Se podría enriquecer la oferta del Museo de la Ciudad

27 Octubre 2018

En octubre de 1968, el arquitecto José María Peña fundó, en el barrio de San Telmo de Buenos Aires, el “Museo de la Ciudad”. Era el primero que se inauguraba en el país y adquirió rápida fama. Estaba constituido primordialmente por objetos: “desde mosaicos de veredas hasta molduras de casas que se demuelen; es decir, todo lo que a nadie parece importarle y que sin embargo es muy importante”, como declaró Peña a LA GACETA, en una visita que hizo a Tucumán.

Sostenía que no solo lo “colonial” era valioso, sino también todo lo que en el siglo XX integraba el ajuar de las viviendas de todas las clases sociales, de las casas de comercio y de las oficinas públicas. Los visitantes podían apreciar desde sillas viejas hasta rejas de balcones, planchas de carbón, además de vestidos, abanicos, zapatos, muebles, y un infinito etcétera.

Esas apreciaciones pueden consignarse, a propósito de la “Casa Museo de la Ciudad”, que inauguró la Municipalidad de San Miguel de Tucumán hace pocos meses. El inmueble, felizmente rescatado de la piqueta por compra de la Comuna, está en excelentes condiciones y muy bien atendido. Pero, en realidad, nos parece que de museo tiene muy poco. Como lo define el diccionario de la Academia, museo es “el lugar en que se guardan objetos notables”. Pero lo que no hay en esa casa, son precisamente objetos.

Expone fotografías antiguas y dispositivos electrónicos que pueden teclearse para apreciar imágenes de nuestra capital. Pero no se exhiben cosas materiales. Nada puede atraer con más fuerza la atención de un visitante, que un objeto palpable, que le despierte la curiosidad o que convoque sus recuerdos.

Nos parece que un museo de la ciudad debiera revelar la vida diaria de quienes la habitaron. Está bien que se documenten las calles y las casas por medio de fotografías: no hay otra manera de hacerlo. Pero eso es lo exterior. El interés de quien concurre a un museo, se pica con la mirada a los objetos, grandes o pequeños, que estuvieron dentro de esos inmuebles cuyas fachadas registran las fotos.

Examinar un objeto cualquiera de otros tiempos, estimula la imaginación. A quien lo mira, le sugiere miles de cosas. Se pregunta cómo se lo usaba, de qué material estaba hecho, lo compara con las cosas de su tiempo, recibe datos sobre formas de vida de otros años, a veces remotos y a veces solamente lejanos, dada la velocidad con que la historia corre en la época en que vivimos.

Sin desmedrar, de ninguna manera, el contenido actual de la casa municipal que nos ocupa, pensamos que la institución podría enriquecer su contenido. Sería cuestión de recorrer metódicamente las demoliciones y los corralones, para así  dotarla de los objetos que acompañaron la vida de los tucumanos en los años que ya pasaron.

Inclusive, como se trata de elementos que carecen en sí de valor económico, sería posible apelar a la buena voluntad del vecindario, solicitando las donaciones del caso. Es decir que mucho de lo que permanece abandonado, por obsoleto, en algún lugar de una casa y cuyo destino final será la basura, podría servir eficazmente a los fines museológicos. Opinamos que valdría la pena iniciar, con el debido asesoramiento de expertos, el camino que sugerimos. Aumentaría notablemente  los atractivos de la Casa Museo de la Ciudad.


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