Alberto Benegas, un “Negro” buscador de desafíos - LA GACETA Tucumán

Alberto Benegas, un “Negro” buscador de desafíos

El actor tucumano llegó en diciembre pasado a las ocho décadas. Filmó 39 películas nacionales y extranjeras. Aristarain y “Tiempo de revancha”.

20 Ago 2019 Por Roberto Espinosa

Bronca. Impotencia. Desesperanza. Desde un carro helvético, las palabras del abogado de Fotia arengan a los trabajadores. Fustigan la insensibilidad del dictador Onganía que ha cerrado once ingenios y ha dejado a miles de tucumanos sin trabajo. La marcha del hambre del ingenio Santa Lucía hacia Bella Vista, será reprimida por la policía, que matará a Hilda Guerrero de Molina. “El rigor del destino” ha dejado una caricia en el corazón del tucumano Alberto “Negro” Benegas, que ha actuado en 39 películas nacionales y extranjeras. La casualidad es amiga de la vida de este buscador de desafíos que pasó de las tablas a la pantalla grande. Los 80 años hurgan recuerdos en su memoria.

- ¿Qué te gustaba de adolescente? ¿De dónde te viene el metejón con el teatro?

- Animé bailes en los clubes, mi vocación hasta entonces era aparentemente ser locutor, tanto es así que fui a rendir a LV9 Radio Güemes de Salta y me aceptaron, pero estaba de novio y su familia pensaba que los que se dedicaban a estas cosas eran bohemios, entonces tuve que resignar esa vocación. Hasta que un día, ya siendo un muchacho de 21 o 22 años, vivía en la prolongación de Barrio Jardín, tenía un gran amigo que me dijo: “Mirá, he escrito una obrita para que hagamos”. Le dije que yo no sabía nada de actuación. “Pero vos tenés condiciones”, me dijo Coco Teglia. Mi personaje era un ciego que tiraba bastonazos para todos lados. La hicimos en el club del barrio y me vio Héctor Posadas que fue mi primer maestro.

- ¿Tenías alguna otra actividad?

- No, terminé el quinto año y no ingresé a la universidad, iba a seguir contabilidad, pero eran épocas duras... Haciendo “Zamora” y ensayando “300 millones” con Posadas, me encuentro en una esquina con Carlos Olivera, habíamos sido compañeros en la secundaria. Fuimos a tomar un cafecito al bar La Carpa y le conté esta experiencia con Posadas y me dice que estaban por estrenar Rómulo Magno (de Friedrich Dürrenmatt). Luego del café fuimos al teatro, me presentó a Boyce Díaz Ulloque… fue la única vez en mi vida que di una prueba. Hizo parar toda la maquinaria porque estaban a una semana del estreno en el teatro San Martín y me dio el monólogo de Rómulo para que leyera a primera vista. “Bueno, está bien”, me dijo y me dio un personaje, diez días antes del estreno. Arranqué con Boyce entonces y luego hicimos curso con él en el teatro Alberdi, con Santángelo, María Ester Fernández… de ahí seguí en el Estable; también trabajé con Oscar Quiroga.

- ¿Cómo se produjo tu desembarco en Buenos Aires?

- De aventurero, hermano. Fui como de paseo, en principio. Llegué el 15 de marzo de 1981. Al día siguiente, tenía una cita con un tipo que venía trabajando con Carlos Balá. Yo ya me había casado y tenía una hija de 14 años. Lo llamé por teléfono y me dijo: “Estoy grabando en CBS Columbia, nos veamos en la esquina que hay un barcito”. Estábamos tomando un café y llega un señor muy atildado con un portafolio y le dice: “Te presento a un amigo actor que acaba de llegar de Tucumán”. Y me invita a Columbia, estaba grabando para Musimundo cuentos infantiles. Me dice: “me quedan dos días de grabación con un personaje, ¿te animás? Son bolitos”. Acepté, ni sabía lo que eran los bolitos. Lo hice y en el segundo musicuento ya era protagonista. ¿Te acordás de Hugo Filkenstein? Nos fuimos a comer a un barcito y de pronto entran tres personas y me presenta a uno de ellos, le da un abrazo: “este es un actor que acaba de llegar de Tucumán, viene a ver si hace fortuna”. Yo me reía. No sabía quién era. Pregunto. Era Adolfo Aristarain. Estábamos charlando, pero estaba incómodo porque él me miraba, me miraba, me miraba…

- ¿Pensaste que te quería levantar?

