Promesas del Bicentenario que aguardan su concreción

27 Noviembre 2018

Es la expresión de la voluntad de dar a alguien o hacer por él algo, también el augurio, indicio o señal que hace esperar algún bien. La promesa es una de las palabras predilectas de nuestra clase dirigente que ocupa un espacio de poder, especialmente cuando se halla en campaña electoral. Lo interesante sociológicamente que es que cada postulante suele prometer en estas circunstancias “más y mejor” que su adversario. “El más lento en prometer es siempre el más fiel en cumplir”, sostenía Jean-Jacques Rousseau, mientras que François de la Rochefoucauld afirmaba: “prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores”.

Hace más de dos años, en oportunidad del bicentenario de la Declaración de la Independencia se escucharon renovadas promesas, bañadas de un espíritu patriótico, que invitaba a creer. Las largas y enjundiosas oratorias de muchos de nuestros dirigentes instaron a trabajar conjuntamente tras un objetivo común otras se refirieron a lograr la unión, hacer realidad el patriotismo, así como el respeto por el otro o dignificar los cargos públicos. En el XI Congreso Eucarístico Nacional que tuvo sede en nuestra ciudad días antes del 9 de julio de 2016, las homilías y discursos tuvieron un tono crítico respecto de los hechos de corrupción, y se apeló a una reconciliación que lograra cerrar la llamada grieta social. “Para la sociedad actual, marcada por tanto egoísmo, por la especulación desenfrenada, por tensiones y contrastes, por tanta violencia, la Eucaristía es una invitación a la reconciliación, a la solidaridad y al compromiso con los pobres, con los ancianos, con los sufrientes, con los pequeños y los marginados”, expresó en esa ocasión el enviado papal.

En la revista “Pasado mañana”, que LA GACETA editó el 9 de julio de 2016, chicos tucumanos de distintas edades opinaron acerca de cómo veían el próximo tricentenario: “en el 2099, ya nadie tendrá plata ni casa y acabarán viviendo todos bajo tierra”; “todas las noches habrá guerras entre policías y delincuentes, mientras la gente se mantendrá encerrada en sus casas viendo cómo se desmorona la sociedad”; “espero que cada político vea por el bien del pueblo, no de ellos mismos, que se ocupen de llenar estómagos, no sus bolsillos”. Algunos adultos aspiraron que tengamos gobernantes honrados, que ningún tucumano pase hambre; que si de una vez por todas, los políticos cumplen las promesas de lo que van a hacer, progresaremos todos. Otros desearon paz, mejor calidad de vida, vivir en armonía y prosperidad.

Han transcurrido 28 meses de aquel aniversario, pero muy poco ha cambiado. La desunión se ha profundizado, conciliar posiciones opuestas en pro del bien común parece una utopía; se ha incrementado la desigualdad, el desempleo, la inseguridad y por ende, la violencia, así como el consumo de sustancias ilegales. En Tucumán la carencia de centros para el tratamiento de adictos sigue siendo alarmante-; las mafias vinculadas con la droga han ganado un grave protagonismo público; obras de infraestructura importantes para evitar nuevas inundaciones en el sur de la provincia están aún pendientes; la concreción del dique Potrero del Clavillo es una ilusión desde la década del 70. Las peleas entre funcionarios locales y nacionales están a la orden del día. Lo cierto es que con promesas no se construye el progreso. “Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”, decía Francisco de Quevedo y Villegas.

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