Cómo se las arreglan los jóvenes de bajos recursos para estudiar en la Universidad

Aunque la universidad estatal es gratuita, para los alumnos de barrios desfavorecidos es muy difícil seguir una carrera. Conocé tres historias.

11 Jul 2019 Por Magena Valentié

Si pudiera romper el molde, Ángel lo haría añicos. Lo despedazaría para dejar de vivir como vive y donde vive. Para no tener que trabajar sólo para comer ni tener que repetir el modelo cada vez que tiene un hijo.

1- “¿Qué carrera pensás seguir?” La pregunta de la teacher la descolocó. Le sorprendió que su profesora de Inglés diera por sentado que seguiría estudios superiores. Su familia vivía al día, en un terreno prestado del barrio Juan XXIII (La Bombilla). De pronto se acordó que cuando era chica jugaba a ser la médica de sus muñecas. “¡Medicina! Medicina voy a estudiar”, respondió Mayra Frías. No quería defraudar a la profe que la ayudaba en la secundaria, que sabía de los sacrificios de su familia para hacerla estudiar en el colegio privado “Solidaridad y Paz”.

PROFE DE EDUCACIÓN FÍSICA. Alejandro Romano en el barrio Juan XXIII.-

2- En el mismo barrio, - varios años atrás, Alejandro Romano y sus cinco hermanos iban todos los días al Comedor Don Bosco. El catequista Edgardo Quintana, que después sería su profesor en el secundario, y los voluntarios salesianos, les hablaban de Dios, entre juegos y apoyo escolar. Sus hermanos más chicos iban a limpiar vidrios en los semáforos, pero él prefería ir al Oratorio de Don Bosco. La mayoría de los voluntarios era universitaria. Ale creció escuchando sus historias sobre la vida en la facultad y sus sueños, y de tanto escucharlos se fue contagiando de esos deseos. “Yo quería ser igual a ellos, seguir una carrera y al mismo tiempo ayudar a los demás”, recuerda hoy, con 41 años.

3- En el Seminario Menor, donde entró a los 12 años, Luis Gómez se abrazó a la religión, era militante de Acción Católica. Sus padres (él, albañil y ella, empleada doméstica) sólo querían que lo educaran bien, y consiguieron una formación humanística para su hijo, que muy pronto lo distanció de los intereses intelectuales de sus tres hermanos. “En el colegio había un profesor de Matemática que siempre llevaba anécdotas muy copadas de lo que él hacía en la universidad. Era ingeniero químico, sabía mucho y nos hablaba de cultura general”, recuerda. ¿De dónde salió la idea de estudiar en la universidad? No sabe. Sus hermanos mayores no terminaron la primaria, la menor, sólo la secundaria. Sus amigos del barrio Ejército Argentino, que todavía conserva, no pensaban en la Universidad. “Pero yo quería estudiar, superarme, y elegí la carrera de Psicología. Mi mamá me apoyó sin preguntar nada. Me daba dinero que yo sabía que estaba reservado para otra cosa”, admite con gratitud, a los 34 años.

PSICÓLOGO. Luis Gómez, vecino del barrio Ejército Argentino, plantea cómo se podría ayudar al alumno de escasos recursos.

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1- “En la Solidaridad y Paz nos daban mucha contención. Cuando me sentía mal, porque en una época tuve problemas familiares, el director se acercaba a preguntarme qué me pasaba. Todos los profes eran muy buenos”, recuerda Mayra. “Pero la teacher Claudia Ritorto era mi ángel de la guardia. Cuando le dije que quería estudiar Medicina me dijo: ‘yo te voy a ayudar’. Ella consiguió una beca en un instituto donde preparaban para el ingreso. Durante todo 6° año fui a la mañana al instituto y a la tarde a la escuela. Me dormía en clase, pero nunca dejé de estudiar. Terminé con promedio 9,79 la secundaria. El día que aprobé el ingreso a la facultad lo llamé por teléfono a mi papá para contarle. Y lo escuché del otro lado que se largaba a llorar de la emoción”.