- Sí, yo iba con ese prejuicio que dice que en Buenos Aires, cuando menos lo esperás, salta la liebre (se ríe). Me seguía mirando y pregunto: “Huguito, ¿tu amigo es normal?” “Sí, está casado, tiene hijos…” Cuando los tres hombres se levantan, pasan por nuestra mesa y me dice: “¿te gustaría acompañarme?” Estábamos cerca de Aries, la productora de Ayala y Olivera. “Bueno, vamos a tomar un café”. Entramos y metió la cabeza en uno de los boxes y gritó: “¡Ya lo encontré!” No sabía a qué se refería. Tomamos un café en su oficina y me dijo: “¿Sabés manejar en el cerro?” Y le dice Hugo: “es tucumano, cómo no va a saber manejar en el cerro”. Me pide que lea un libro. “¿Leés rápido?” Sí, al otro día llovía, tenía que ir a grabar a Columbia… Me devoré el libro a la noche. Al día siguiente, vamos a comer con Aristarain: “- Qué te pareció. - Es un libro atrapante, me fascinó. - ¿Qué personaje te gusta?” A mí me había llamado la atención Golo que era un indio de la Patagonia, era el tipo que iba hilvanando las situaciones. “Es tuyo, viejo”, me dijo, casi me caigo antarca. “Pero yo tengo muy poca experiencia en cine, hermano, por no decir ninguna. - No te hagás problemas”. Me manda a la oficina de contratación, cuando me hablaron de la cifra me caí de culo. Hacemos una primera reunión de lectura y lo veo aparecer a Federico Luppi, te imaginás que yo lo conocía pero a través de la pantalla, los veo aparecer a Julio De Grazia, a Ulises Dumont, a Aldo Barbero, la Chona… era Tiempo de revancha. No pude hacer con él Últimos días de la víctima, porque Aries tenía compromisos con el gordo Porcel y Alberto Olmedo, películas que vendían bien. Estábamos en esa espera, pero me llamó Alejandro Doria para hacer de Pasajeros del Jardín. Me encontraba en la disyuntiva y le comento a Adolfo. Y me dijo que la hiciera. Firmé contrato con Doria. Ahí decidí quedarme.

- ¿Cómo te conectaste nuevamente con Gerardo Vallejo?

- Ya nos conocíamos en Tucumán, habíamos hecho programas de televisión en Canal 10 con José Augusto Moreno y Tito Segura, eran de poesía, música, anécdotas… Cuando llegué a Buenos Aires él estaba en el exilio, pero un día me llega una invitación para la presentación de la película que hizo en España, Reflexiones de un salvaje. Fuimos a comer y me dijo que estaba escribiendo un libro sobre la problemática cañera de Tucumán. Vivía cerca de casa. Me invita a tomar un café y me muestra lo que estoy haciendo: era la escena de Panchito Galíndez. Cuando Pancho se tira de la silla, me reí, y me preguntó por qué me reía. “Pancho es ultra dependiente, hay que llevarlo al baño, darle de comer, no hace nada por sí mismo. - Lo va a hacer. - Tengo mis dudas. - Te juego una cena. - Bueno”. Cuando llegó el momento de la grabación de la escena, yo decía: “No me va a dejar mal, Panchito”. Y lo hizo. Le dije que me había hecho perder una cena, y le conté (se ríe con ganas).

- ¿A luz de la distancia significó algo para vos El rigor del destino?

