1929: la primera fuga del penal de Villa Urquiza

22 Ene 2019 Por Manuel Riva

La cárcel con sus altos muros, como un castillo inexpugnable, se presentaba a la vista de los ocupantes del vehículo. La edificación se recortaba sobre cañaverales y pajonales. Dos caminos de tierra que conducían hacia sus puertas, algunas viviendas desperdigadas y las plantaciones eran el único rastro de la presencia humana en la zona.

El penal apenas había alcanzado el año de vida, se lo estaba aprestando para su función primordial: alojar a los presos de la viaja cárcel, que había quedado chica. Ya se había superado la mitad de enero de 1929. Estamos en Tucumán. Y estamos hablando del, hoy ya viejo y abarrotado, penal de Villa Urquiza.

La construcción primordial, muros, almenas o garitas y las edificaciones interiores habían sido concluidas hacia fines de 1927. Durante 1928 se estuvieron realizando los trabajos finales en las instalaciones de servicios comunes al penal.

Llegamos al 19 de enero de 1929 y según el relato de nuestro diario: “eran las 7, salió del viejo edificio de la cárcel Penitenciaria, con rumbo al nuevo local del establecimiento, un grupo de penados que bajo la acostumbrada vigilancia viajó en la ambulancia celular. Este viaje es realizado diariamente por varios recluidos que colaboran en la tarea de llevar a cabo en el nuevo edificio que se levanta en Villa Urquiza las instalaciones que la pondrán en condiciones de ser ocupadas en un corto lapso”.

Cómo ocurrió

Aquel día se produjo un hecho histórico: la primera fuga en la historia del penal. Bajo el título “Inauguraron las fugas de la nueva cárcel penitenciaria”, nuestra crónica de hace 90 años informaba, con lujo de detalles, el accionar de los reos, que aprovechando un descuido de los guardias, se fueron del penal descolgándose por una soga y luego por una rudimentaria escalera hecha con una vara y palos cruzados. Aunque los fugados fueron apresados después, el hecho generó preocupación entre los tucumanos.

Según nuestro cronista habían sido trasladados ocho detenidos desde la cárcel ubicada en la esquina de avenida Sarmiento y 25 de Mayo (que luego fue sede policial y ahora, detrás de ella puede verse el imponente edificio de la Legislatura) hacia la nueva construcción. Eran Estanislao Gramajo, José Cantalucci, Silvano Gramajo, Moisés Gramajo, Ramón Caravajal, Juan Pardo, Manuel Ocampo y Manuel Reyes Pérez. Los penados ingresaron en el edifico para cumplir su trabajo. La vigilancia estaba a cargo de 10 policías y dentro del penal, de personal del cuerpo de bomberos.

EL LUGAR DEL ESCAPE. La soga y la escala improvisada que utilizaron los prisioneros para dejar la cárcel podían verse en el muro norte.

Apenas iniciada la jornada laboral ya se notaron ciertos descuidos por parte de los guardias. Cada uno de los recluidos tenía una zona de trabajo preestablecida. Pero uno de ello, Ocampo, siguió “a un albañil que colocaba mosaicos en la usina, pero ya no tenía trabajo porque la tarea había finalizado anteayer a medio día”. De tal manera que el hombre había desaparecido casi desde el inicio de la jornada y nadie se había percatado de ello. Como a las 11 se detuvieron los trabajos para ir a almorzar. Los detenidos quedaron “en un patio entre el pabellón de administración y la cocina, donde permanecieron sin ninguna vigilancia”. Los guardias se fueron a comer y los dejaron solos. Una serie de eventos desafortunados, o no, se unieron para que se dé la fuga. Los presos maniobraron a sus anchas pero no todos, unos se acostaron para descansar mientras otros “llevaban a cabo una actividad muchos más importante: trasponían los muros de la cárcel”.

Descubren la fuga

Terminado el almuerzo y cerca de las 13 fueron llamados todos los reos para que vuelvan a sus tareas. Regresaron sólo cuatro de los ocho. “Interrogados los que se apersonaron, no supieron dar datos sobre el paradero de sus compañeros y recién entonces se apoderó de los guardianes la sospecha de que se habían fugado los penados Moisés Gramajo, Pardo, Ocampo y Reyes Pérez que a pesar de la prolija búsqueda no fueron encontrados en el establecimiento”, continuaba el relato periodístico.

Se disparó la alarma, se movilizaron los guardias y otros efectivos policiales para buscar a los fugados. Tras varios minutos tratando de localizarlos dentro del presidio, salieron del predio. En una recorrida por los alrededores “un soldado que recorría el murallón, encontró en la parte norte, a 80 metros de la esquina noroeste y muy próxima a una garita, un palo de regulares dimensiones, con varios travesaños, de los que se utilizan en las obras que se realizan en el penal, y una delgada soga, enlazada a una de las almenas que coronan el muro”.

En el paredón también se podían ver los rastros dejados por los evadidos.

CUATRO EVADIDOS. La cárcel aún no funcionaba a pleno y de los ocho reos que trabajaban allí la mitad dejó el penal sin que nadie se diera cuenta.

