Pasa el tiempo y la consecuencia es inapelable: cada vez menos tucumanos saben que el aeropuerto operaba a un puñado de cuadras de la plaza Independencia. Puede que algunos se pregunten sobre la funcionalidad de la estructura vidriada que se aprecia en el edificio de Brígido Terán al 300, inadvertidos de que se trata de la antigua torre de control. Así suele escribirse la historia de las ciudades. En el caso de Tucumán los vaivenes urbanos son tan oscilantes que van desde la desidia (asociada con la piqueta) a lo insólito, como fue la conversión del viejo aeropuerto en escuela y conservatorio de música. Nunca fue un edificio adecuado para ese propósito, pero la excusa de la emergencia permanente todo lo justifica.
Por estos días el conservatorio vuelve a ser mala noticia, en este caso por el ingreso de ladrones que provocaron desmanes y se llevaron toda clase de elementos. No es la primera vez que sucede. El episodio refleja tal estado de indefensión que explica por qué los estudiantes se llevan los instrumentos a casa en lugar de guardarlos en los salones de clase. Aunque a veces no es suficiente protección, porque los alumnos son asaltados en las paradas de colectivos. De una u otra forma, los instrumentos terminan en manos ajenas.
No hay que olvidar que el conservatorio funciona “de manera provisoria” en el ex aeropuerto. Así lo especificaron las autoridades del Ministerio de Educación en 2008, cuando la mudanza se concretó a las apuradas. ¿El motivo? La centenaria sede de San Martín 1.049 se caía a pedazos y transitar por cualquiera de sus 27 habitaciones equivalía a jugarse la vida. Aquella promesa cumplió 10 años y ya se la llevó el viento, porque la casona de la calle San Martín sigue en el mismo deplorable estado, clausurada y con riesgo de derrumbe. Los vecinos dan cuenta del fluido movimiento de roedores que propicia y una leyenda urbana consigna que en su interior hay 15 pianos abandonados.
“Hicimos muchas obras para mejorar la institución”, le dijo Gabriela Canevaro a LA GACETA. Directora del conservatorio desde 2017, ella detalló el raid que completaron los ladrones dentro del edificio y sostuvo que los destrozos se debieron a que buscaban dinero. Pero a nadie se le ocurre dejar efectivo en un edificio que es carne de cañón. Canevaro solicita que desmalecen la zona aledaña a la avenida Wenceslao Posse, un campo de matorrales que funciona como plataforma de lanzamiento para toda clase de atracos.
Hay numerosas medidas de forma que resultan imprescindibles para que los más de 700 alumnos y el personal que trabaja en el conservatorio vivan en paz, básicamente referidas a la seguridad y a las mínimas condiciones de confort que requieren los que enseñan y los que aprenden. La cuestión de fondo es otra melodía y por demás contundente: no es el lugar apropiado para que funcione un conservatorio. Esto ya se dijo en múltiples ocasiones.
A medida que pasaron los años el edificio fue parchándose al compás de lo que requiere cada cátedra, pero la calidad acústica es un bien inalcanzable por la sencilla razón de que se lo construyó para albergar pasajeros, no pentagramas. Y no puede ser sometido a modificaciones estructurales porque lo cobija la Ley de Patrimonio.
La sensación es que pronto el conservatorio volverá a ser motivo de dolores de cabeza para la comunidad educativa, a la que le sobra buena voluntad pero le faltan recursos para implementar las soluciones necesarias. Por su historia y características el edificio sólo podría ser un museo de la aeronavegación tucumana. No mucho más.