- Hablaba de temas que a mí me importaron siempre, además la muerte tan injusta de Hilda Guerrero de Molina. En una época viví en Jujuy y avenida Roca y pasaban por ahí todas las manifestaciones que iban al ingenio Bella Vista. Gerardo tenía buenas historias. Me dijo una vez: “Soy en el cine lo que se muestra del primero al último fotograma”, cuando había celuloide. Era un tipo auténtico, un gran peronista, era consecuente, disciplinado.

- ¿Qué directores te han dejado una huella o enseñanza?

- Aristarain. Manejaba el lenguaje cinematográfico como pocos.

- ¿Qué películas recordás con cariño o que te hayan dejado algo especial?

- Es muy difícil hacer una elección en ese sentido porque todas te van dejando algo. Llevo 39 películas hechas. Uno ha ido haciendo un hijo en cada lugar y los quiere por igual. Hice películas con directores franceses, norteamericanos, italianos, que lamentablemente aquí no han sido estrenadas. Sulle tracce del condor cuenta la vida de Saint-Éxupéry cuando él era correo en el sur en la Patagonia, se la estrenó en Europa, pero aquí no. Hice otra con Daniel Day Lewis, La eterna sonrisa de New Jersey, donde personificaba a un comisario; fue dirigida por Sorín. Hay una producción modesta del salteño Alejandro Arroz, Luz de invierno, que da voz y se visibiliza a estos seres muy apartados de toda posibilidad.

- Después de varios años volviste a Tucumán para recrear en un unipersonal a Charles Bukowski, el poeta maldito.

- Eso fue bravo, no ha sido fácil, ya el nombre de Bukowski te supera. Leí su poesía, su condición de vida, he visto su vida en cine, me ayudó mucho, un tipo que no se permitía un instante de paz, de ternura, solo cuando habla de la hija, que es el único ser con el que se siente vinculado afectivamente, también habla bien de los autores de los que él se nutrió, pero nada más. Totalmente alcohólico, muy violento por naturaleza, reaccionaba por cualquier cosa, escribía casi desafiando el universo. Tuvo una niñez muy complicada, con un padre muy violento y su madre, sumisa…

- ¿Cómo lo trabajás al personaje?

- En base a técnica, hay personajes que requieren más vísceras… en cine no podés mentir porque cuando te hacen un plano muy cerca, tenés que responder a esa emoción.

- ¿Te ha tocado hacer un papel que nunca te habías imaginado o que te presentó alguna dificultad para construir el personaje?

- Y sí, ese desafío se presenta permanentemente, por ejemplo, tipos violentos, yo no lo soy… a uno lo eligen por sus características físicas, lo exterior a veces no tiene nada que ver con el interior entonces ahí tenés que empezar a trabajar. Todos los personajes tienen sus bemoles.

- ¿Qué te ha dado el teatro?

- A nivel vida, me enriqueció como ser humano, te toca las partes más sensibles, el teatro es un desafío permanente por la variedad de personajes que tocan encarar.

- ¿Y el cine?

- Te diría que plata (se ríe), he tenido la suerte de ser bien pagado. Cuando vos demostrás condiciones para moverte en el medio con cierta facilidad, te convocan. No hay que encasillarse en un género, más que aceptar, el actor debe buscar los desafíos.

› Alberto Benegas
Nació el 17 de diciembre de 1938. En 1964 es convocado para integrar el Teatro Estable de la Provincia. Fue dirigido por Boyce Díaz Ulloque, Eugenio Dittborn Pinto, Bernardo Roitman, Federico Wolf, Jorge Petraglia, Carlos Olivera, Oscar R. Quiroga, Jorge Alves, Hugo G. Gramajo y Hugo Gregorini, entre otros. Encarnó al cabo Savino, en una miniserie tucumana que quedó inconclusa. “Tiempo de revancha”; “El rigor del destino”; “Cerca de la frontera”; “La última siembra”; “La ciudad oculta”; “Eterna sonrisa de New Jersey”; “Obsesión de venganza”; “Pipo, prontuario de un argentino”; “Pasajeros del Jardín”, son algunas de las películas en las que actuó.

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