Villa Muñecas es la segunda villa más vulnerable de la Argentina

La organización Techo realizó un relevamiento de villas y asentamientos informales en todo el país que dio lugar al Índice de Vulnerabilidad Territorial.

08 Jul 2019 Por Martín Dzienczarski

Cada vez que suena la bocina del tren acercándose, Marta Ruiz dice que siente terror. Además del miedo la invade un sentido de urgencia. En su casa de Villa Muñecas vive con tres hijos, dos nietos y su nuera. Todos salen corriendo y se paran en la calle: una línea de cuatro cuadras de casas se instaló junto a la vía y el tren pasa a menos de medio metro. Las paredes de la casa machimbrada de tres ambientes tiemblan seis veces por día, cada vez que las sacude una formación del Belgrano Cargas. Lo mismo sucede con las viviendas vecinas. Hace unos años había descarrilado un tren y, para fortuna de Ruiz, volcó hacia el lado en el que no está su casa. “Me da terror que se nos vengan encima los vagones o que se caiga la casa. Así que salimos, sin importar la hora o el clima, hasta que pase”, dice Marta, de 45 años. Así, todos los días desde hace cuatro años, cuando se trasladó ahí porque no tenía dónde vivir.

En ese sector de Villa Muñecas, grupos de vecinos instalaron sus casas formando una franja de viviendas -parte en terrenos privados y parte en una zona urbanizada- junto a las vías del tren, entre Israel (ex Viamonte) y el Pozo de Vargas (centro de inhumación clandestino durante la dictadura). La conexión de agua es precaria, no hay cloacas, no tienen recolección de residuos. Y viven demasiado cerca de las vías. Un sector está encerrado por un paredón que los separa de un terreno privado, como si fuera un ghetto. Por estas condiciones, la organización Techo colocó a Villa Muñecas como la segunda villa más vulnerable del país (dentro del universo censado).

En detalle

“El Índice de Vulnerabilidad Territorial nos permitió realizar un diagnóstico de las necesidades y condiciones de vida. Se realizó un esquema de 11 ítems a relevar, no sólo se trata de la propiedad del terreno donde se emplaza una casa de familia, sino también el acceso a líneas de colectivo o transporte, servicios, cloacas, recolección de residuos, alumbrado público, pavimento, escuelas, centros de salud, desagües, ingreso de ayuda en emergencias (ambulancias, policías o bomberos), y si viven cerca de factores de riesgo, como canales o vías del tren”, explica Maximiliano Muñoz, coordinador de Techo Tucumán.

“Se asigna un puntaje del uno al cuatro en cada ítem de evaluación y tras sumar el resultado y obtener la tasa, resulta una cifra que va indicando la vulnerabilidad”, agrega. Según el índice, la villa o barriada más vulnerable del país es La Frontera, en la localidad de Allen, de Neuquén, con el 3,5 de IDVT. Segunda está Villa Muñecas, al noroeste de San Miguel de Tucumán, con 3,47. Y tercera aparece Camino de San Andrés, en la ciudad de Córdoba, con 3,45.

“El objetivo de Techo es aportar una herramienta de trabajo para mejorar las condiciones de vida y que se comprenda la gravedad de la vulnerabilidad social. Para nosotros todos los asentamientos son críticos; no hablamos sólo de la definición de asentamiento en la que el 50% de la gente carece del dominio de su terreno, sino de la falta de acceso a servicios”, completa.

Referentes de otras organizaciones sociales y académicas que trabajan en el barrio explican que la situación de Villa Muñecas se repite en muchísimas barriadas de la provincia y que en muchas es inclusive peor (ver notas en página 5). Familias completas con derechos vulnerados: vivienda y condiciones dignas para vivir.

El riesgo

Villa Muñecas es un barrio grande que se extiende desde Pozo de Vargas, al límite de la avenida Francisco de Aguirre y el comienzo del canal Sur, hacia el este, hasta la avenida Israel (ex Viamonte). Limita con los barrios Echeverría y Aguas Calientes, a la altura de la calle Ramírez de Velasco.

