UNOS Y OTROS. Si a un equipo le falta un jugador, el rival suele prestárselo. Lo que importa es que jueguen todos. la gaceta / fotos de juan pablo sánchez noli
Una comparación recurrente en el mundo de los deportes es la del rugby con la vida misma: esa batalla de 80 minutos que tiene lugar dentro del campo de juego vendría a ser una representación a escala de las adversidades que cada persona debe enfrentar a lo largo de su vida, cuya superación requiere de valores tales como sacrificio, perseverancia y capacidad de trabajo en equipo. Profundizando en ese paralelismo, es posible advertir una equivalencia entre el rugby formativo con la etapa educativa del ser humano, la que lo desarrolla y le brinda las herramientas necesarias para salir a competir en el mundo laboral (lo que sería el rugby de nivel superior).
En ese sentido, el infantil es el rugby de guardapolvo, el que comprende desde jardín hasta el final de la primaria. Y, al igual que en esta instancia educativa, se transmiten no sólo conocimientos tan básicos como sumar o multiplicar (pasar la pelota o cómo caer sin golpearse) sino también normas elementales de convivencia. Porque en el rugby infantil no se trata de ganar (literalmente, no hay ganadores, perdedores ni campeones), sino de aprender, divertirse y hacer amigos.
Precisamente por eso, es que se trata del estrato donde mejor se conserva la esencia más pura del rugby: la de un juego divertido, que tiene un lugar para todos y cuyo distintivo tercer tiempo es más importante que los dos primeros. Todo esto aparece más diluido en los niveles superiores, a causa de la cada vez más exigente competencia.
“Es la etapa más sana, en la que más se respeta esa filosofía esencial”, destaca Fernando Erimbaue. Sus años como responsable del área a nivel UAR le han dado la seguridad de que el rugby infantil es también la etapa más importante en el proceso de formación de un jugador. “Porque es la más sensible al aprendizaje. Si no se desarrollan ciertas habilidades y destrezas, el jugador tendrá limitaciones y falencias durante toda su vida deportiva. Así, en Primera tenés jugadores muy fuertes y rápidos, que se matan en el gimnasio, pero no saben correr bien, se les cae la pelota, no saben dar bien un pase hacia los dos lados, etcétera”, explica Erimbaue. “Y eso ocurre porque, a veces, quienes están a cargo del rugby infantil no están debidamente capacitados para esa función. Me refiero a padres o ex jugadores que tienen conocimiento del juego, pero no de lo que los chicos necesitan a una determinada edad”, deja sentada la base de una problemática que en los últimos tiempos se ha abordado de manera más intensa.
Formando formadores
A mediados de abril de este año, se realizó en Tucumán -más precisamente en la Facultad de Educación Física- un Curso de Acreditación para entrenadores de divisiones infantiles y juveniles. La iniciativa, convenida entre la UAR y la URT y organizada por el propio Erimbaue junto a los oficiales de Desarrollo David Ruffino y José Rubino, fue la primera de su tipo en el país: se trató de una capacitación de carácter obligatorio para quienes pretendan estar al frente de una división formativa.
“Tuvimos una excelente convocatoria. Se contó con 40 disertantes, de los cuales 37 eran tucumanos. Lo más positivo es que, por primera vez, se está diciendo: para ser entrenador, tenés que estar capacitado”, resalta.
“Los chicos tienen derecho a tener personas idóneas que los conduzcan. Y en el rugby, están los que son idóneos, los que lo son sólo para ciertas cosas y los que directamente no lo son. Yo soy de la generación en que la chapa importaba mucho, pero eso hoy está cambiando. Haber sido un gran jugador no significa que seas un gran entrenador, y viceversa. Ahí lo tenés al ‘Huevo’ (Daniel) Hourcade. No trascendió como jugador, pero como entrenador es muy exitoso. ¿Por qué? Porque se capacitó”, simplifica Erimbaue.
La problemática va más allá de una defectuosa formación técnica de los jugadores: es incluso una de las principales causas de deserción en las divisiones formativas. “No podemos darnos el lujo de seguir perdiendo jugadores. Hay chicos que dejan de divertirse porque sus entrenadores no saben tratarlos, y por eso se van. No es que los entrenadores sean malos: simplemente, enseñan de la misma forma que les han enseñado a ellos, y por lo general se les ha enseñado mal. Por otro lado, muchos creen que la función del entrenador es corregir errores, cuando a lo que debe apuntar a es potenciar virtudes. En ese proceso, se irán corrigiendo las falencias, pero siempre tratando de motivar al chico o chica. Si uno se pone a ver, los mejores entrenadores del mundo tienen la virtud de ser grandes motivadores”, refuerza Erimbaue.
Otro tanto son los padres de los chicos. “Si quiere un campeón en la familia, entrénese. Mientras tanto, deje que su hijo juegue feliz”, reza un letrero bastante común de ver en los clubes de rugby, pero que a muchos todavía les cuesta comprender. Motivar es una cosa, presionar es otra. Además, Erimbaue reniega de los padres que castigan a sus hijos con el deporte. “Que les suspendan el celular o la Playstation, pero que no les quiten el deporte. ¡Si eso es lo más sano!”.








