en 2010) y El Naranjo (las de Miguel Urtubey, Álvaro y José Calliera y Javier Zagaglia, el año pasado). Si bien los accidentes citados en esta nota obedecieron a otras causas, en todos hubo una coincidencia: algún papel no estaba en regla.

“Te la vas a pegar”

El 30 de octubre de 2001 un piloto de 46 años al mando de una aeronave Piper cayó en un canal de riego a unos 100 metros de la pista del Aeroclub Los Tucanes. De acuerdo con la Jiaac, el piloto, un novato que tramitaba su primera licencia, no estaba habilitado para el tipo de vuelo que intentaba, y las condiciones del aeródromo de Los Tucanes no coincidían con el informe que sus responsables le habían presentado a la Fuerza Aérea, por entonces a cargo del sistema de aviación civil.

Aunque este caso parezca lejano y la aeronáutica argentina haya cambiado desde 2001, las irregularidades y los problemas de papeles en los vuelos privados continúan: según la Jiaac, las últimas cuatro aeronaves que se estrellaron en la provincia volaban pese a incumplir alguna norma, y a dos de los cuatro pilotos les faltaba algún documento. Los tres primeros de esos accidentes ocurrieron en 2010, 2013 y 2015, durante los gobiernos de la ex presidenta Cristina Kirchner; el último, en 2018, ya con la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) a cargo de su actual titular, Tomás Insausti, que fue designado por el presidente Mauricio Macri en diciembre de 2017.

¿Hasta qué punto es posible controlar la aviación privada? Insausti contesta: “sería como que vos pretendás que se fiscalice cada auto que circula en la República Argentina. Si yo mañana quiero salir de un aeródromo no controlado y las condiciones no están dadas, o si yo estoy cansado o hice una truchada y quiero volar igual… Hay un punto en que la responsabilidad es de quien vuela. Es como con un auto. Si vos querés salir a volar y no estás en condiciones…, te la vas a pegar, hermano”.

Controles en la torre

Los pilotos de los accidentes de Los Nogales y Burruyacu no se comunicaron con la torre de control del aeropuerto Benjamín Matienzo. Por el contrario, el piloto Urtubey, antes de chocar contra el cerro en El Naranjo, recibió del personal de control el visto bueno para volar. Sin embargo, no cumplía con toda la reglamentación al momento del despegue: pilotaba una aeronave de matrícula norteamericana aunque no poseía una licencia de la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos, según figura en el informe que elaboró la Jiacc luego de investigar el accidente. Ese documento es necesario para volar aviones con matrícula de ese país en la Argentina.

La investigación considera que en la torre tucumana “existe un control laxo en el cumplimiento de los requisitos que se exigen para la recepción de un plan de vuelo”. LA GACETA intentó comunicarse con la Empresa Argentina de Navegación Aérea (EANA), que está a cargo de la torre, pero su responsable en Tucumán, Jorge Tomo, solicitó un pedido formal de entrevista que nunca contestó.

En la actualidad no existe una base de datos en línea compartida entre la ANAC y la EANA. Esto dificulta la detección de irregularidades: “por ejemplo, yo soy piloto privado - explica Insausti- . Cuando yo vuelo tengo que presentar mi plan de vuelo. Supongamos que mi licencia está revocada, que la ANAC me la canceló o que dio de baja mi avión porque no le hice el mantenimiento, o porque no tiene inspección, o por lo que fuere. Para detectar ese tipo de situaciones cuando el piloto presenta el plan de vuelo, hoy dependés de que la EANA esté notificada, de que la ANAC le avise que pasó algo, de un sistema de papeles”.

En este momento, la ANAC trabaja en la creación del plan de vuelo electrónico, que automatizará las notificaciones a la EANA y la aprobación - o no - de la información presentada por el piloto antes o durante un vuelo privado. “Es algo muy importante, pero aun así - admite Insausti - la verdad es que es difícil y que ninguna autoridad aeronáutica de ningún país está exenta de que algún día alguien haga algo totalmente irresponsable”.

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