2- Quizás de tanto jugar y hacer deportes con los voluntarios de Don Bosco, Alejandro decidió que quería estudiar Educación Física. No le costó adaptarse. Lo que le costaba era remar con la situación económica. Dejó dos veces la carrera y siguió. “Yo estaba acostumbrado a trabajar y estudiar al mismo tiempo. Hice toda la secundaria como ayudante electricista, con lo que había aprendido en el taller de la Solidaridad y Paz. Después entré a un taller mecánico y me pude comprar una moto, con la que trabajé como cadete de una pizzería. No era fácil conseguir empleo, decía que vivo en La Bombilla y me contestaban ‘esperá que ya te vamos a llamar’”, ríe con sorna.

Igual se las ingeniaba para estudiar. “Pero en mi barrio no me podía concentrar. No faltaba el vecino que sacaba el parlante a la calle. Había uno que ponía tan fuerte la música que me hacía vibrar las chapas del techo. Hasta que descubrí la biblioteca de Filosofía y Letras, al frente de Educación Física. Una época estudié en una piecita que me prestaba la patrona de mi mamá, en la casa donde ella trabajaba como empleada doméstica”, agradece con una sonrisa.

3- Luis no quiere que en esta nota se hable de “meritocracia ni que se diga que cuando se quiere se puede. Yo no tengo mérito de nada, tuve aplazos, dejé cinco años la carrera para trabajar porque no podía conciliar las dos cosas...”. Prefiere hablar del derecho que tienen los jóvenes a estudiar, pero al que no pueden acceder por deficiencias de las políticas públicas. “Lo que se consiguió fue por la lucha de los estudiantes, como la reapertura de los comedores escolares”, dice. Una lucha de la que Luis participó pero no alcanzó a ver los frutos cuando más lo necesitaba. “Me venía directamente del trabajo a la facultad y ahí hacíamos una vaquita entre los compañeros para el sándwich y la coca”.

La universidad es gratuita pero ¿realmente beneficia a los que no pueden pagarla? “Faltan albergues y pensionados universitarios sobre todo para la gente del interior. Los alquileres son carísimos. Se necesitan horarios de clases más flexibles. Las empresas siguen la lógica de la explotación, no te dan posibilidades para estudiar, te niegan las licencias por estudio y te ponen horarios rotativos. Las demasiadas materias correlativas te hacen eterna la carrera por eso yo tenía que rendir como libre”, cuenta Luis, que pasó casi toda su carrera trabajando en un call center. Tampoco contaba con becas estudiantiles.

ESTUDIANTE. Mayra Frías cursa 4° año de Medicina en la UNT con notas sobresalientes. Egresó de la escuela Solidaridad y Paz

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Luis se recibió de psicólogo y Alejandro de profesor de Educación Física en la UNT. Mayra, de 22 años, cursa 4° año de Medicina. No trabaja, se ayuda con una beca de la Fundación León ($ 2.090) y otra del Progresar ($ 1.900). Nunca tuvo un aplazo ni una nota menor a 8. Le entristece saber que hay otros chicos sin el apoyo de nadie: “yo tenía un compañero que era muy buen alumno y quería estudiar Arquitectura, pero nunca pudo”, mira con sus pupilas de charol. “Mi papá (Ángel) tiene 11 hermanos, eran muy pobres, y lo ayudó una señora, le pagó la escuela”. Ángel se emociona al ver a su hija. Sabe que el estudio era lo único que podía romper el molde. Y está a punto de hacerlo, para construir uno nuevo.

> PUNTO DE VISTA

El valor de acompañar

DIEGO AGUILAR

Psicólogo y director ejecutivo de Fundación León

Todos necesitamos el apoyo de alguien significativo, no somos seres aislados y por definición necesitamos del otro para poder crecer. Muchos de estos chicos no tienen este otro significativo que le da una mano. A veces las personas de su entorno no tienen la posibilidad de acompañarlos en sus estudios. Por eso, cuando acompañamos a un adolescente, que está enfrentando grandes cambios en su vida, debemos tomar en cuenta que se está convirtiendo en adulto. Esto es un duelo. Para un chico en situación de pobreza es más difícil porque no cuenta con recursos simbólicos suficientes.

“Dicen que antes de entrar al mar, el río tiembla de miedo. (...) el río no puede volver. Nadie puede volver. Volver atrás es imposible en la existencia. El río necesita aceptar su naturaleza y entrar en el océano. Solamente entrando en el océano se diluirá el miedo, porque solo entonces sabrá el río que no se trata de desaparecer en el océano, sino de convertirse en océano”. (Kalil Gibrán)

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