Sorteo de viviendas: “rezamos desde que salimos en el padrón”

La concurrencia al sorteo de 166 casas, en Lomas, evidenció la demanda habitacional.

24 Ago 2019 Por Luis María Ruiz
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LOMAS DE TAFÍ. Miles de inscriptos para la adjudicación de casas del Ipvdu se concentraron ante a dos pantallas gigantes durante más de cuatro horas. la gaceta / fotos de analia jaramillo

Es una solución para lo cotidiano (no más alquileres ni cuartos prestados) y también una tranquilidad para el futuro (un lugar para descansar los últimos años, la herencia para los hijos). Por eso, no importaron el calor ni la larga espera. Ayer, durante más de cuatro horas, miles de inscriptos para la adjudicación de casas sociales del Instituto de la Vivienda (Ipvdu) se concentraron frente a dos pantallas gigantes, en un predio de Lomas de Tafí, con el anhelo de que la suerte les hiciera un guiño a través del bolillero de la Caja Popular de Ahorros.

“¡Hacelo girar para el otro lado, que las bolillas vayan para allá!”, lanzó con tono de broma una mujer que estaba sentada en la parte delantera del público, y su grito hizo reír a quienes la rodeaban. Para ese momento, con el reloj rozando las 14 y a poco de agotar las oportunidades, habían sido más las desilusiones que las alegrías en el complejo deportivo del Sindicato de Trabajadores de la Vivienda (Sitravi), ubicado en avenida Raya y Martín Blanco. Era una cuestión matemática: había 116 casas, edificados en la zona de las avenidas Néstor Kirchner y Rivas Jordán de ese megabarrio, para repartir al azar entre 18.000 inscriptos.

La concurrencia sobrepasó las previsiones y evidenció la demanda habitacional en la provincia. Frente al salón en el que se llevaba a cabo el sorteo -separadas por un vallado, con un estricto control policial- se habían dispuesto 2.000 sillas plásticas para los asistentes. Antes del mediodía, en el horario pico del sorteo, se veía más personas de pie o sobre el césped que sentadas en aquella “platea” frontal.

Ataviados como beduinos, con abrigos o pañuelos sobre la cabeza para evitar los furiosos rayos del sol, concursantes solitarios y familias enteras permanecían pendientes de los parlantes. Los vendedores de sánguches, de helados y de gaseosas estuvieron entre los ganadores de la jornada. Y aunque se escuchó más de un insulto al aire (“¡No, el mío terminaba en 30 y salió el 32!”, renegaba un joven, acompañado por un grupo de amigos), a cada vivienda adjudicada le seguía un aplauso generalizado. “Es así, nos apoyamos entre todos”, afirmó Juan Sotelo, de 30 años, quien junto a Silvia Figueroa (43) iba anotando todas las cifras. “Es para tener un control de cuántas casas se van sorteando”, detalló. Sin poder ocultar la emoción, narró que sentía “muchas ansias de tener una casita”. “Mi situación es muy mala. En realidad está difícil para todos, y se nota en la cantidad de gente que vino. ¡Por Dios!”, exclamó Sotelo.

Daniela Rueda Carabajal, de 30 años, se aventuró sola con su embarazo a presenciar el sorteo del Ipvdu. “Tengo trabajo, pero no alcanza, ni con lo de mi esposo ni con lo mío. Hay que pagar el alquiler, los impuestos son altos, los productos de la canasta básica también. Desde que salimos en el primer padrón estamos rezando”, explicó la joven. Lamentó que el trámite de adjudicación se dilatara, ya que estaba anunciado desde marzo pasado. “Por ahí una pierde las esperanzas, pero seguimos haciendo fuerza”, señaló. Consideró que “el sistema no es demasiado conveniente”. “Hay 19 casas que no se entiende bien qué pasa. Son 166 viviendas, muy pocas para esta cantidad de inscriptos, y no se explicó bien ese tema”, detalló Daniela (ver nota aparte).

Por el contrario, Jessica Medina (34) interpretó que la modalidad “estuvo perfecta”. “El hecho de que todos podamos ver (el bolillero) y que no sea a puertas cerradas hace que todo sea más justo”, afirmó. Al igual que muchos otros, la joven iba escribiendo cada número en un cuaderno. “Es sobre todo para llevar un control, pero también porque hay amistades que no pudieron venir y les vamos pasando”, relató. La acompañaba su amiga Marilín (32), madre de un bebé de un año y de una niña pequeña. “Los tuve que dejar con mi mamá para venir. Con mi familia tenemos mucha fe”, dijo la joven, que trabaja en una farmacia. “Estoy alquilando, y aunque tengo mi sueldo, no me alcanza”, narró Marilín.

Empezaba la siesta cuando el bolillero dejó de girar. Los jóvenes de traje no cantaron más números. Los que tomaban nota cerraron el cuaderno. Las sillas fueron quedando vacías y solitarias bajo el sol. Y así como un centenar y medio de familias tucumanas se marchó “acariciando” las llaves de la casa propia, varios miles seguirán esperando una nueva chance para tener la suya.

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