Los excluidos, con escasas chances de integración

26 Abr 2019 Por LA GACETA

El analfabetismo, la falta de oportunidades laborales que permitan vivir dignamente, la desigual distribución de la riqueza, la exclusión social, son algunas causas de la pobreza que oprime a cada vez más argentinos. En Tucumán, está a la vista especialmente en los barrios periféricos de la capital, pero también en los indigentes que pernoctan en la calle o en los chicos que deambulan por los bares pidiendo plata.

Hay personas que pese a las numerosas adversidades que afrontan a diario no bajan los brazos, como Fabiola, una recicladora urbana que vive de recolectar vidrio, cartón, botellas de plástico, cuya historia contamos en nuestra edición de ayer. La señora de 39 años, madre de 10 hijos, vive en el barrio Jerusalén, de Alderetes. Todos los días camina 40 cuadras mientras va recogiendo en su carrito los residuos que le puedan servir para vender después. Luego se dirige con lo recolectado al galpón de Blas Parera al 500 donde trabaja con otros recicladores. Uno de sus hijos padece un trastorno hereditario, que produce malformaciones en cara, pies, órganos y también retraso mental y madurativo, dificultad para alimentarse, hiperactividad, hasta síntomas de autismo y depresión. Su hija más chica tiene el mismo mal. Solo dos de sus chicos van a la escuela. Iván, de 12 años, quedó en 4° grado y hace dos años que no va a clase; le han retenido la libreta y Fabiola no lo puede inscribir en otra escuela. Cristina, de ocho, no conoce una escuela y tampoco tiene documentos de identidad.

La pobreza se está profundizando. Miles de argentinos son víctimas de esta “enfermedad mortal”, señaló la Organización Mundial de la Salud. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), la desocupación aumentó al 9,1% y el índice de pobreza llegó al 32%. La brecha entre los sectores más ricos y más pobres se hizo más evidente durante el último año. El 10% de los hogares más ricos del país concentraron en 2018 el 32,3% de los ingresos, mientras que el 10% más pobre de la población argentina alcanzó apenas el 1,6%.

Hace un par de años, el catedrático de la Universidad de Bristol, David Gordon, que visitó Tucumán en septiembre de 2017, afirmó que la pobreza no es una ley de la naturaleza ni un designio de Dios, sino que suele obedecer a la falta de voluntad política y de medidas adecuadas para vencerla. “Derrotar la pobreza implica ayudar a mejorar la vida de la gente que está en el fondo de la sociedad”, dijo. Agregó que es necesario, en primer término, asegurarnos de que los ciudadanos accedan a los servicios de la seguridad social y la salud. “Necesitamos trabajos con salarios razonables y educación para niños y adultos. Hace falta capacitar a la población para que pueda trabajar y percibir una remuneración y de ese modo, salir de la pobreza”, dijo Gordon.

No solo se trata de pobreza, sino también de su contexto: la exclusión social. ¿Cuántas Fabiolas hay en Tucumán, cuyas familias se hallan fuera del sistema educativo y de salud, y carecen de posibilidades de ser integradas? ¿Cómo crecerán sus descendencias y qué futuro tendrán si carecen de buena alimentación y de todo?

En este contexto se están desarrollando las campañas electorales en las que no se mezquina ni un peso para promocionar promesas que casi nunca se concretan, una realidad penosa que refleja que en Tucumán una buena parte de la clase dirigente es próspera, mientras un sector importante de la población vive en la pobreza o en la miseria.

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