Se resistió a ser gobernador - LA GACETA Tucumán

Se resistió a ser gobernador

El hacendado José Manuel Silva no tuvo más remedio que aceptar el mando en 1828, y poco después lo derrocó un motín militar.

23 Dic 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

En un día como hoy, hace 170 años, conmovió a la ciudad la muerte de don José Manuel Silva. Era uno de los personajes más importantes de Tucumán en la primera mitad del siglo XIX. Ha llegado hasta nosotros su figura, gracias a que el francés Amadeo Gras lo retrató, así como a su esposa, en 1834. El óleo muestra a un hombre de rostro severo y distinguido, con abundante pelo oscuro y ancha patilla. Viste con cuidado: levita, chaleco cruzado, cuello muy alto ceñido por el corbatón blanco, botones de oro en la impecable camisa.

Nació en 1773. No se cuenta con demasiadas referencias sobre sus primeros años. Debió ser un hombre educado, como lo revela su letra. Se sabe que se dedicó con éxito al comercio, y que en 1808 hizo un casamiento relumbrante con doña Tomasa Zavaleta, hija de don Clemente Zavaleta y de doña Dolores Ruiz de Huidobro. El acaudalado suegro sería “protector” de la fábrica de fusiles que instaló Belgrano en Tucumán y gobernador por breve tiempo, en 1822.

Quesos y cargos

Llegaría a tener Silva una de las fortunas considerables de la provincia. Era dueño de numerosas propiedades urbanas y de establecimientos ganaderos en el valle de Tafi, en El Manantial y en La Cruz, departamento de Burruyacu. Desde su estancia tafinista, fue el principal propulsor de la industria quesera. En 1817 llegó a colocar en Buenos Aires buena cantidad del famoso “queso de Tafi”, por medio del comerciante Miguel Ambrosio Gutiérrez. Por una carta a éste, se sabe que la operación representaba casi 1.100 pesos. “Amigo, hemos puesto una pica en Flandes con esta venta”, le escribía entusiasmado don José Manuel. El 25 de mayo de 1810, estaba accidentalmente en Buenos Aires. Desde allí escribió, a Gregorio Aráoz, una carta –varias veces publicada- reveladora de su impresión sobre esos sucesos.

LA FIRMA. La clara y ágil letra de Silva revelaba a un hombre de cierta cultura

Se plegó sin vacilar a la revolución: un acta capitular de 1812 lo incluye entre los “vecinos conocidamente patriotas”. Pasaron los años y llegó la dura época de las guerras civiles. Silva, que era regidor del Cabildo desde 1813, fue elegido Alcalde de Segundo Voto en 1823. Se había desempeñado, en 1820, como administrador de la Renta de Correos. De 1824 a 1825, fue diputado a la Sala de Representantes. Este último año lo designaron Juez de Alzadas, cargo al que pronto dimitió.

Una negativa

En 1828, la Sala lo designó gobernador interino, y luego, el 27 de abril, lo ungió gobernador en propiedad, por “votación que resultó canónica”, dice el acta. Una comisión de tres diputados le comunicó “el destino a que era llamado por el voto general de sus conciudadanos”. Pero Silva no quería desempeñar la función. Manifestó a la comisión que “reiteraría su renuncia, multiplicando en ella los motivos que tenía para hacerla”.

Enterado el cuerpo, un diputado manifestó que la Sala “había detenidamente examinado los pormenores que contenía la respuesta interpuesta por el señor gobernador interino”; y que esos pormenores, “puestos en contrapeso a los que la Sala tenía en consideración para nombrarlo propietario, pesaban menos. Porque era innegable que no estaba reservado a ningún ciudadano hacer sacrificios cuando lo demandaba el bien público”. Y que “siendo este el espíritu que animaba a la Sala”, creía “inútil que el señor Silva reiterase su renuncia”.

El gobernador

No tuvo más remedio Silva que aceptar. Juró, por Dios y los Santos Evangelios, que desempeñaría el cargo “fielmente con acuerdo a las leyes”. Dijo: “Cumpliré y haré cumplir las instituciones de ella y la Constitución que se sancionase por el Congreso Nacional … y protegeré, sostendré la Religión Católica como única de la provincia, y defenderé y conservaré la integridad de su territorio con arreglo a las leyes actuales que la rigen y a las que estableciese la Constitución del Estado”.

JOSÉ MANUEL SILVA. El pintor Amadeo Gras lo retrató a su paso por Tucumán, en 1834

Designó ministro a un distinguido sacerdote, el doctor Lucas Córdoba. Una amnistía general para los desterrados, fue uno de sus primeros decretos de gobernador. También creó la “Suprema Cámara de Justicia” y el Departamento General de Policía, además de instar a la Sala a estudiar detenidamente la deuda provincial.

