La Justicia en la era del miedo

26 Ago 2019 Por Irene Benito

Jueces provinciales de procedencia política diversa -también oficialistas- se presentaron este martes envueltos en un manto de angustia. La oleada de aflicción impregnó el juramento de Eleonora Rodríguez Campos en la Corte Suprema de Justicia de Tucumán, primera consecuencia institucional en la provincia de la “sentencia” de las PASO. Las caretas sonrientes disimularon el malestar interior. Como suele suceder en estos acontecimientos, si hay acidez, que no se note. Es que muchos carecen de razones para la exultación que en la ceremonia derrocharon los parientes y subordinados del ministro público fiscal, Edmundo Jiménez, a la sazón tío de la nueva vocal y ex fiscala de Estado. Mientras exhibían un gesto complaciente, los angustiados pispeaban por las ventanas del Palacio la convocatoria a la protesta funeraria de la oposición. Con gusto más de un juez se habría sumado a las exequias “por la muerte de la independencia judicial”, según proclamó la senadora Silvia Elías de Pérez.

Más allá de que algunos magistrados parecen haber descubierto recién el apetito del Poder Ejecutivo por el Poder Judicial, en la corporación analizan que por primera vez desde la intervención federal de 1991 concurren condiciones ideales para un atracón desenfrenado. No sólo ven una oposición fracturada y carente de creatividad para frenar la cooptación de la Justicia, sino que también recuerdan el fracaso de los veedores judiciales que mandó el Gobierno nacional a poco de ganar las elecciones de 2017. Las victorias del 9 de junio y de las primarias arrinconaron aún más a las minorías políticas locales. El discurso de la institucionalidad se quedó huérfano y hay pocas expectativas sobre lo que Ricardo Argentino Bussi hará al respecto en el período legislativo que comenzará en octubre. Los opositores sucumben. Dos legisladores que habían combatido a Jiménez al comienzo de su mandato, Ariel García y Eduardo Bourlé, se deshicieron en sonrisas en el acto de investidura de Rodríguez Campos. “La Corte y el Colegio de Abogados rechazan la actuación de Jiménez. ¿Acaso están todos equivocados? Él sostiene que el Poder Judicial está en crisis. Hay una solución: su renuncia al cargo de ministro fiscal”, había propuesto Bourlé en febrero de 2016.

Las realineaciones políticas de los últimos años produjeron piruetas dignas de ser estudiadas por los acróbatas del Cirque du Soleil. No sólo el hoy “lavagnista” García y Bourlé, dos aliados del gobernador Juan Manzur y al vicegobernador Osvaldo Jaldo, votaron numerosas leyes que acrecientan el poder del jefe de los fiscales, sino que este logró algo nunca visto en la democracia “trucumana”: sentar a una familiar directa en el alto tribunal. De esa Corte que se atrevió a auditar a un amigo de Jiménez, el ex fiscal Guillermo Herrera, sólo queda un recuerdo vago. Ni qué decir del Colegio de Abogados que en 2015 denunció la posible existencia de un mecanismo de extorsión en la Justicia penal. A esa entidad la consumen las rencillas internas, sin perjuicio de que su presidente, Marcelo Billone, rechazó a título personal el método de designación de Rodríguez Campos. “Perdimos el coraje que tuvimos para enfrentar a José Alperovich y obligarlo a establecer la preselección de jueces por los concursos del Consejo Asesor de la Magistratura”, se lamentaba un letrado presente en el “funeral” simbólico de la semana pasada. El desencanto anticipa un clima luctuoso para la conmemoración del Día del Abogado.

En el centro del estrago generalizado que afecta a quienes en su momento defendieron la república habita la Cámara en lo Contencioso Administrativo. Ese bastión estaría por caer. Bourlé, que llegó a su banca en el acople que lideraba Elías de Pérez, va por el cargo de Ebe López Piossek en la Sala III. La presión es inmensa per se y por el mensaje que remite hacia los magistrados que se atrevan a poner límites al Gobierno y a sus socios, como hizo la camarista en el pasado. La comisión de Juicio Político de la Legislatura que el oficialismo domina ya demostró su predisposición para poner contra las cuerdas a los jueces íntegros y salvar a los venales. El objetivo no sería ingresar en el berenjenal de un procedimiento de destitución sino precipitar otra renuncia. Las especulaciones abundan. Una princesa del foro conjetura que el ataque podría fácilmente ser convertido en un acto de violencia de género en momentos de ultrasensibilidad para con esa temática. Al fin y al cabo López Piossek es la única magistrada de la Cámara y su vivienda ya había sido agredida en 2015, luego de que aquella fallara contra los comicios de ese año. Otros fantasean con nacionalizar el conflicto como un varapalo a la independencia de la Justicia y herir, así, la imagen del gobernador lanzado a reconquistar la Casa Rosada junto a Alberto Fernández. Manzur quedaría -en plena campaña- como un adelantado de la venganza kirchnerista.

Por una puerta tironean a los camaristas en lo contencioso administrativo en condiciones de pasar al sector pasivo (a López Piossek se le suman Rodolfo Novillo y Carlos Giovanniello) mientras que por la otra se integran jueces surgidos del seno del Gobierno, a veces hasta afiliados al Partido Justicialista. Así entró Juan Ricardo Acosta (Sala I), que trabajó en el Ministerio de Manzur y llegó a ser subinterventor del Subsidio de Salud. Muy cerca de acceder a uno de esos cargos estratégicos está el postulante Fernando Graneros, a quien el gobernador nombró en febrero director de la Fiscalía de Estado. En este contexto ingresó el jueves al Colegio de Abogados una nota del ex veedor frustrado y dirigente radical Juan Roberto Robles, quien requirió al presidente Billone que convoque una asamblea extraordinaria. “Ha llegado la hora de que el Colegio levante en alto la vieja consigna de los años del Terrorismo de Estado: en esta casa se defiende la Constitución”, dijo el ex legislador. El tono de la carta conecta con la percepción optimista de que en los Tribunales queda un margen escueto para la autonomía. Los más pesimistas dan por sentado que la Justicia penetró en una etapa de sumisión amplia y abierta, que es lo propio y característico de la era del miedo.

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