Las zonas críticas son las más cercanas a las vías del tren y al canal. Algunos sectores están más urbanizados; otros son asentamientos con algunas décadas de antigüedad. Aunque corresponde a Tafí Viejo, los vecinos que viven al margen del nacimiento del canal Sur junto a una calle sin pavimento, apenas una huella, llamada Camino de Los Pocitos, también se consideran parte de Villa Muñecas. El camino es una calle de unas cuatro cuadras, paralelo a la avenida Kirchner (continuación de la avenida de las Américas en Lomas de Tafí). En los dos sectores, junto a las vías del tren y el canal, los vecinos piden lo mismo: vivir sin riesgos.

Junto a la vía del tren, Marta Ruiz tiene temor por las seis personas que viven en la casa. “Es horrible vivir acá, no se lo deseo a nadie. Pasan cinco o seis trenes al día. El primero a eso de las 7, el último a las 19. Todavía falta que pase uno más”, cuenta tomando mate en el patio. “Cada vez que siento la bocina salimos afuera de la casa. Al lado de la vía tengo las dos habitaciones, de los chicos y la mía. Vivimos con miedo”, continúa.

En esa zona no hay pavimento y la calle se vuelve un barrial con cada lluvia. Tienen luz y agua con conexiones precarias. Carecen de recolección de residuos: día a día cada familia le paga unos $ 50 a un vecino que tiene un carro a mano, levanta la basura y la lleva hasta un contenedor que coloca la Municipalidad para evitar que se genere un basurero clandestino.

Seguir adelante

Ruiz trabaja haciendo bollos y masas. Cuenta que ha intentado trabajar en limpieza, pero no podía dejar a sus hijos solos porque son muy chiquitos. Su ingreso fijo es la pensión por tener siete hijos. Comenta que le gustaría vivir en otro lugar, lejos del riesgo de las vías del tren, donde pueda tener una casa con más espacio. Pero a ella lo que le duele es la discriminación: “te miran de arriba a abajo cuando subís al colectivo. Somos discriminados. Cuando subís al 109 que entra a Lomas (de Tafí), la gente te mira de pies a cabeza. Somos diferentes a ellos. Marcan la diferencia, te sentís observado. A veces nos dicen cosas por lo bajo, que ‘los negros de m... ya suben al colectivo’, ‘tené cuidado’. Somos gente humilde, obvio, pero no andamos robando. Es un hormigueo desde adentro que aflora, sentís bronca, impotencia. No podés decir nada porque encima te dicen cosas peores. Hay que callarse. Agachar la cabeza y seguir. No importa que me traten de negra, de lo que sea, pero seguimos adelante”.

Marta reniega de la asociación generalizada entre pobreza y delincuencia, entre pobreza y adicción a las drogas y del rechazo por el lugar donde viven, la marca de la ropa que visten o su condición social.

En la casa de Ruiz, junto a otros vecinos y el apoyo de la organización Darío Santillán, funciona el merendero “Lucha y Esperanza”, que tres o cuatro veces por semana da la merienda a los chicos, en cuatro turnos. “Lo hago para no quedarme quieta y para ayudarnos entre todos”, apunta Marta, que le pasa un mate al Nene, un vecino amigo que la ayudaba con los bollos. No sólo hay merienda para niños ahí. “Doy apoyo escolar a los chicos que vienen, gratis. Hice hasta séptimo grado, pero aprendí un montón de cosas del secundario, así que ayudo a los chicos con la tarea o con lo que no entiendan. Y a algunos vecinos adultos que quieren terminar el secundario, también. Mi sueño era ser maestra. Ojalá algún día pueda terminar”.

Vivir al lado del canal

Junto al canal, a unas cuadras de la casa de Ruiz, se encuentra otro sector marginado de Villa Muñecas. Allí, Gladys Nieva (51 años, siete hijos) comparte los deseos de progreso. Ella vivía en la finca Sánchez, hasta que se trasladó al barrio hace 20 años.