Sin teléfono

Al descubrirse aquellos elementos la preocupación aumentó y se dio la alarma al jefe del penal, el mayor Justo de la Vega. Cabe destacar que todo debía ser comunicado personalmente ya que la cárcel todavía no tenía teléfono.

Los guardias fueron detenidos, incomunicados y alojados en el cuartel de bomberos hasta que se pudiera determinar lo que ocurrió. La investigación concluyó que la fuga se había producido poco después de las 12, porque poco antes había pasado por el lugar donde se encontraron la soga y la vara el propio director del penal, que no había visto nada.

La duda de los investigadores estaba a dirigida a tratar de saber por qué no se habían fugados todos. Llamaba la atención que Cantalucci (un italiano que estaba condenado por un homicidio a más de 10 años de cárcel) no se hubiera fugado aun teniendo el tiempo suficiente para hacerlo.

Nuestra crónica agregaba: “la mayoría de los penados, al ser interrogados, manifestaron que no lo hicieron porque no estaban enterados de los planes de los evadidos. Cantalucci, por su parte, se mostró pesaroso de no haber aprovechado esta oportunidad tan propicia para recuperar su libertad”. El italiano mereció una apartado especial ya que expresó: “¡Pensar que mientras yo dormía la siesta ellos se fueron! ¡Si yo lo hubiera sabido...!”. Luego continuó con su tarea “como queriendo olvidar la oportunidad perdida”.

Las penas que cumplían los evadidos era disímiles y por ello vale recordarlas ya que los pesquisas no entendían por qué se habían fugados si les faltaba tan poco tiempo para cumplirlas.

Ocampo, un albañil casado, cumplía una condena de 12 años que se completaba el 26 de octubre de 1938. Este era el que tenía la pena más larga.

Gramajo tenía una condena a cuatro años que se cumplía el 26 de julio de 1931. Pardo, un jornalero soltero, registraba varios ingresos: dos veces en 1925 y tres en 1927, el último había ocurrido el 22 de noviembre por hurto y lesiones, por lo que fue condenado a dos años de reclusión que se cumplían el 20 de noviembre de 1929.

Reyes Pérez también registraba antecedentes por robos y estaba cumpliendo una condena a tres años por hurto, que se cumplía el 3 de abril de 1929.

De los cuatro fugados fueron apresados dos a pocas horas de haberse evadido. Para arrestar a los otros dos hizo falta un par de jornadas. Poco antes de las 17 del día de la fuga, efectivos del Escuadrón de Seguridad “detuvieron en el camino a Tafí Viejo a los prófugos Gramajo y Reyes Pérez que se encaminaban en esa dirección”.

A los otros dos las primeras pistas los ubicaron en la zona de Las Moritas y los efectivos los localizaron en las cercanías dos días después.

FUGA FRUSTRADA. En la misma noche del escape se descubrió un boquete en un pabellón del viejo penal de avenida Sarmiento y 25 de Mayo.

En la vieja cárcel

Por otro lado, en la noche del día de la fuga y ante la alerta lanzada, se aumentaron las medidas de seguridad en el viejo penal de la avenida Sarmiento. Debido a ello se descubrió un gran boquete por el que se iban a fugar unos 16 presos del pabellón N° 6. Allí estaba alojada la mayoría de los condenados y unos pocos procesados.

El líder del intento de fuga era un reconocido personaje de la época, Andrónico Álvarez, que estaba alojado allí desde hacía varios años debido a asaltos y ataques violentos. El mismo Álvarez reconoció la existencia del plan de fuga y entregó las herramientas con las que se había trabajado para realizar el boquete.

Esta era la mitad del plan ya que una vez fuera del pabellón debían realizar otro boquete en la enfermería para de allí, por un baño, dejar el penal.

Este intento frustrado hizo que el cronista destacara la “necesidad de que la Cárcel Penitenciaria sea trasladada cuanto antes al nuevo local ante la inminencia de la repetición de hechos de esta naturaleza, que indican que el viejo local carece de toda seguridad”.

Sorpresa

Volviendo a la fuga del penal de Villa Urquiza y bajo el título “La inauguración de las fugas” se expresaba: “una noticia inesperada nos fue transmitida ayer a nuestra redacción, provocando en todos los rostros gestos de incredulidad: ¿una fuga en la cárcel nueva? ¡Imposible! ¿Acaso no reúne el maximun de seguridad, con sus paredones infranqueables y su sistema celular, que son la mejor garantía de seguridad?”.

Se agregaba: “cuatro recluidos, cuya mayoría cumple cortas condenas, habían inaugurado, en pleno día, las fugas de la cárcel que parecía modelo de seguridad”. Se finalizaba diciendo: “ha sido una fuga inaugural que constituye para muchos de los que incuban en la soledad de la celda sus planes de evasión, un augurio de éxito en el nuevo establecimiento”.

Esta nota fue anteriormente contenido premium y sólo accesible para suscriptores.

 

En Esta Nota

Villa Urquiza
Comentarios