En momentos de crisis, los grupos misioneros son más que un puente espiritual

Cada vez son más los adolescentes y jóvenes tucumanos que se suman a estos movimientos.

17 Jun 2019 Por Karen Fernández

Cada vez son más los grupos misioneros que se crean en la provincia y eso demuestra las ganas que tienen los tucumanos de ayudar a los que más lo necesitan. La idea, que surge como un brazo extendido de la Iglesia Católica, con los años fue profundizándose para convertirse en un tarea netamente social y espiritual.

Los grupos Misioneros Lourditas se crearon hace 20 años en la provincia y quieren transmitir el mensaje de la Virgen de Lourdes en zonas con mayor vulnerabilidad social. Ahora son más de 200 jóvenes los que participan en estas actividades, lo que llevó a crear varios subgrupos que se reúnen por año de egreso de la secundaria. Hasta ahora son siete las agrupaciones que salen a misionar y cada una de ellas visita seis veces al año el mismo pueblo para hacer un seguimiento e involucrarse en el lugar.

“La formación de los Lourdistas empieza con los alumnos del colegio Sagrado Corazón desde quinto grado. Es un grupo optativo y la respuesta de los chicos es muy linda porque van una hora fuera del horario escolar a escucharnos hablar y querer ayudar al otro. Cuando egresan se pueden sumar más mujeres y chicos de otros colegios”, comentó Agustín Melano de 22 años. “La formación de esos chicos tiene que ver con lo religioso, pero más que nada les enseñamos cómo ser mejores en la sociedad, cómo salir al encuentro con el otro y ayudar desde la empatía. Hay que abandonar la burbuja que tenemos y que nos aleja de la realidad; es un desafío”, añadió.

FOTO GENTILEZA DE MISIONEROS LOURDISTAS

Estos grupos se reúnen una vez a la semana en el colegio ubicado en 25 de Mayo al 600. “El objetivo es ir al encuentro a través de nuestra propia vida y llevar a Cristo que nos envía. También vemos qué necesidad podemos ir supliendo de la gente que visitamos. Nuestro objetivo es llegar a personas que están alejadas de la sociedad, en periferias sociales. Vamos a prestarle el oído, nuestro mayor aporte es por el lado espiritual y humano”, explicó Facundo López Guzmán, de 24 años.

Ritmo de misión

“En una misión nos instalamos en cada pueblo y nos interiorizamos con reflexiones porque para encontrarte con el otro, hay que encontrarse a uno mismo. Después hacemos visitas, casa por casa, donde muchas personas nos reciben y nos invitan a pasar, otras nos atienden en la puerta y otros ni siquiera atienden. Tratamos de visitar a todo el pueblo, a todas las casas que podamos”, continuó López Guzmán.

“La gente cambia mucho cuando las visitas se vuelven costumbre. Hay personas que no son creyentes y piensan que nuestro mensaje no podría ayudarlos, nosotros vamos a prestar nuestros oídos. Las personas se terminan enamorando de nuestro mensaje, porque nadie le había explicado de qué se trata ser misionero. Esa respuesta que tenemos es nuestro motor a seguir”, contó Melano.

"Somos un grupo de amigos que hace algo distinto", es el lema de estos misioneros.

El hecho de visitar durante años el mismo lugar genera vínculos fuertes con las personas de la localidad y los misioneros. “Fui a visitar una señora con muchos problemas de salud, estuve dos horas en su casa; tenía mucha necesidad de ver gente. Cuando nos fuimos lloraba, pero después me llamaba por teléfono y hablábamos. Cuando vino al hospital la fuimos a visitar. Muchas veces pensamos que lo único necesario es lo material; esta señora necesitaba sentirse querida y escuchada. Compartimos como si fuera nuestra abuela. La alegría que ella tenía también era nuestra”, recordó López Guzmán.

FOTO DE FRANCISCO MORENO

“Nosotros misionamos con 40° de calor y en el pueblo donde voy siempre había un señor que no nos abría nunca la puerta. Un día estábamos a punto de pasar de largo pero aplaudimos igual, el señor salió y por primera vez nos hizo pasar. Todo el mal humor de ese señor se fue transformando en una sonrisa. Nos pidió que volvamos y que no nos olvidemos de él. Vimos el fruto de lo que logramos en tan poco tiempo. Demuestra que lo que hacemos es necesario y ver que le cambiaste el día a esa persona es algo hermoso”, agregó Melano.