“Mi marido se ha perdido en la estancia y nunca más se ha sabido de él. Me vine para acá con mis chicos. La casa es de mi hija, vivimos junto con sus tres nietos. Ella trabaja en el limón. Yo estoy enferma de diabetes y no puedo trabajar a ese ritmo. La artrosis me agarró fuerte en las rodillas”, cuenta Gladys. Ella cobra la pensión por los siete hijos, que junto a la Asignación Universal (AUH) que le corresponde a su hija y al salario de la cosecha del limón les permite acomodarse un poco. En octubre volverá a irse a cosechar papa, al sur.

“No nos alcanza para nada que no sea comer, no podemos comprar nada. De luz llegan $ 2.500, pero a veces hasta $ 5.000. Hay boletas que no pagamos”, agrega. La casa es una machimbrada con dos habitaciones. Las tablas (una línea de machimbre) están deterioradas, separadas por una luz. Además muchas están agujereadas. Entran el frío y la lluvia. Tiene agua por un caño precario, una manguera con la que comparte el servicio con otros vecinos.

“El terreno es de mi hermano, pero me dio permiso para que ponga la casilla aquí. Tenemos un terrenito al otro lado pero no tenemos nada para construir. Cuando llueve se inunda, o viene hasta el tope el canal y entran 10 o 15 centímetros de agua adentro. Además se moja todo. Ahora que hace muchísimo frío, en la habitación de mi hija y mis nietos ponemos unas sábanas o telas en el techo para que no sea tan frío”, narra.

Gladys hace el gesto con las manos, explicando cómo es el cielorraso de tela que hacen en las piezas para que el calor no se escape tan fácilmente. Duermen con un brasero. No dejan las puertas abiertas porque con los agujeros y la luz entre tabla y tabla consideran que se ventila lo suficiente para no intoxicarse con el monóxido de carbono. En las paredes internas, de machimbre también, se lee Alejandra, Tatiana y Rocío: los nombres de sus nietas escritos en la pared. Hay algunos dibujos. Caritas felices pintadas con felpa.

Nieva se acuerda de que en 2015 visitó el barrio el entonces candidato a gobernador, Juan Manzur, y afirma: “si me escucharan (los políticos) les diría que no le mientan más a la gente humilde. Nos dan esperanzas y nunca ayudan con nada”.

Sueños de progreso

A unas casas de distancia vive Simona Anaquín. Tiene 27 años y ocupa una casilla de machimbre junto a su marido y a sus tres hijos. El piso es de tierra. Están ahí desde hace cuatro años; compraron el lote y tienen el título del terreno. “Vivir al lado del canal es feo. Pasan a tirar basura, algunos son del barrio pero muchos vienen de otro lado. Pasan y tiran. No los dejo porque es un asco y además en verano nos tapan las moscas. Se nos pueden enfermar los chicos. No entiende la gente que esto puede hacer enfermar. Me revienta que tengamos que vivir al lado de la mugre de los otros”, comenta Simona. Ella cobra la AUH por sus chiquitos y su marido es vendedor ambulante. Vende bolsas de consorcio, repasadores y demás. La casilla es vieja, se agrietó la línea de ladrillos de la base y comenzó a inclinarse. Afuera, pegada a una de las paredes y al límite del borde del canal, está la mesada al aire libre con los enseres de cocina.

El sueño de Simona es contar con una casa donde estén cómodos. Que sus hijos terminen la escuela, que haya alumbrado público, que limpien el canal, que lo entuben, que no haya basura. “Me gustaría que los chicos estudien, así estén sentados dando órdenes y no paleando o cortando limón toda su vida. Que tengan qué comer. Que trabajen, que tengan su casa y ahí haya una pieza para cada uno. Yo espero terminar la escuela, estoy haciendo un curso de alfabetización”, comenta. Le hubiera gustado ser médica forense. “Ojalá pueda estudiar cuando mis hijos sean más grandes”, agrega. Al despedirse, su anhelo es el mismo del de sus vecinas: “vivir mejor”.

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