Derrocamiento

De todas maneras, el horizonte del país y de la región estaba cargado de negros nubarrones. En noviembre de 1828, en carta al gobernador de Santiago, decía Silva que las agitaciones no cesaban en la provincia, y que “era evidente que un gobierno apoyado en la fuerza moral, no está sujeto a las vicisitudes del que únicamente cuenta con la fuerza física: pero es preciso confesar que, en un país desmoralizado, las dos son necesarias”.

No se detuvieron las turbulencias que deploraba. El 13 de diciembre de 1828 (el mismo día en que, en Buenos Aires, Juan Lavalle fusilaba a Manuel Dorrego), el gobernador Silva descubrió una revolución a punto de estallar. No pudo evitarla. “Con un magistrado como Silva, honrado y deseoso de dejar el poder, todo movimiento revolucionario tenía muchas posibilidades de triunfar”, dice Paul Groussac. Así, “un simple motín popular, dirigido por jefes militares puestos por él, acarreó la deposición”.

La Liga del Norte

Una asamblea popular nombró, el 5 de enero de 1829, como reemplazante interino de Silva, a Manuel Lacoa, miembro hasta hacía poco de la Sala y “editor responsable de la revolución”. Groussac lo retrata sarcásticamente. Era, dice, “un militar boliviano que sirvió a las órdenes de Tristán contra los patriotas, viniendo con él a Tucumán: fue hecho prisionero por un gaucho, que lo enlazó como a una res. Pareciéndole estos una predestinación, se casó con una viuda tucumana”. Detrás del cuartelazo de Lacoa estaba el coronel Javier López, quien poco después asumiría personalmente el poder.

Desde entonces, Silva se apartó de la política. Pero no dejó de adherirse, en 1840, a la Liga del Norte contra Rosas, en cuyos cuadros directivos revistaban su hijo Brígido Silva y su yerno Marco Avellaneda. La adhesión fue material y no personal: ya llegaba a los 70 años. Derrotada la coalición en 1841, en la batalla de Famaillá, fue incluido Silva en la lista de “salvajes unitarios”. El 17 de noviembre, sus propiedades fueron embargadas por los oficiales del nuevo gobernador rosista, general Celedonio Gutiérrez.

La casa de Silva

El tiempo fue tranquilizando las cosas. Silva había edificado, a fines de la década de 1830, su nueva vivienda, de dos plantas, en la primera cuadra de la “calle de la Matriz”, hoy Congreso. Exponente menor de la arquitectura de corte neoclásico que empezaba a abrirse paso, ha quedado en pie hasta nuestros días la mitad de ese edificio, hoy sede del Museo Histórico Provincial “Nicolás Avellaneda”. Cuentan que la llamaban “la casa de las cien puertas”, porque inicialmente tenía esa cantidad de aberturas.

La casa de Silva era el centro de sociabilidad de la época. Groussac la recuerda como “alegría del barrio”, por la cantidad de mujeres que allí residía. En efecto, el matrimonio Silva-Zavaleta había tenido veinte hijos en total, de los que sólo diez llegaron a la edad adulta. Las nueve mujeres se casaron todas con importantes personajes: el doctor Marco Manuel de Avellaneda, el “mártir de Metán”; los gobernadores Juan Manuel Terán y Agustín Justo de la Vega; los industriales Manuel Posse y Justiniano Frías; los hacendados Sisto Terán, Lucas José Zavaleta y Eugenio Chenaut, y el fuerte comerciante porteño Bernabé Ocampo.

En cuanto al único varón, Brígido, falleció soltero y exiliado en Copiapó, con lo que el apellido se extinguía por línea de varón. Para evitarlo, lo conservarían dos ramas de sus descendientes, los Frías Silva y los Posse Silva.

Importante donación

Don José Manuel Silva murió el 22 de diciembre de 1848. Pocos días antes, había redactado un minucioso testamento. Disponía allí, entre otras numerosas mandas, que “de dos cuadras que tengo de tierra en las inmediaciones al Poniente de esta ciudad, dejo una para que allí se haga un cementerio”, además de legar una suma de dinero para la respectiva construcción.

Seis años después, por decreto del 19 de diciembre de 1854, el gobernador José María del Campo resolvió crear un nuevo cementerio, el hoy llamado “del Oeste”. Le fijó “un área de una cuadra” y estableció que “se preferiría, para plantearlo, un terreno de propiedad pública, sirviéndose para los primeros gastos del dinero y además de la donación hecha para este objeto por el piadoso y benemérito ciudadano don José Manuel Silva”.

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