Estos jóvenes, que crearon el grupo hace 20 años, nunca se hubiesen imaginado llegar a formar un espacio con 200 personas dispuestas a ayudar. Fue tal el éxito que crearon una misión multitudinaria a la que llamaron “Lourdazo”. Así, misionan en el pueblo Las Cejas (al límite con Santiago del Estero) una vez al año. “Quisimos sumar un pueblo a nuestra comunidad y que los chicos de los distintos grupos se conozcan. Necesitamos de todos: las pilas de los más chicos y la experiencia de los más grandes”, contaron.

FOTO DE FRANCISCO MORENO

Mismo mensaje, distintas formas

El Proyecto Emmanuel surgió en 2013 para que chicos de la capital tengan contacto con otras realidades de la provincia. Se reúnen en el colegio Tulio García Fernández. “Quería que mis alumnos puedan descubrir la riqueza que tiene el otro, y no hablo de cosas materiales. Los invité en Navidad a San Rafael, un pueblo de Lules. Primero fuimos con la excusa de llevar cosas materiales a la gente que lo necesitaba”, explicó Luis Crisanto, profesor y fundador del proyecto.

“Nos dimos cuenta que con nuestra presencia podíamos ayudar también y cambió el propósito de visitar periódicamente este pueblo. Llevamos otro tipo de propuestas: hicimos un bingo, pesebre viviente, feria de ropa y seguimos llevando mercadería. Pero por sobre todo se destacan las actividades en donde compartimos con la gente del lugar”, continuó.

Por visita van aproximadamente 60 chicos y cada año se suma gente nueva. Su misión más importante es en Navidad. “Nos mueve la motivación de hacer algo distinto, y conocer gente. También una motivación espiritual, todas las personas tenemos una búsqueda interior, de algo que no nos deja conformes. Así, muchas personas encuentran lo que estaban buscando aunque cuando fueron a la misión no sabían qué es. Estas experiencias son transformadoras, cuando volvemos se genera un cambio en los chicos, empiezan a valorar más y abren la mente”, reflexionó Crisanto.

Manos misioneras

- Jóvenes misioneros compartieron a LA GACETA, su experiencia en cada visita. “Misiono hace más de dos años y nunca dejaría de ir. Se formó un grupo de amigos. Lo que doy es poco a comparación de lo que recibo; es increíble el amor que brindan los niños. Mi motivación es una sonrisa, un abrazo sincero, cosas mínimas que transmiten mucho”, contó Ailen Bulacio (19).

- “Sin mí grupo no sería nada, son mi familia. Voy hacer nueve años. Mi primera misión fue después que perdí a mí papa y en una visita me crucé con una familia en la misma situación; me tocó ser ese hombro y abrazo que ellos necesitaban; nos curamos mutuamente”, reflexionó Lourdes Pérez (24).

- “Mi grupo es mi cable a tierra y a la vez me forma como mejor persona, me hace ver otras realidades. Empecé porque iban mis amigos pero me termine súper prendiendo en esto”, recordó Rodrigo García Pinto (21). 

FOTO DE LUCIA MAINARDI

- “Mis mejores amigos son gracias al grupo. Me motiva la alegría, el amor y las cosas que se pueden lograr”, aseguró Valentina Casadey (21).

- “Entregar nuestro tiempo para ayudar a los que nos necesitan, no solamente en lo material sino también en lo afectivo, es un sentimiento que no se puede explicar en palabras. Muchas veces creemos que no tenemos nada para dar pero el simple hecho de entregar nuestro tiempo es un acto de amor increíble”, aseveró Agostina Vitale (18).

- “Lo que se vive en una misión no se lo vive en otro lado, me gusta desactivarme, desconectarme de mi realidad y entregarme al otro. Cuando misiono siento que la gente me da mucho más de lo que yo puedo llegar a darles. Desde mi primera misión dije que esto es lo que quiero hacer, esto es para mí”, reflexionó Belén Martínez (19).

- “Me pone feliz ver las caras de alegría de las personas cuando hago cosas tan sencillas como dar un poco de mi tiempo para hacer algo por ellos”, precisó Facundo Torres Gómez (20).

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