Eduardo atiende el quiosco del Obarrio mientras sueña con dejar el hospital y mudarse a una casa

La ley de Salud Mental le daba siete años al Estado para terminar con los manicomios. El plazo vence en enero. Todavía hay 12.000 argentinos en neuropsiquiátricos

19 Ago 2019 Por Lucía Lozano

Su primer problema fueron las drogas. Así recuerda Eduardo que llegó al hospital Obarrio. Tenía 16 años y una vida que no podía manejar. Había dejado de estudiar y trabajaba en la calle. Su familia decidió internarlo. Nunca había escuchado sobre enfermedades mentales hasta que comenzó un tratamiento psiquiátrico. No quería salir. Ni escuchar música. Ni nada. Se quedó a vivir en un pabellón del neuropsiquiátrico. Se acostumbró. Ya pasaron 11 años. Más de 4.000 días. Algunos fueron momentos críticos. Otros, de tristeza y soledad.

Tiene la sonrisa ancha y la mirada alegre. Es alto, robusto. Esta mañana fresca se levantó temprano, se puso el camperón gris y partió poblado de ilusiones al súper. Recorrió las góndolas. Estudió los precios. Se dio cuenta de que en una semana todo había aumentado. Seleccionó la mercadería que sus clientes le pidieron. Y también la que él y sus compañeros intuyen que hará falta en el kiosco que administran.

Sobre las estanterías acomoda a la perfección las golosinas y los artículos de almacén: café, té, yerba y azúcar. Está emocionado y no lo oculta. Busca su celular, elige una canción que tiene guardada y empieza a escucharla. “Me encanta la música”, dice. Es jueves y aunque hoy no le toca atender el kiosco se anotó para ayudar.

A su lado está César, su compañero de 49 años, una calculadora andante. Así lo describen en el hospital. No necesita ningún aparato para sacar cuentas. En pocos segundos, su mente procesa con cuánto dinero le pagaron y cuál es el vuelto que debe darle a los clientes.

Como Alberto y como César, que lleva 16 años viviendo en el Obarrio, hay 44 pacientes que han convertido a este neuropsiquiátrico en su casa. Y no porque así lo hayan elegido. La mayoría está ahí porque no tiene adonde ir. No poseen casa ni trabajo ni familia que quiera o pueda hacerse cargo.

Justamente mientras hacían un taller para pensar en su futuro fuera del Obarrio surgió la idea de abrir un kiosco dentro del hospital. Les dieron un espacio en el pasillo principal, un préstamo de $4.000 y una vieja heladera para arrancar. Así vio luz el emprendimiento. Para este grupo de pacientes se ha convertido en su primer trabajo. Y un puente que les permitirá dentro de poco arrancar una nueva vida.

Ellos dejarán el neuropsiquiátrico para irse a una casa de convivencia. Sucederá gracias a un plan de externación para los pacientes que llevan años internados y que, según la ley de salud mental 26.657, el 1 de enero ya no deberían seguir estando allí.

La misma norma -sancionada en 2010 y reglamentada en 2013- prevé que hasta fin de año no haya más manicomios en el país. Los neuropsiquiátricos deberán convertirse en hospitales generales. Falta menos de un semestre para ese plazo y las autoridades ya admitieron que es algo imposible de cumplir.

“Es un objetivo difícil de alcanzar en el corto plazo”, sostuvo el director General de Salud Mental y Adicciones, doctor Walter Sigler, y contó cómo es la situación en Tucumán, donde hay cuatro neuropsiquiátricos: dos son estatales y dos son privados. En los dos primeros casos se disminuyó la cantidad de camas disponibles y también la cantidad de pacientes internados. “Los neuropsiquiátricos fueron durante muchos años sinónimo de cárceles. Sitios en los que las familias dejaban a los ‘locos’ y no los veían más. Hoy eso cambió. La nueva ley dice que estos pacientes tienen derechos que se deben respetar y deben estar con sus familias. En caso de que no las tengan, el Estado debe ofrecerles casas de medio camino o de convivencia en las cuales vivir. Nosotros ya tenemos tres de esos dispositivos para mujeres e inauguraremos uno para varones pronto”, resaltó.

La transición es compleja porque requiere también un cambio cultural. La sociedad ha contribuido a la estigmatización, a asociar al paciente de un psiquiátrico con la locura, el encierro, el peligro. Sin embargo, los que viven en el Obarrio no revisten riesgo para nadie, aclara el director, Gabriel González. “Están en tratamiento y cuando se vayan de aquí lo seguirán haciendo, pero no tienen por qué vivir en un hospital”, añade.

“Esta ley es fundamental porque ayuda mucho en la posibilidad de los pacientes de reinsertarse socialmente. Los tratamientos actuales deben ocurrir a través de dispositivos más integrados a la comunidad”, apunta.

Volver a sumar

La subdirectora del hospital, Karina Marteau, explicó que el emprendimiento del kiosco les permite a los pacientes compartir, convivir y relacionarse con la sociedad. También tuvieron que aprender de nuevo a sumar, restar, dividir, multiplicar y, sobre todo, a establecer las responsabilidades, hábitos de trabajo y cumplir horarios.

Andrea Spector, coordinadora de la Unidad de Externación del Obarrio, contó que entre los que trabajan en el kiosco hay pacientes que llevan 10, 15 o más años viviendo allí. En total son seis pacientes los que se reparten los turnos y las funciones dentro del emprendimiento. Están siempre acompañados por algún profesional. A fin de mes se reparten las ganancias. La idea es que sea el 30% del total. El 70% deben reinvertirlo para volver a llenar las estanterías.

Eduardo, que ya ha trabajado en un comercio para las fiestas de Fin de Año, está feliz porque podrá tener unos pesos extra con este nuevo empleo en el kiosco. Así podrá comprarse ropa e ir al cine a ver películas de ciencia ficción, que son las que más le gustan. Ya no le importa recordar sus primeros años en el hospital. Ni la cantidad de tiempo que lleva lejos de sus padres y de sus seis hermanos (ahora los ve con frecuencia). “La pasé mal pero salí. Logré hacerlo...”. Se acelera cuando habla de todo lo que le espera fuera. La vida en la casa con sus compañeros, sin horarios, sin tener que rendir cuenta de todo lo que hace. Se le iluminan los ojos. Se despide mientras baila y entona una canción. Lejos, muy lejos quedan ya las crisis, los días en que no quería ni vivir, ni amigos, ni música, ni nada.

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