Cerca. Lejos. Mirando su soledad. En la nocturnidad serrana, acaricia el cañaveral de la esperanza, de la pena. En Acheral, ha comenzado a orar la luz. Ese tamborcito calchaquí resuena en el sueño de los cedros y los alisos. En las orejas de su mula, se acompasan tal vez sus latidos. Tafí del Valle parpadea sus destellos en las cerrazones del horizonte. Unos acordes le dispersan ahora los sentimientos. En el faldeo del silencio, albea su corazón. Cerca. Lejos. Cuesta arriba. Cuesta abajo. Domando quebradas. Trastabillando en los precipicios del miedo, ella amansa la inquietud de los gauchos. Senda que se pierde, huella que se encuentra. Las 30 horas de cabalgadura -a veces para llevar un queso a algún paisano- despabilan su imaginación. Fosforesce la noche. Mama Quilla le trae rumores del ancestro. Una melodía desvela una guitarra. Selene es una silente compañera. Nunca lo ha traicionado. En esos ocho o diez años de bordonear la intemperie de los cerros, emponchado de nubes, en el traqueteo del viento, en el vientre del valle, tal vez sin saberlo, un amor se ha ido encendiendo en el canto. Quizás esos rumores alunados de ecos circulan en ese instante por su alma, cuando ese 23 de enero de 1949, la viste de tucumana y la eterniza: “Yo no le canto a la luna porque alumbra y nada más, le canto porque ella sabe de mi largo caminar”, reza Atahualpa Yupanqui, sin sospechar que un domingo 20 de julio de 1969, su zamba le arropará el corazón a su amada.

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